Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN


 

Jia Zhang Ke – Plataforma (Zanthai, 2000) 

 

El cineasta más importante de la China continental se llama Jia Zhang Ke (Fenyang, Shanxi, 1970). Es improbable que una cinta suya se estrene en el Perú de manera que los cinéfilos suplimos esa carencia con los viajes al exterior, el circuito cultural y el DVD. Para mayor abundamiento diremos que una obra tan noble y diferenciada, tan llena de persuasión política, aviva la polarización entre los críticos “dispuestos” a las nuevas experiencias narrativas y los críticos “tradicionalistas” reacios a los cambios o a las expresiones avanzadas. Ellos entablan un debate con menos ideas que epítetos sobre el trabajo de este director multipremiado internacionalmente; excepcional en su estilo desnudo y crítico; dialogante permanente con el tiempo que le tocó vivir; conspicuo miembro de la Sexta Generación de directores chinos.

 

Plataforma (Zhantai, 2000) es una cinta notable, en la que se percibe un trazo febril, lleno de angustia y tristeza. El autor suministra las dosis exactas de conciencia analítica sobre un tiempo pasado -que le atañe- a efectos de neutralizar cualquier atisbo de nostalgia. El procedimiento para despojar de añoranza a ese tiempo tan próximo, tan personal, consiste en usar sistemáticamente el plano fijo o de larga duración. El plano fijo, incorporado como marca de estilo por los nuevos líderes de la dirección, alcanza en Plataforma un valor testimonial y distintivo. Su funcionalidad estriba no en enrarecer la ficción sino en hacerla potable y simple.

 

 

 

Plataforma se desarrolla en la nativa Fenyang, provincia de Shanxi, en la China Popular. Corre el año de 1979 y son las postrimerías del régimen de Mao Zedong. En esas tierras montañosas y recónditas, la Revolución Cultural ha dejado sus estragos. La miseria, el inconformismo, el atraso político, social y cultural ya no se pueden disimular.

 

Los personajes centrales, un puñado de muchachos veinteañeros, componen una compañía de teatro itinerante, mezcla de “vaudeville” y sainete político que viaja de pueblo en pueblo. La cámara inmovilizada los muestra en sus andanzas por Fenyang. Por sus calles llenas de polvo ferroso. Deambulando por la mentada “plataforma” que no es sino un palacete milenario, improvisado como conjunto habitacional cerca de una estación de autobuses.

 

 

 

 

 

Minglian es el personaje principal a través del cual vemos ese mundo degradado y que comenzará a alterarse en la década del ochenta, cuando sobrevengan las reformas aplicadas por el gobierno de Deng Ziao Ping. La occidentalización de la China es mostrada a partir de un retazo de vida joven. Encarnada por Minglian, un muchacho sin horizontes pero lleno de humanidad.

 

Minglian usa gruesas gafas de carey, apretados jeans, fuma eternos cigarrillos y mantiene una actitud rebelde frente a la vida. Tan pronto como la modernidad es impuesta verticalmente, el muchachote se despoja de sus cadenas y grilletes para explorar extramuros -a “la plataforma”- la vida en su dimensión más cercana a, verbigracia, “Los comandos de Garrison”, la música pop taiwanesa, el cine de la India o los blue jeans importados. Los bienes más deseados por los chinos de Fengyan.

  

 

 

¿Qué está más al norte de Fenyang? ¿Mongolia, URSS, el mar? ¿Qué? Se pregunta un personaje en la película, muerto de aburrimiento. En otra escena una chica es persuadida por su novio para aplicarse una “permanente de cabello” ¿Para lucir más bella o para que la vida deje de ser tan aburrida? Da lo mismo, cuando no se puede vivir la sexualidad a plenitud por culpa de una política demográfica estatal y las prácticas abortivas consecuentes.

 

Que no son sino el corolario al desprestigio secular del matrimonio. Hay que ver sino a Minglian como testigo de una pelea entre sus padres por infidelidad marital. Que lo lleva a refugiarse en la compañía de teatro; que será privatizada comenzada la nueva década. Y lo alejará de su “enamorada” que no le corresponde. Además de una extraña sensación de hastío, en Fengyan se respira inseguridad.  Creciente inseguridad que le atrae al director.

 

 

 

Jia Zhang Ke articula el relato utilizando dos materias primas esenciales: los actores y las locaciones naturales. Con ellos evoluciona a voluntad en este sentido viaje a los ochenta. Aquella década perdida que nos compromete tanto a los peruanos, a partir de una realidad espacial y temporal distinta a la china, pero unificada en ese desgaire pesimista que recorrió nuestra vida política y económica. La miseria humana ochentera fue una inequívoca expresión del ajuste estructural que hoy nos define como países emergentes. Según se mire, una condecoración o una deshonra.

 

En tal sentido el director asocia el plano fijo con la anécdota. Y compone temática, narrativa y dramáticamente los aspectos nodales de esa crisis profunda de la sociedad china. Sin embargo, para evitar el “descarnamiento”, el miserabilismo, Jia Zhang Ke aplica con maestría sus elipsis. Fluidificantes elipsis, a cual más bella. Asimismo, demuestra dominar el espacio como posibilidad narrativa y el sonido sobreamplificado como alternativa plástica.

  

 

 

Podría decirse que Plataforma es una expresión programada respecto de esa “desprogramación” de la vida en comunidad. Minglian y sus amigos descubren que la modernidad es una falsa promesa. Que es un “tren” que no tenían previsto tomar. Por ejemplo, la onda “punkie-popera” del grupo musical formado por Minglian tras la disolución de la compañía de teatro, es un entusiasmo pasajero que no puede cubrir sus carencias embalsadas, profundas.

 

Como todos los movimientos juveniles de los ochenta, esa “moda juvenil” les permite sobrellevar su miseria y conducirlos al punto de inicio. Afirmando –por descarte- los valores históricos, familiares, burgueses. Aquellos “terribles enemigos” que el Maoísmo combatió con fervor y que los nuevos actores de la Historia (léase Minglian y sus amigos) no saben si despreciar o amar. Confundidos todos regresan al hogar. Y descubren que la vida no cambió en nada. Que el atraso los supera. Entonces deciden echar raíces, panza, y convertirse en instrumentos del destino.

 

 

 

Plataforma disparó internacionalmente la carrera de Jia Zhang Ke y lo colocó en la pole position de ese “otro cine” que nos es tan esquivo a los peruanos, en todo sentido. Placeres desconocidos (2002), El mundo (2004), Naturaleza muerta (2006), Dong (2006) y 24 City (2008) son los eslabones de una cadena espléndida de triunfos artísticos. Sobre esa coherencia e integridad se puede decir que Jia Zhang Ke es lo mejor que le pudo haber pasado al cine de la China. Y a los espectadores del mundo. En tal sentido, cumplimos con informar que circula en Lima una copia en DVD ampliamente recomendable y que puede justificar una aproximación al trabajo de ese realizador consagrado y sensitivo.

 

Óscar Contreras

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