Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

PÁNICO EN LA CARRETERA


En la película de 1986 titulada The Hitcher, escrita y dirigida por Eric Red y convertida en todo un filme de culto inmediatamente después de su estreno, un misterioso individuo con las inquietantes facciones del holandés Rutger Hauer se convertía en la mortal pesadilla de un joven conductor, las interminables carreteras del Medio Oeste norteamericano como paisaje de fondo.

En la película que vamos a comentar, incluida en la ola de versiones nuevas o remakes que parece caracterizar a nuestra época, la fábula de antaño consigue sobrevivir a dos cosas principalmente: el cambio de intérprete en el rol antagonista y Michael Bay. Veamos por qué.

 

The Hitcher del 2007 es una “revisión”, y como tal justifica su realización en una supuesta posibilidad de “completar” al original, en el sentido más improbable que esta frase puede tener. De hecho, todos los remakes comparten tal aspiración; si no es así, entonces la usan para disimular su verdadera intención “artística” (si es que acaso tienen alguna), en la mayoría de los casos menos realista aún: superar al original –reemplazarlo podría ser el término más conveniente; eufemismo de connotaciones absolutamente mercantiles. Habitualmente se trata de filmes estimados como clásicos en sus respectivos géneros, producciones que trascendieron las superficiales pero siempre considerables limitaciones, a veces auto-impuestas, de presupuestos frugales o nimios.

 

Cuando el director de The Rock, Armageddon y Transformers, y productor de remakes como el de The Texas Chainsaw Massacre y The Amityville Horror, se hace con las riendas de un proyecto como éste, no es muy difícil prever los resultados. En el mejor de los casos, una cinta de Michael Bay es un entretenimiento vistoso como pocos en una sala de cine; cuanto más grande sea la pantalla, mejor. Así que, en primer lugar, no hay que preocuparse demasiado si lo que se pretende es pasar el tiempo admirando el carácter espectacular que una película de acción puede transmitir.

 

Muchas escenas del cine de Bay parecen haber sido concebidas con el propósito expreso de mezclar el estilo de las postales turísticas con el de los comerciales de cigarrillos, y explotar el espíritu consumista y aventurero que refleja la pérdida de valores y la contradictoria tendencia optimista de la juventud estadounidense –al menos la que, como los protagonistas de The Hitcher, recorren la longitud horizontal del ecran. No importa que el héroe sea un Sean Connery de sesenta y seis años de edad, por supuesto.

 

Ahora, cuando a los adecuadamente saludables universitarios de esta nueva versión se les impone como villano de turno a un Sean Bean con más mala leche que nunca, sucede algo curioso. El realismo exagerado que, por compensación, la película intenta instaurar, deja de ser un mero artificio visual para transformarse en uno emocional. Pero entonces nos enfrentamos, como espectadores inteligentes, a la disyuntiva de creer o no lo que se nos ofrece.

 

Una tarea que se tornaría ardua, sobre todo cuando lo que falta es algo que una todos los elementos del conjunto en una armonía que vaya mucho más allá de lo grandilocuente y vacuo, si no fuese porque la dramaturgia funciona. La trama es, después de todo, elemental, y su lógica, la de los mitos. Nos queda considerar que, pese a su estridencia y a su efectismo y a su personalidad más o menos trivial, The Hitcher versión 2007 satisface los requerimientos del suspenso y de las emociones fuertes, sus legítimas prioridades.

 

Como ya se ha apuntado, el personaje central, que lleva el sugerente nombre de John Ryder, es una suerte de Michael Myers o Terminator de las carreteras, o, mejor aún, es el equivalente aparentemente humano de aquel ente diabólico magistralmente presentado por Steven Spielberg en esa obra maestra del telefilme que lleva el título de Duel (1971). Rutger Hauer fue su encarnación ideal.

 

Por otro lado, en cierto modo haciendo énfasis en el talante humanizante que suelen exhibir los remakes –muchos incluso haciendo referencia directa de que de lo que en realidad se trata es de desentrañar el misterio a través de un retorno al inicio de todo–, el John Ryder interpretado por el británico Bean es un sujeto más de este mundo, alguien que a estas alturas puede ser entendido en su demencia, o al menos ser admitido como un ser cinematográfico si no menos cruento sí menos extraño que los Anton Chigurh de hoy en día. Lo que constituye al mismo tiempo la buena y mala fortuna de una criatura cuya originalidad pervive en su carácter metafórico y en el miedo que logra evocar en la audiencia.

 

 

Christian Doig

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Una respuesta

  1. esta muy bien el mito y no da miedo gracias

    septiembre 15, 2008 en 3:34 pm

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