Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

El juego de los niños tristes


 

Jean-Luc Godard –  Pierrot El Loco (Pierrot Le Fou, 1965)

 

La nueva ola se caracterizó, en buena parte de sus películas, por basarse en ciertas historias policiales norteamericanas. Y es que la influencia clásica que tenía la nouvelle vague es notoria en muchas de sus películas (Disparen sobre el pianista de Truffaut, Sin aliento de Godard), donde la anécdota criminal era la base de l película.

 

Pero justamente lo que resulta apasionante de la forma de hacer cine de los cineastas más representativos de esta corriente es la forma en la cual lo clásico es subvertido y contado desde una perspectiva para nada clásica. Eso es lo que ocurre con Pierrot le fou, de Jean-Luc Godard.

 

 

La historia de Pierrot le fou es muy simple: un hombre, Ferdinand, aburrido de su vida burguesa, decide huir con Marianne, su ex amante, en un viaje por Francia. Ambos son perseguidos por unos sicarios magrebíes, que buscan a la chica, la cual está envuelta en pasados turbios. Poco a poco los personajes se irán aburriendo de su ritmo de vida: Marianne solo busca divertirse mientras que Ferdinand busca filosofar sobre la vida. Al final, la inminente traición de Marianne llevará la historia a un desenlace más bien trágico.

 

La película está basada en un obra policial de Lionel White. Se puede esperar, teniendo e cuenta la base sobre la cual se origina la película, que esta tendrá escenas de acción trepidantes y plot points que harán avanzar la historia en un creciente suspenso. Nada de esto ocurre en Pierrot le fou: no hay ningún momento en la película que busque generar tensión a partir de lo que estamos viendo. Por el contrario, las escenas que deberían generar mayor expectativa (el descubrimiento del cadáver, las escenas con los sicarios, el violento final) están absolutamente depuradas: nos son presentadas como un hecho más dentro de la película, como si no tuvieran la menor importancia dentro de lo que está pasando.

 

 

Godard depura los elementos que hacen girar el relato clásico de tal forma que cada situación aparezca como absolutamente normal, que está dentro e los parámetros de la vida misma e los personajes. De esta manera, el bailar, el caminar como el asesinar están en un mismo campo, aparecen igualados ante el espectador.

 

Incluso las actitudes de los mismos resultan extrañas: a Ferdinand lo torturan, lo traicionan, asesina y se venga, pero él no parece cambiar su tono impávido, como si nada de lo que ocurriera lo sorprendiera. El protagonista de la cinta aparece programado, como si todo lo que ocurriera fuera algo que no pudiera ocurrir de otra manera. Ese halo trágico y terminal, con personajes que leen, juegan y matan como si todo lo que hicieran no tuviera puesto que todo va a terminar de forma terrible, es lo que resulta apasionante de la película.

 

 

Godard reestructura el policial clásico eliminándole lo que resulta más característico en él: sus momentos de tensión y sus plot points. Nada en la cinta resulta tenso: por el contrario, las escenas en las cuales Ferdinand y Marianne caminan por el campo o por la playa son filamadas de la misma forma que las escenas violentas. Todo aparece relajado o distendido en Pierrot le fou: desde sus personajes, que parecen darles lo mismo ser perseguidos por asesino o no, hasta la puesta en escena, que nunca genera tensión o ansiedad a partir de los recursos típicos del policial. La película entonces aparece como un gran juego, como la última forma de diversión de dos personajes que saben que no tienen mucho tiempo y que viven lo peligroso y lo lúdico en un mismo nivel, y que no se emocionan ni se asustan ante lo que tienen en frente. 

 

Pero existe otro elemento que resulta importantísimo en la nouvelle vague, y que es la complicidad que se genera entre el espectador y lo que se ve en pantalla. Hay dos momentos que resultan ejemplares en ese aspecto: el primero en cuando Ferdinand le pregunta a Marianne si no se da cuenta que los espectadores la están mirando. Ella, de pronto, volta y mira hacia la cámara.

 

 

El otro momento es cuando Ferdiand le pregunta a Marianne si lo ama. Ella responde que sí pero mira con complicidad hacia la cámara. Godad busca justamente trabajar a partir de los artificios del cine, rompiendo los límites de lo diegético. Los personajes entran y salen de la historia creando lazos con el espectador, lo que hace que la cinta gire sobre su propio artificio, sobre su propia forma de ser.

 

Pero no solo vemos este intento de señalar el artificio del cine en la complicidad que se crea con los espectadores: el uso de la música, por ejemplo, es también muy importante, en tanto está aparece de pronto y es cortada de la nada, sin la menor transición. La música, que muchas veces es muy envolvente y refuerza el tono trágico anteriormente mencionado, de pronto es cortada abruptamente.

 

 

La película, de esta forma, llama la atención sobre su propia materia, sobre su propia capacidad generar y crear mundos: lo diegético y lo extra diégetico se confunden, los elementos que sirven para generar ambientes son de la nada eliminados. Godard, tal como sus personajes, juega a hacer cine, a llamar la atención sobre la propia materialidad que componen los recursos narrativos propios del arte. Pierrot le fou es, de esta manera, una película que reflexiona no sólo sobre el relato clásico y como depurarlo, sino también sobre los recursos formales del cine y su uso. Todo es arriesgado en esta gran película del gran Jean-Luc Godard.

 

Rodrigo Bedoya

Una respuesta

  1. MAJONIEBLAS:*

    que horrible bye !

    noviembre 14, 2008 en 12:39 am

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