Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Futuro Incierto


 

 

 

D. J. Carusso – Control Total (Eagle Eye, 2008)

 

 

Ahora el Gran Hermano es Hal 9000 y se llama Aria. Control total (Eagle Eye, 2008) plantea la ficción de una suerte de supercomputadora capaz de inmiscuirse en casi cualquier ámbito de la vida de la gente, para trastocarlo a su antojo, pues además de omnipresente, la maquina tiene personalidad.

 

Su ojos están en todas partes, mediante cámaras de seguridad; conoce donde se encuentra ubicada cada persona que porte un teléfono celular, y se dirige a quien quiera a través de una simple llamada, porque también habla. Por eso, porque puede, decide matar al presidente.

 

 

 

Llega al razonamiento puramente lógico de que, luego de una mala decisión del Estado (se liquida al terrorista equivocado, o sea, un inocente), lo más idóneo resulta un cambio abrupto de gobierno y decide reclutar una serie de civiles para que hagan el trabajo sucio.

 

 Las personas comunes y corrientes se resisten, dudan, pero finalmente ceden en vista del poder de Aria, que domina todo aquello que se encuentre conectado a una red o que siquiera funcione eléctricamente (desde trenes, hasta pantallas de anuncios, pasando por puertas eléctricas, y ni qué decir de las otras computadoras). La máquina los guía y ayuda, aunque a la fuerza.

 

 

 

Los protagonistas son dos: Jerry Shaw (Shia LaBeouf), cuyo hermano gemelo acaba de morir y parece relacionado de alguna manera con el proyecto Aria, y Rachel Holloman (Michelle Monaghan), sobre quien Aria mantiene control bajo la amenaza de matar a su hijo. Cada uno con sus respectivos traumas: mientras que el primero vivió siempre a la sombra de su hermano, la segunda afronta la complicada tarea de criar un hijo sola.

 

El argumento, que cruza dos películas que también fueron libros —el ojo de Aria es idéntico al de Hal 9000, la computadora de 2001: una odisea del espacio (1968)— suena un tanto excesivo. Y abarcar demasiado significa apretar poco. Porque nada resulta verosímil: los personajes se pierden en una fábula apocalíptica de esas que Hollywood produce en serie y que jura que basta con superponer dos grandes ideas para lograr frutos inmediatos.

 

 

Resultaría admisible argumentar que Control total no es ciencia-ficción, sino un thriller. El problema consiste en que, por un lado, si bien se acerca más al último género, nunca se desliga del todo de una suerte de futurismo, y por otro, el suspenso nunca convence. Se encuentra pobremente planteado, predeciblemente estructurado, oprimido por las exigencias de un eclecticismo necio que lo vacía de sentido.

 

Optar por el film de acción tampoco devino en la mejor elección. La noción de una computadora omnipresente, omnipotente y volitiva nos remite a esas deidades griegas que hacían con los mortales lo que les daba la gana. Bien llevado, Aria podría haber sido el personaje más interesante de la historia. Sin embargo, no pasa de presencia maligna y acartonada. Jerry Shaw y Rachel Holloman, los verdaderos protagonistas, en cambio, lucen tan huecos que ni siquiera su misión de salvar al mundo genera interés.

 

 

Control total se contradice en su planteamiento. De una parte, conjuga dos de los temas más grandes —aunque también en exceso recorridos— de la ciencia-ficción, pero por otra, simplifica todas sus premisas para desarrollar un típico y poco ambicioso relato de acción. Las intenciones de D. J. Caruso, su director, resultan difíciles de determinar.

 

Lo único que puede sacarse en claro es que se trata un fanático de Hitchcock, aunque no de los más aventajados. La escena final su película es un homenaje a El hombre que sabía demasiado (1956). No obstante, nada tiene que ver con la profunda tensión de su precedente, no se acerca a esa sensación que inmoviliza al espectador en su butaca.

 

 

 

Su trabajo anterior era un remake de La ventana indiscreta (1954). Se llamaba Paranoia (2007) y, al igual que en este caso, su única virtud residía en el buen gusto cinematográfico. Para ver películas, no para hacerlas.

 

Por Eugenio Vidal

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