Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

La Tragedia de hacer el bien


 

 

 

James Gray – Los Dueños de la Noche (We Own The Night, 2007)

 

El estreno de Dueños de la noche es una muy agradable sorpresa para la cartelera local. Es importante que películas así se estrene: cintas adultas, de género, que antes se estrenaban en Lima sin ningún problema y que ahora aparecen casi vedadas para el público local.

 

Del director, James Gray, se había estrenado la muy interesante The Yards, también una cinta criminal (con los mismos actores protagonistas) y con las mimas características estilísticas de Dueños de la noche, pero que desfallecía un tanto cuando quería enfatizar la denuncia. Ahora Gray vuelve con una película superior a su antecesora.

 

 

La cinta nos narra la historia de Bobby Green (Joaquin Phoenix), el gerente de una discoteca: un hombre desenfrenado, irresponsable, cuyo carisma parece no tener límites, siempre coqueteando con el mundo del hampa y de la ilegalidad. Su background familiar, sin embargo, no es el mismo: tanto su padre (Robert Duvall) como su hermano (Mark Whalberg) son policías reconocidos.

 

El desprecio que siente Bobby hacia ese estilo de vida tan rígido se ve trastocado cuando a su hermano, que es el nuevo jefe de un escuadrón antidrogas de Nueva York, sufre un ataque que lo deja muy malherido por parte de un mafioso ruso que para en el club que dirige Bobby. Esto hace que comience a sentir la responsabilidad de tener que ser un infiltrado para salvar a su familia.

 

 

Dueños de la noche es un policial que se maneja en un ambiente masculino: las relaciones paternales y fraternales son importantísimas, en tanto son estas las que manejan las lealtades y las traiciones que se dan entre los protagonistas. El antagonismo entre Booby y su hermano Joe es un poco el motor de la película, aunque todo lo vemos desde el punto de vista del primero: es el libertino que tiene que asumir una responsabilidad, que tiene que dejar de ser un neutro y ponerse del lado de la ley.

 

El mundo que describe la película es un mundo complejo, difícil, donde la traición y el peligro parecen ser la ley. Todos los que algunas vez trataron bien a Bobby pasan a ser los malos, aquellos que deben ser vencidos por la justicia. El ambiente que crea la película es un ambiente opaco, donde pareciera no haber posibilidad para la redención. Aquellos que hacen el bien son agredidos o asesinados, y los delincuentes de una u otra forma salen siempre impunes.

 

 

 

La película va generando una cierta desesperanza a partir de su puesta en escena, una desesperanza que viene de los dos lados: a Bobby le es muy difícil llevar una vida normal, tener que ser responsable. Es justamente ese estado de las cosas tan opaco el que crea un ambiente trágico, como si de alguna horma todo estuviera predeterminado. Incluso el destino de Bobby, que pasa de villano a ser héroe.

 

Eso es justamente lo que el interesa al director: mostrar ese proceso, ese cambio. Un cambio que Gray filma de forma obscura y triste: la películas está filmada en clave baja, los espacios son cerrados y claustrofóbicos, el ambiente es gris. No existe el menor atisbo de heroísmo o de superación por parte de Bobby: por el contrario, siempre resulta doloroso o complicado hacer el bien en Dueños de la noche.

 

 

A Gray no le interesa mostrar el heroísmo o el afán de superación del protagonista: lo que le interesa es justamente mostrar lo difícil que es hacer el bien para éste. Es por eso que la escenas de acción marcan más bien la conclusión de un destino trágico que un verdadero heroísmo: Bobby está obligado a acabar con aquellos que alguna vez lo hicieron sentirse el rey.

 

Ese proceso en la vida de Bobby es filmado como una verdadera tragedia: el protagonista está obligado a hacer el bien, a vivir una vida responsable. La puesta en escena, al generar ese ambiente tan desesperanzado, donde todo parece ser arrastrado por una vorágine cruel, arrastra a Bobby a no poder ser quien quiere ser sino a tener que asumir la resposabilidad de hacer el bien. Eso es lo que resulta tan apasionante en Dueños de la noche.

 

 

 

Hay que anotar dos momentos que son extraordinarios: el primero es cuando Bobby entra a la fábrica de cocaína con un micrófono que va a permitir la intervención de la policía. La conciencia de saber que puede ser atrapado en cualquier momento es trabajada por Gray a partir de primeros planos y de un ambiente claramente pesadillezco, trabajado a partir de lo oscuro de la situación y de la música. El otro gran momento es el de la persecución, donde la tensión también es trabajada manteniendo el punto de vista en Bobby: el ambiente lluvioso y brumoso deforman el paisaje, haciendo que la situación nunca se pueda ver bien, lo que hace que el enemigo siempre sea una incógnito, un peligro que no es claro.

 

Y hay que anotar también el climax, entre el fuego y el humo, donde el protagonista tiene que buscar a aquellos alguna vez lo hicieron sentirse el rey de Nueva York. Un momento que no tiene, tal como y lo dijimos, nada de heroísmo, sino por el contrario la carga de un sino frente al cual el protagonista no puede escapar: hacer por una vez lo correcto.

 

 

 

Es por eso que los momentos finales, en los cuales el protagonista se gradúa como policía, no son para nada el final feliz que uno podría esperar: marcan la culminación de una tragedia, de un ambiente famuiliar que arrastra al personaje. Si se quiere ver de una forma, esto es lo opuesto al padrino: el protagonista se ve obligado, de forma trágica, a seguir el destino de hacer lo correcto.

 

 

Por Rodrigo Bedoya

 

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