Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

la presión de lo social


 

Lars Von Trier – Los Idiotas (Idioterne, 1998)

 

El dogma 95 es un movimiento creado por Thomas Vinterberg y Lars Von Trier en el año 1995. Lo que buscaban ambos directores, que escribieron un manifiesto donde daban a conocer las reglas bajo las cuales tenían que realizarse los proyectos del dogma.

 

El dogma nace como una respuesta, según sus propios creadores, a una necesidad de depurar el cine de todos los elementos superficiales que lo han ido opacando. Esto quiere decir que el las reglas básicas del movimiento buscan purificar el cine, acercarlo a la realidad. Es por eso, que, por ejemplo, todas las películas tienen que ser filmadas en locaciones intactas, que no pueden ser tocadas o variadas.

 

 

La luz tiene que ser natural, el sonido tiene que ocurrir en el momento de la grabación (no se permite música extra-diegética), la película tiene que ocurrir en el tiempo actual, no valen películas de género, entre otros. Todas estas reglas buscan justamente generar un tipo de cine más real, más cercano al mundo.

 

Las reglas del manifiesto del movimiento resultan muy interesantes, en tanto permiten identificar una de las grandes vertientes del cine actual: las distinciones entre cine documental y cine de ficción. El dogma busca justamente depurar cualquier tipo de diferencia, generando una suerte de reglas que obligan a los directores a trabajar con lo que tienen, con lo que está a la mano. No hay posibilidad de decorar, de estilizar un ambiente: lo único que queda es lo que hay en el momento.

 

 

De esta forma, el director se ve en la obligación de usar lo que ya de por sí está creado, lo que es real. Lo que importa, de esta manera, es la acción (otra de las reglas del dogma es que la cámara tiene que usada con la mano para que puede seguir la acción), capturada una de las situaciones de los personajes en tanto ocurren en ambientes que no han sido modificados. El acercar el cine a una experiencia más real implica, para el dogma 95, el depurar cualquier tipo de elemento que pueda estilizar la situación o distraer de la acción, una acción que, en tanto ocurre en ambientes reales que no pueden ser modificados, se acerca más al mundo real.

 

Los idiotas, de Lars Von Trier, es la segunda película del dogma 95 (la primera siendo La celebración, de Thomas Vinterberg). Von Trier es un director acostumbrado a estilizar bastante sus películas: sus historias siempre tienen un toque extremo o irreal, que el director, a partir del uso de la cámara en mano, busca normalizar, lo que genera una mayor intensidad. Recordar sino Contra viento y marea (1996), una película que basa su fuerza justamente en contarnos la tragedia de una mujer que habla con Dios. 

 

 

Si la historia puede parecer extrema, el hecho de que la película utilice cámara en mano le da a todo una cercanía realista que hace de toda la apuesta una experiencia bastante desoladora al convertirse en algo mucho más próximo. De más está decir que Contra Viento y marea anticipa las bases de los que será el dogma 95; sin embargo, Los idiotas resulta ser una película atípica dentro de la filmografía de Von Trier.

 

Aquí, el director deja de lado su predilección por centrarse en personajes mujeres y nos cuenta la historia de una pequeño grupo de personas que, para rebelarse contra la sociedad burguesa, deciden comportarse como idiotas en lugares públicos. El líder afirma que lo hacen para encontrar su idiota interior, que los hará más libres. Sin embargo, diversos problemas hará que las diferencias entre los miembros de la comunidad se vayan ampliando, y que el proyecto libertario de romper las reglas sociales se vaya haciendo pedazos.

 

 

Von Trier plantea Los idiotas casi como una tragedia: esta grupo de gente con su ideal de libertad ve, poco a poo, como este se va terminado. Pero, mientras lo consiguen, son seres felices. En el cine de Von Trier, la felicidad se da a cuentagotas, a partir de pequeños momentos dentro de un panorama general que resulta siempre adverso. Y es que el factor social siempre destruirá el sueño de los personajes. Lo terrible es que esta destrucción, a partir de una puesta en escena que, con la cámara en mano, normaliza la situación, se va dando de forma casi natural, como si no hubiera nada que pudiera impedirlo.

 

La sociedad siempre está en contra de los personajes de Lars Von Trier sean felices. Y eso es lo que resulta apasionante de los idiotas: como nociones tan meramente convencionales (la familia, el trabajo, la responsabilidad, la vergüenza) van destruyendo a un grupo supuestamente rebelde. Es casi como si lo social fuera algo contra lo que no se puede pelear.

 

 

El genial momento de la orgía, o cuando comen, o cada momento en los cuales los personajes hacen los idiotas en medio de una sociedad que los mira asombrados provocan justamente esa sensación de felicidad y de rebeldía, que Von trier trabaja picando el ritmo, en tanto contrastan con el tono ambiente, que es el saber que la sociedad está atrás, controlándonos. Los idiotas basa su puesta en escena a partir de esa tensión: los breves y rápidos momentos de rebeldía contra la normalidad que implica el ser un burgués más, y esa tensión genera un profunda tristeza que resulta plenamente satisfactoria.

 

Pero Los idiotas, además de ser una muy buena película, permite ver como funciona el dogma 95: no solo cumple con las reglas que hemos mencionado anteriormente, sino que lleva (quizá sin quererlo) los límites de las distinciones entre documental y ficción a un nuevo terreno. En varios momentos podemos ver el boom del micro que se cuela sin ninguna vergüenza: vemos al cine haciéndose, la materialidad pura del cine presente.

 

 

La depuración que quiere lograr el dogma se ve claramente cuando vemos el micro colarse: es el cine despojado de cualquier tipo de efectos que lo cubran. Lo mismo se puede decir de la utilización de sexo explícito, donde Von Trier lleva al extremo la premisa de que la acción hay que mostrarla: vemos a personajes fornicando y Von Trier lo muestra, llevando la realidad a extremos no polémicos.

 

El movimiento Dogma 95 se deshizo el año 2005, 10 años después de su fundación. Quizá, como los personajes de Los idiotas, no pudieron luchar contra las reglas que impone el cine actual.

 

Por Rodrigo Bedoya 

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