Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

última crónica sobre el Bafici 2008 (décima edición)


X BAFICI

 

Este año el BAFICI cumplió su décimo aniversario. Presentando a un nuevo director artístico, el cineasta y crítico Sergio Wolf en reemplazo del renunciante Fernando Martín Peña, el Festival no dejó ninguna duda acerca de su relevancia como una de las muestras cinematográficas más significativas que se realizan en esta parte del continente; además de contar con su acostumbrada serie de actividades paralelas, presentaciones de libros y diálogos con invitados de lujo (Eduardo Coutinho, José Luis Guerin, Corneliu Porumboiu, entre otros), que sólo intensificaron ese ambiente de cinefilia que se respiró a lo largo de doce días por la capital argentina.  Un promedio de 400 títulos, 80 funciones diarias en 9 sedes distintas, 200 000 espectadores, fueron los números finales que dejó esta fiesta del cine independiente.  He aquí un repaso de lo visto de su vasta y formidable programación.

 

La cuestión radical

 

Precedido de los mejores comentarios, el francés Nicolas Klotz cierra su trilogía sobre la exclusión social con La Question Humaine.  Se trata de una visión inquietante sobre las relaciones impersonales al interior de una gran compañía, que luego se dilata para hacer de proyección de una Europa sistematizada y con heridas aún por cerrar. Mathieu Amalric, en una actuación sensacional, emprende un viaje sin retorno hacia el traspatio de una sociedad quebrada y decadente; y es través de la densidad de sus gestos, de su escalofriante manera de mirar, que se filtra una serie de revelaciones, que van desde la fascinación por el secreto y el poder hasta el horror que supone la barbarie.  Otro francés, Nicolas Philibert, describe en Retour en Normandie su visita al lugar donde décadas atrás se desempeñara como asistente de dirección. El documental, de una expresividad remarcable, es en esencia una indagación sobre los meandros de la memoria y la identidad; aunque puede verse también como una aproximación bastante sentida a la vida del campo, a la correspondencia entre ficción y realidad, pero sobre todo una aproximación al cine, como experiencia indeleble y catalizadora.  Help Me Eros, por el contrario, es un dechado de hipnotismo y sexualidad rampante, rematado por un cromatismo que desborda la pantalla.  El director Lee Kang Sheng, presencia fetiche en la obra de Tsai Ming-liang, toma elementos de la estética de este último, como su iconografía y relieves visuales, para ofrecer una fábula acerca de la soledad de los tiempos modernos, agregándole una particular onda kitch que apabulla y desarma a la vez.

 

En Profit Motive and the Whispering Wind del americano John Gianvito las tomas de lápidas, placas recordatorias y monumentos se alternan con un par de bloques de animación (buscadores de oro, agentes de Bolsa) y paisajes donde el viento parece reinar en calma.  La radicalidad de la propuesta de Gianvito no opaca de ningún modo el cuerpo de su discurso. La reflexión sobre el pasado violento y separatista de su país queda asumida entre el sereno discurrir de sus imágenes hasta la paralizante secuencia final: un grito poderoso lleno de elegía y rabia, sin más.  Die Stille Vor Bach, de Pere Portabella, quien hace un tiempo había sorprendido a propios y extraños con Vampir-Cuadecuc (1970), es una suerte de collage de cortos narrativamente inconexos, donde la música -y mitología- del músico alemán funcionan sólo como nota a pie de página para un repaso irregular de momentos líricos, paseos por el tiempo y abstracciones al por mayor.  Sin duda, una cinta a la que le sobra plasticidad y sutileza, pero a la que se le echa en falta una razonable cuota de empatía. 

 

Derecho al autor

 

Fred Keleman, director de fotografía de The Man from London, declaró, luego de la proyección en sala, que se había sentido particularmente influenciado por el expresionismo alemán y que no había dudado en usar en la película este tipo de contrastes sobre el blanco y negro.  Pues bien, el último trabajo de Bela Tarr, basado en una novela de Simenon, cumple esas mismas proezas técnicas que ya son una marca de su cine; vale decir, la construcción de atmósferas densas, una puesta en escena minuciosa y en ciertos casos teatralizada, una belleza seca y atemporal empeñada, en esta ocasión, desde el publicitado plano inicial.  Sin embargo, más allá de las muestras de virtuosismo, el resultado final decepciona. Y es que el juego dramático, inherente al argumento en cuestión, aparece asfixiado –si no es un pretexto- ante tanta depuración de estilo.  El realizador húngaro se presenta aquí sobrepasado por su propia sombra de autor de culto y de texturas.  Redacted de Brian De Palma y Over Here de Jon Jost comparten similar posición crítica respecto a la invasión de Irak.  El primero se apoya en diversas fuentes visuales (videos caseros, videoblogs, reportajes, entre otros) para polemizar sobre el rol de buenos y malos, víctimas y victimarios, tal como lo hiciera tiempo atrás con Pecados de Guerra (1989).  Se trata de un De Palma sensacionalista que busca subvertir la idea natural del relato, generando un híbrido que enfoque la irracionalidad y caos desde múltiples ángulos, sin comprometer por ello su sabida contundencia.   

 

El segundo, decididamente más experimental, se centra en la figura de un ex soldado y sus secuelas psicológicas.  Con un presupuesto exiguo, unos pocos planos secuencias y la participación de actores noveles, la dramaturgia alcanza un inusitado verismo que evade el rollo bélico para retratar el deterioro moral del individuo y su frustrada reinserción a la comunidad.  El filme hace gala de audacia y temple, aunque el manifiesto contra Bush y Cheney en los últimos minutos obre en la redundancia.

 

Un joven pintor busca en una ciudad extranjera a una muchacha que conociera años atrás. En En la Ciudad de Sylvia, José Luis Guerín sumerge al espectador a una persecución ingenua, aunque largamente tentadora, del tiempo perdido.  Resulta en particular notable la escena en que la cámara del español captura los gestos y reacciones mínimas –a la vez que el protagonista los esboza en su cuaderno-, con una impudicia que tiene que ver menos con el deseo voyeurista que con la pulsión del artista que persigue y desentraña lo absoluto.  Más que un estudio sobre la figura femenina, la película equivale a una metáfora de la idealización en la medida de su valía como acto obsesivo y de lúdica creación.  Befote the Devil Knows You’re Dead devuelve en gran forma a un veterano de la dirección. 

 

A partir de un asalto, planeado por dos hermanos a la joyería de sus padres, la acción se abre a diversos puntos de vista y tiempos.  Sea por la ambiciosa estructura narrativa, las bifurcaciones del conflicto familiar, o por la tensión manejada a medio camino entre el thriller y el drama intimista, lo cierto es que la última entrega de Sydney Lumet goza de una sofisticación cinematográfica inesperada.  

 

Jaime Akamine  

 

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