Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

CONTRA EL VIENTO


 

Sidney Pollack – Un Instante, Una Vida (Bobby Deerfield, 1977)

Sydney Pollack (Indiana, 1934 – Los Angeles, 2008) fue un artesano liberal, ajustado al modelo del narrador clásico norteamericano, dotado de un gracioso ímpetu juvenil y comprometido con las causas más progresistas de su tiempo. Pollack también fue miembro de la generación de directores formados en la televisión (v.gr. Sidney Lumet, Sam Peckinpah, Robert Altman, Martin Ritt, John Frankenheimer) que encontró en las “olas” cinematográficas así como en la novela y el teatro románticos, las grandes influencias de su cine, cuyo primer tercio preferimos.

Dentro de ese período, Sydney Pollack logró la que sería su obra maestra: Un instante, una vida (Bobby Deerfield, 1977), una película distinta dentro de la gran producción norteamericana de ese año (v.gr. La guerra de las galaxias, Encuentros cercanos del tercer tipo, Fiebre de sábado por la noche) y como todo lo distinto incomprendido también. El sistema de noticias virtual así como los medios impresos han informado con mucha irresponsabilidad sobre el fallecimiento de Pollack y sobre su filmografía

Esto nos lleva a caer en la cuenta que -con honrosas excepciones- los periodistas del mundo no conocen la obra de este interesante realizador. Y es una lástima porque los cinéfilos que escribimos sobre cine, tenemos que ser operadores entre la realidad y la ficción. Precisamos documentarlo todo, incluso lo que ignoramos. Ese es el precio en este negocio. De manera que el presente texto no es un panegírico ex post, ni un obituario notarial. Solo un gesto espontáneo. Hace unos años escribí en un medio local “Nadie hablará de Sydney Pollack cuando haya muerto, sino solo en mérito a Un instante, una vida“. Esa es la tarea que corresponde hacer en este momento.

Tomando como referencia una novela del escritor alemán de principios del siglo XX Erich María Remarque, el realizador narra con trazo seguro la historia de un afamado piloto de Fórmula 1, el norteamericano Bobby Deerfield, quien encontrándose en Europa en pleno Campeonato Mundial sufre un accidente de circuito provocando la muerte de su compañero de escudería. Bobby Deerfield (magistral Al Pacino), taimado, con gran sentimiento de culpa y lleno de superstición recorre los caminos transalpinos en su lujoso Alfa Romeo, buscando recomponer su vida y la de los que lo rodea.

De modo sutil y repentino aparece Lillian (formidable interpretación de Marthe Keller) una bella y extrovertida mujer -el reverso de Bobby- que lo enamorará y se alejará de él repetidas veces. Hasta que en medio del torbellino del juego, la película nos descubrirá su enfermedad incurable y el viaje interior de Bobby al encuentro de sí mismo. Esta historia llena de dolor y catársis tiene en Europa y en su paisaje, pero sobre todo en las competencias de Fórmula 1, una correspondencia sorprendente. Los ecos de la tragedia de Hockenheimm donde el piloto Niki Lauda salvo de morir; o las líricas sobre aquel accidente del ex Beatle George Harrison en Blow Away; la consolidación económica europea en los setenta; o el romance entre Pacino y Keller, son circunstancias concomitantes en este mágnum opus. Lo más destacable -entiendo- es que un director como Sydney Pollack, consecuente con su formación y con sus filias, consolidó en imágenes el desasosiego, la abulia, la agonía adulto-contemporánea a partir de un registro asordinado, sui generis en el cine americano.

Los silencios, los tonos invernales de la fotografía, las miradas acuosas de Pacino y Keller -que están tan contenidos, tan en clave baja- no son producto del cálculo “europeísta” como equivocadamente se ha señalado sino corresponden a la observación madura del cineasta en relación a los sentimientos vivos de las parejas, que tanto le atraían desde Una mujer sin horizonte (1966) y Nuestros años felices (1973).

Además debe recordarse que sin ser una película deportiva, Bobby Deerfield está contextualizada en el mundo de la Fórmula 1 y no por dirigismo se desarrolla en Suiza, Italia y Alemania. Un web site peruano ensaya una justificación a la excepcionalidad de Un instante, una vida indicando: “…casi un viaje de placer y reflexión hacia la fantaseada Europa y su tradición, especialmente la Mediterránea…Una película que decepcionó y aburrió a no pocos…”.

Corresponde formular algunas aclaraciones. Sydney Pollack no se sentía un autor por eso no arriesgó su prestigio aquí. No lo necesitaba. Era un artesano de géneros. Solo eso. Tampoco puede decirse alegremente que la película sub examine no es americana. La evidencia palmaria de lo contrario es que Un instante, una vida -en la gran tradición del cine estadounidense- es un melodrama romántico como Algo para recordar, La condesa descalza o Té y simpatía. Está a ese nivel por lo terso de su narrativa, por la fluidez del relato, por su arquitectura dramática.

A tenor de lo que escribe el crítico aludido, Operación Yakuza también sería un viaje de placer y reflexión, así como Africa mía o Havana, ésta última en un registro bastante inferior. Pero no lo creemos. Los grandes realizadores -desde Lubitsch a Hawks- han sabido contextualizar las historias sin necesidad de impostar un estilo. El director de Los tres días del cóndor (1975) no fue la excepción por lo que sugerimos revisar intensamente su filmografía antes de incurrir en medias verdades.

Finalmente, creemos que mucha agua corrió bajo el puente desde el momento en que la crítica se rindió a Un instante, una vida y terminó denostando La intérprete (2006). Antes de su muerte, Pollack, como la mayoría de sus compañeros de generación, vivía en sus cuarteles de invierno y su obra estaba acabada. Este ciclo natural en la vida de las personas nos debe llevar a vislumbrar y a comprender su trascendencia. Cada vez que reviso Bobby Deerfield concluyo en su carácter excepcional, profundo, contenido, concentrador de sentimientos, verista en su aproximación al “catatonismo espiritual”.

Y, por cierto, concluyo que Sydney Pollack fue un gran director. Y para ser un gran director no se necesita ser Tarkovski o Dreyer, con todo el cariño y la admiración que me merecen esos dos maestros. Porque Don Siegel y Edgar G. Ulmer, y Darío Argento y Johnnie To son también realizadores espléndidos. En otras palabras la maestría no la concede el trascendentalismo de modo exclusivo, sino también el ejercicio metódico del cine de géneros. En tal sentido, Sydney Pollack fue un orfebre inspiradísimo, continuador de los hallazgos de otros, pero sobre todo dueño de una voz personal penetrante, sugerente, digna de ser evocada a cada momento.

Óscar Contreras

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2 comentarios

  1. Pingback: ..::bienvenidos::.. « También Los Cinerastas Empezaron Pequeños

  2. Christian Doig

    Después de leer el artículo, me han entrado más ganas de ver la película otra vez. Espero conseguirla en DVD uno de estos días.

    junio 13, 2008 en 10:10 pm

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