Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

atentado


 

 

 

Bruce Beresford – El Contrato (The Contract, 2006)

 

 

Inmediatamente antes de estrenar la sorprendente Desapareció una noche (Gone Baby Gone, Ben Affleck, 2007), el gran Morgan Freeman tuvo una oportunidad acaso menos sutil de incorporar a un personaje de características inusuales en una carrera distinguida por la nobleza y el carácter humano de su imponente figura.

 

El contrato (The Contract) es un título menor que, sin embargo, salva los obstáculos de un guión demasiado trillado e inverosímil debido a la solvencia de Freeman, sin ninguna duda uno de los mejores actores de la gran pantalla.

 

 

 

 

Dirigida por Bruce Beresford, cineasta de origen australiano en cuya filmografía se pueden encontrar títulos de interés diverso, tales como Paseando a la señorita Daisy (Driving Miss Daisy, 1989) –que exhibe a Freeman en uno de sus roles emblemáticos– y la adaptación de la novela de Joyce Cary El señor Johnson (Mister Johnson, 1990), siempre con un estilo de corrección entre lo artesanal y lo academicista que amenaza con bordear la frontera de lo poco imaginativo o simplemente aburrido.

 

El contrato es un thriller co-protagonizado por otro intérprete en quien se puede confiar a la hora de rescatar una producción de dudosa proyección: John Cusack, quien, palmito adormilado de costumbre y actitud típicamente dispuesta, cede esta vez ese aire de misterio a lo Robert Mitchum que le sirvió de tanto en cintas tan memorables como Los timadores (The Grifters, Stephen Frears, 1990) y El color de la ambición (True Colors, Herbert Ross, 1991) –la postrera aparición de otro de los más grandes del cine negro, Richard Widmark– para componer al héroe común y corriente que sale adelante en la vida y de paso quedarse, cómo no, con la chica bonita de turno.

 

 

 

 

Cuando empieza El contrato el espectador es enfrentado a las piezas sueltas de un rompecabezas que no es perfecto ni novedoso en absoluto, y cuyas aparentes sorpresas inclusive puede que motiven la decepción de más de uno, pero que proveen de emoción al menos televisiva y ciertamente algunos pocos instantes, aunque sean mínimos, de satisfacción cinematográfica. En la trama, el veterano asesino profesional Carden (Freeman) es contratado para liderar a un grupo de sicarios en la empresa de un supuesto magnicidio; el blanco sería el presidente de los Estados Unidos.

 

En medio de los preparativos, que ya incluyen consecuencias inmediatamente letales, la fatalidad, o el azar, se cruza en la forma de un accidente de tráfico tan inesperado como convincentemente absurdo. Carden va a dar entonces a un hospital donde le es revelado el descubrimiento de su identidad por la policía local y por el mismísimo FBI. Mientras es trasladado en un vehículo policial, la emboscada de liberación planeada por sus compañeros de trabajo provoca otro accidente casi mortal, del cual Carden sale ileso no sin antes conocer a Ray.

 

 

 

 

Ray (Cusack) es un viudo que entrena deportivamente a adolescentes en una escuela secundaria en la cual también estudia su hijo Chris, aún sin solucionar los conflictos emocionales que le causó la muerte por cáncer de su madre dos años atrás, entre ellos un resentimiento incipiente hacia su progenitor.

 

Además entrenador de equipos de baloncesto y béisbol, a Ray, siendo un hombre de actividades al aire libre a tiempo completo, no se le ocurre mejor forma de lidiar con los problemas de su hijo que invitándolo a una excursión a las montañas, en una pequeña región que Chris prácticamente se jacta de conocer al dedillo. Entonces, durante uno de sus momentos más apacibles, padre e hijo avistan a dos hombres que intentan salvar sus vidas de las garras de la corriente torrencial de un río que nunca olvidarán –¿o sí?

 

 

 

 

La película de Beresford tiene un ritmo sostenido a lo largo de su metraje, lo cual no impide que pierda el paso o el pulso, mejor dicho, de situaciones que orientadas de otra forma, en manos de otro guionista y de un director más personal habrían dado seguramente de sí algo bastante menos mediocre u olvidable. Sin embargo, el resultado tal y como se halla a la vista es una eficiente puesta en escena de intriga y suspenso.

 

Por Christian Doig   

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