Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

TERROR A LA CREATIVIDAD


 

 

 

Nelson McCormick – Noche de Promoción Sangrienta (Prom Night, 2008)

 

 

Existen diferentes maneras de seguir una fórmula. Lo único recomendable es no hacerlo demasiado al pie de la letra, porque se corre el riesgo de caer en el lugar común, y estos tropiezos pueden resultar vergonzosos. Como en el caso de Noche de graduación sangrienta (Prom Night, 2008), de Nelson McCornick.

 

Se trata de un remake de la película homónima de 1980, dirigida por Paul Lynch, donde aparecían, entre otros, Jamie Lee Curtis y Leslie Nielsen. La gran diferencia entre ambas reside en que, mientras una se contaba entre las pioneras, la otra demuestra que la moda hace mucho que perdió vigencia. No sólo por cuestiones temporales o de estética, sino por un manejo simplista y poco creativo de las reglas sentadas por sus predecesoras.

 

 

 

 

El filme resulta un cliché desde su argumento: una fiesta de adolescentes que viene con asesino en serie incluido, una historia de terror mil veces contada que agrupa una a una las convenciones más manidas del género. Cada personaje encarna un desabrido arquetipo distinto: tenemos a los negros de rigor —que mueren primero, como dicta el canon—; al galancito y a su novia rubia —la protagonista—; a los tíos comprensivos —los padres han muerto— que optan por no hacer nada al enterarse de que el asesino obsesionado con su sobrina se ha escapado de la cárcel, todo para no arruinar la “gran noche” de la niña; esta última una excusa argumental bastante pobre. Se trata de una película tan predecible y sosa que al principio uno se pregunta si no será en broma.

 

Aquélla, no obstante, tal vez no hubiera resultado una mala opción. Hacer de Noche de graduación sangrienta una sátira en la clave de, por ejemplo, Scary Movie siquiera habría arrancado una que otra risa. En lugar de ello, McCornick porfía con recetas que películas como la segunda han demostrado caducas.

 

 

 

 

Se recurre a la imagen fantasmal en el espejo, a los cortes intempestivos, a la presencia amenazante en la esquina del encuadre, una y otra vez, sin cesar, como si no existiera otra estrategia para generar miedo además de esos facilismos.

 

La falta de creatividad en el tratamiento termina por convertir en previsible lo que se supone que debía ser una sorpresa. Casi se puede adivinar en qué momento aparecerá el asesino y en cuál se trata tan sólo de una falsa alarma. Es más, probablemente se torne un ejercicio que el espectador no dejará de practicar a lo largo de los ochenta y ocho minutos que dura la proyección.

 

 

 

 

El terror tampoco llega por un buen casting. El rol del asesino recae en Johnathon Schaech, quien debió haber escogido uno de esos papeles de chico bueno y sensible por los que suele optar en las mil y un comedias románticas en las que ha participado.

 

Sus supuestos gestos ominosos se reducen a miradas oblicuas por debajo de una gorra de béisbol que nunca se quita. Parece un huésped cualquiera del hotel donde se celebra la fiesta. Luce un tanto desubicado, pero no como si se tratase del reflejo de la locura de su personaje, sino más bien como si no tuviera muy claro su objetivo en la película.

 

 

 

 

De otro lado, Brittany Snow, la protagonista, encaja con el perfil físico requerido —rubia, joven, tonta y buena—, pero ése es su único mérito. No tanto por una interpretación fallida cuanto por un personaje que parece una copia de una copia de tantas otras heroínas adolescentes que han transitado por filmes similares, y que, justamente por eso, carece de la más mínima profundidad o singularidad. Otra que se encuentra perdida en las arenas movedizas del lugar común.

 

Noche de graduación sangrienta no sólo repite un molde irreflexivamente, sino carece de un mínimo de iniciativa, pues si bien se encuentra dirigida a un público adolescente que espera un relato de género, luce como una acumulación inconexa de una serie de patrones preestablecidos.

 

 

 

Es un error creer que por seguir un modelo al detalle los resultados vayan a llegar por sí solos. El cine no funciona como la repostería. Y ni eso, porque incluso un postre rico requiere de talento de autor, mucha maña y creatividad. El problema no se halla en acudir a las fórmulas o seguir las convenciones del género, sino en aproximarse a éstas sin explotarlas o desarrollarlas en lo más mínimo.

Por Eugenio Vidal

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