Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

niños de madera


 

James Wan – El Títere (Dead Silence, 2007)

 

Realizada a la manera de una película de antaño, una que muy bien podría haber sido cualquiera que tipificase la prosperidad creativa de la que durante los primeros años del siglo pasado gozaba su propia casa productora, Dead Silence congrega prácticamente todos los elementos necesarios para elevar el listón del género. Veamos a continuación si logra tal resultado.

 

La leyenda de la ventrílocua Mary Shaw y sus ciento un hijos de madera en el pueblo pequeño, rural y supersticioso de Ravens Fair ha cobrado ya más víctimas de las que se esperaría de tan sólo un fantasma, en el sentido más peyorativo del término; lo apartado de la población y la ignorancia de su gente han servido a los propósitos más temibles de una serial-killer de ultratumba.

 

Porque, claro está –si es que algo en claro puede colegirse de tamaña oscuridad–, Mary Shaw existió y, lo que es peor aun, sus “hijos” también. Estos muñecos de ventrílocuo, de entre los cuales su favorito Billy es el que desencadenará sin quererlo una pesquisa detectivesca de ribetes cómicos y consecuencias nefastas para (literalmente) todos los involucrados, han sobrevivido a las inclemencias del tiempo y la cordura de los pocos que tienen la buena costumbre de no entrometer sus narices en donde no los llaman. Pocos porque, pues, en Ravens Fair casi todo el mundo pasó ya a mejor (¿?) vida.

 

Todo empieza –bueno, no todo—cuando el heredero de los Ashen, la familia real de la localidad, se halla residiendo con su joven y bella esposa en un departamento ubicado en una ciudad tan lejana como parece ser posible de cualquier evento que implique a las leyendas de su pueblo. Los recién casados descubren en cierto momento un inesperado regalo a su puerta.

 

Se trata de una caja que semeja un ataúd, el interior rojo incluido, dentro del cual yace inerte lo que parece ser a todas luces un muñeco de ventrílocuo. Como en los Estados Unidos todavía no han aprendido nada de su propia historia ni de su cine –o eso es lo que aún se ve en las películas–, los jóvenes se quedan con el muñeco, que ya de por sí tiene un aspecto bastante inquietante. Si lo que hubiese estado oculto dentro de la caja hubiera sido una bomba, no la habrían pasado peor.

 

La inteligencia como es concebida normalmente no sirve en absoluto, pues; las leyes de lo sobrenatural y todo lo que aquel mundo o, mejor dicho, universo paralelo o dimensión oculta significan para cualquier mortal es simplemente el caos y su última parada, que se sepa al menos: la muerte. Eso sí, adecuadamente violenta, es decir, gráficamente insoportable, siempre apelando a ese grado de empatía tan curioso en el que cada espectador reflexiona sobre la suerte que le ha tocado a su prójimo con el alivio de quien ha perdido el avión en el que fallecieron todos sus tripulantes y pasajeros. Cosas del cine, que recuerdan o reproducen las de la vida. Y hablando de vida, de eso es precisamente de lo que esta película no trata. Ni este artículo, por cierto.

 

Aunque digamos desde ya que, entre las virtudes que posee, Dead Silence nos permite reencontrarnos con el sentido del humor tan especial que suele habitar el género, ése que caracteriza a los clásicos que para la Universal, que también produce esta cinta, rodó el genial James Whale. Irónicamente, el humor de Dead Silence, tan parco unas veces como pródigo otras, tan directo como definitivamente negro, es por eso mismo el recordatorio de una vida que permanece muy lejos aún de nuestra capacidad de entendimiento.

 

El gran guiñol como tradición fílmica y las manifestaciones diabólicas más recurridas, así como la perplejidad ante el poder de la imaginación y la línea divisoria entre lo que vemos y lo que de verdad existe, son todas características que encuentran un desarrollo en ciertos instantes memorables y en otros no tanto, pero en cualquier caso un nivel de calidad que provoca simpatía e incluso una sensación de gratitud en el espectador, sobre todo aquél que ha tenido el privilegio de gozar de la cosecha de los mejores años de un cine que es, por fortuna, constantemente recuperado gracias a la moderna tecnología del video digital y sus continuos avances. Avances de los cuales, precisamente, Dead Silence se ha aprovechado tan oportunamente. No podemos finalizar sin destacar la acertada presencia de Donnie Wahlberg en su papel de torpe investigador policial.

 

Christian Doig

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