Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

seducción mortal


Roland Joffé – El Sótano (Captivity, 2007)

 

Roland Joffé, creador de dos de los largometrajes más conocidos o celebrados de la década de 1980, Los gritos del silencio (The Killing Fields, 1984) y La misión (The Mission, 1986), nos entrega en El sótano (Captivity, 2007), su penúltima producción, un ejercicio de claustrofobia y estilización llevado a veces a unos límites formales que recuerdan al mejor David Fincher, sin alcanzar en absoluto la perfección que éste logra sin esfuerzo aparente aun en sus empresas menos arriesgadas. El sótano es en alguna medida una promesa que no se cumple, pero de todas maneras resiste un visionado no demasiado exigente.

 

Epítome de la celebridad popular en general y de las supermodelos de la moda internacional en particular, el personaje que interpreta o más bien representa Elisha Cuthbert se convierte en la víctima ideal de un villano que, a su vez, representa o, ahora sí, interpreta la realidad de la gente anónima que forma la parte esencial de la sociedad de consumo, tan sutilmente aludida en la narración.

 

 

 

El sótano se abre con unas imágenes escalofriantes: somos testigos de la imaginación sádica y detallista de un mal que actúa inescrupulosamente a escondidas, haciendo uso de unos conocimientos tecnológicos o de alguna forma científicos que hacen mella en la conciencia del espectador alerta, acerca de los abismos a los que el progreso también nos aproxima y, si no tenemos cuidado, puede empujarnos. Mecanismos de todo tipo y artilugios de una inventiva que se ven mezclados, no sin cierta ironía maliciosa, dentro o fuera del ecran, con los objetos que hoy utilizamos para nuestra comodidad y costumbre.

 

El asesino en serie de El sótano, como en otros filmes, disfruta con el espectáculo de la degradación física y la desesperación humana de unas víctimas femeninas que acentúa el lado terrorífico del asunto, sin tornarlo exactamente misógino. Las pistas que la trama nos obsequia acerca de lo que está sucediendo con las víctimas y su verdugo fantasmal son dispuestas por los cineastas con una precisión que denuncia la sabia manipulación de la narrativa que Joffé ha conseguido, aunque lastimosamente sea en el contexto de este laberinto superficial.

 

 

 

 

Jennifer Tree es secuestrada y maniatada para ser luego, como ya han sido avisados los espectadores, sometida a indecibles y sofisticadas torturas que la llevarán a una desaparición espantosa. La primera sorpresa de la historia llega en la figura insólita de un compañero de penurias, papel a cargo del enigmático Daniel Gillies. Ambos formarán poco a poco unos lazos de casi forzada intensidad y empatía, alrededor de los cuales el mundo será todavía más esa invisible trama de coincidencias aparentes que nos rodea.

 

Mientras tanto, la policía ya anda muy cerca de su paradero. Un par de detectives será capaz de atar varios cabos sueltos hasta llegar al interior de la casa misma debajo de cuya penumbra familiar ocurre la pesadilla de una cámara de los horrores digna de un museo.

 

 

 

 

La atmósfera de la casa está evidentemente influenciada por el cine fantástico, y el efecto conseguido en términos de la descripción de la naturaleza patológica del mal ejecutado posee un valor parigual al del escenario principal, el sótano del título, y dice al menos muchas cosas sin las cuales lo acontecido carecería de un fundamento que, evidentemente, es de importancia para lo que Joffé y compañía desean contarnos.

 

Puesto que, más allá de las maquinaciones perpetradas, de lo que se trata es de un cuadro voyeurístico que, otra vez, remite a Hitchcock por supuesto, pero también al Michael Powell de El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960), en su iniciativa de echar un vistazo sobre una parcela de esa patología desde el ángulo del propio criminal. Todo lo cual, tristemente, no llega a mayores cotas debido a lo engañoso que resulta el guión, construido alrededor de un eje policíaco ajeno a cualquier reflexión que no sea exclusivamente sensacionalista.

 

 

 

 

Y hablando de sensacionalismos, destaquemos la aparición del inquietante Pruitt Taylor Vince, actor que co-protagonizó junto a Tim Roth aquel notable melodrama de Giuseppe Tornatore conocido como La leyenda del pianista (The Legend of 1900, 1998), y quien dirigido por Joffé se muestra casi irreconocible, al prestar a su rotundidad física las sugerencias y gestos pertinentes, curiosa semejanza con el Meat Loaf de El club de la pelea (Fight Club, 1999) incluida. Como para que la deuda con Fincher no se nos olvide, y terminemos la función apenas entretenidos.

 

 

Por Christian Doig

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