Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Golpe de Estado en Narnia


 

Andrew Adamson – Las Crónicas de Narnia: El Príncipe Caspian (The Chronicles of Narnia:

                          Prince Caspian, 2008)  

 

El reluciente paisaje silvestre de algún paraje mágico manado de la imaginación fabulosa del escritor irlandés C. S. Lewis relumbra en esta segunda adaptación cinematográfica de Las crónicas de Narnia. Esta vez, los cuatro hermanos reyes de la mágica Narnia, regresan a esta tierra más de 1300 años después, sólo para encontrar que han sido invadidos y sojuzgados por los Telmarines, una suerte de seres humanos guerreros.

 

Ahora deberán hacer frente a su ejército y a Miraz, un tirano que regenta esta tierra con mano dura. Sin embargo, Caspian, el joven príncipe legítimo heredero del trono, se interpondrá para defender la causa de los narnianos por recuperar sus dominios. Emoción, valentía, compasión, coraje épico y magia se hacen presentes en Las crónicas de Narnia: El Príncipe Caspian.

 

 

Dirigida por quien adaptó también la primera parte de esta serie, Andrew Adamson, El Príncipe Caspian empieza narrando la llegada al mundo del hijo de Miraz, ante lo cual Caspian (Ben Barnes) debe huir pues Miraz quiere asesinarlo y que su hijo asuma el trono. Por otra parte, los reyes de Narnia, los hermanos Pevensie, Lucy (Georgie Henley), Susan (Anna Popplewell), Edmund (Skandar Keynes) y Peter (William Moseley), cuyas vidas transcurren tranquilamente en Londres, reaparecen ante el toque mágico de un cuerno que los transporta hasta ese paraíso que es Narnia, su reino.

 

La primera parte de la película transcurre de forma expositiva, es una fase exploratoria donde los personajes van desempolvando lo que antaño dejaron: sus trajes, sus armaduras, su estampa. Hay aquí una interacción personaje-espectador, ya que el público debe también excavar en su memoria y evocar lo que quedó pendiente desde el primer episodio.

 

 

Posteriormente la cinta se va afianzando y va cobrando cuerpo, hasta casi afirmarse como una película sólida y muy bien realizada. Sin embargo, hacia la parte final sufre un desaliento, como si las baterías se terminaran en el último tramo o surgiera un miedo por seguir contando la historia en el mismo tono y todo lo construido se desmoronase. La cinta, entonces, se torna totalmente previsible y estereotipada. Por eso, El Príncipe Caspian termina con un sinsabor, sin la rúbrica selladora que el tinte de la película exigía.

 

El filme persuade en algunos trechos, y se hace convincente y mágica. Las criaturas mitológicas que habitan en la tierra de Narnia —enanos, minotauros, silfos, brujas— se han esparcido por todo el horizonte, y la Edad de Oro de Narnia terminó cuando llegaron los Telmarines. Ahora viven ocultos, dispersos por todos lados, amenazados y mascullando el dolor, a la espera de un libertador. Por eso, cuando aparece Caspian, primero, y los reyes, luego, se desata la furia, y los narnianos, empuñando espadas y arcos, encabezados por sus reyes, deciden tomar el poder por la fuerza y promover el equivalente a un golpe de Estado.

 

 

Ahí, en esa atmósfera, son propicias las batallas épicas y la lucha justa por alcanzar lo que les pertenece. Y la película aprovecha muy bien esa circunstancia. Por eso decimos que es la mejor parte, donde se desatan esas batallas encarnizadas por el poder. Claro que no vemos aquí la fiereza de los escoceses conducidos por William Wallace, ni la sanguinolencia de los gladiadores romanos; son, pues, batallas diseñadas para conmover a un público pueril, y tampoco se trata de asustar a los pequeñines desparramando en el campo regueros de sangre. Pero aun con esas restricciones, ésta es la parte más sólida de la cinta.

 

Tierra edénica

 

Ahora bien, el reino de Narnia es una suerte de sucursal de la tierra del Edén, sometida por la fuerza subyugante de algunos Telmarines nefandos que ambicionan la soberanía. Y es que C. S. Lewis, autor, además de Las crónicas de Narnia, de otras muchas obras de análisis del cristianismo, imprime a su obra un componente religioso fuerte, presente también en la película, que, aunque se plantea subliminalmente, está siempre como telón de fondo (las batallas que parecen las de las cruzadas, el león Aslan), recubierto con el tapiz multicolor y los ingredientes mágicos que Disney ha empleado desde siempre con gran maestría.

 

 

El Príncipe Caspian es una película ambiciosa que —como es de esperarse en el cine contemporáneo de este tipo, penosamente— recurre a la misma fórmula efectista de siempre, pues aunque el director es Andrew Adamson, ello parece no importar ya que todo está hecho por computadora. Por eso no se puede hablar mucho del diseño artístico, la fotografía, aunque debemos reconocer que hay abundante imaginería y creatividad para presentar los escenarios.

 

Lo malo de refugiarse en el recurso efectista es que se deja de lado asuntos importantes. Así, pues, aunque los actores son los mismos que en la primera aventura, siguen siendo poco conocidos. En El Príncipe Caspian los buenos son buenos y los malos son malos: se cae en el simplismo y todo tiene un sabor a moraleja.

 

 

La lucha entre el bien y el mal está declarada desde siempre, y en esta segundo aventura de Las crónicas de Narnia se hace patente una vez más. Gloria, valor, fe, épica, todo está presente, con opiniones de parte, claro, como para predicar entre los niños, y todo se justifica muy bien.

 

Tito Jiménez Casafranca

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