Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

melodía de la vida


 

 

Edward Yang, fue un cineasta de nacionalidad taiwanesa, nacido el 24 de septiembre de 1947 en Shangai (China) y fallecido el 29 de junio de 2007 debido a un cáncer de colon. Desde muy joven Yang demostró su destreza para dibujar mangas. Estudió en Taipei (Taiwán) y luego de trabajar diez años en Seattle (EEUU) en el campo de la concepción de sistemas microinformáticos, regresa a Taipei en 1981 para cumplir el sueño de su vida: ser cineasta. Con el paso de los años, puede considerársele uno de los pioneros de la nueva ola taiwanesa. Su película A Brighter Summer Day es una obra maestra y la demostración palmaria de un cine maduro, premiado y nominado en numerosas ocasiones. Cada nueva película de Edward Yang fue esperada con interés por los amantes del cine en todo el mundo. Su primera incursión fue como guionista en The Winter of 1905, una película que estuvo en la Sección Oficial del Festival de Cannes. Después vendría su primer título como guionista y director: That day, on the beach, merecedora del premio a la Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guión en los Premios de la Crítica de Taipei, y que obtuvo el Primer Premio en el Festival Internacional de Cine de Houston. Taipei Story, su siguiente título, ganó el premio Fipresci en el Festival de Cine de Locarno en 1985. Un año más tarde, en ese mismo festival, Yang participaría con The Terrorisor, logrando el Gran Premio del Jurado. La película estuvo en la Sección Oficial de Cannes, fuera de competición. Tras un descanso de cinco años Edward Yang dirigió A brighter summer day que logró los premios Gran Jurado y Fipresci, en el Festival de Tokio en 1991. En 1994 regresó a Cannes con A confucian confusion, esta vez en la Sección Oficial.

 

Yi Yi (2000) ganó el Premio Especial del Jurado del Festival de Cannes y es su película más famosa. Su estructura sosegada, casi melódica, está relacionada con el tema que trata. Precisamente el énfasis en la construcción del relato lo emparienta con Robert Altman, también fallecido el año pasado y un cultor consagrado de un cine coral. La puesta en escena es la expresión concreta del tema, de la cual resulta cada detalle, cada decisión de rodar desde un ángulo u otro, con una luz en lugar de otra.

 

Esta película trata sencillamente de la vida, retratada en su más íntimo sentido. La simplicidad se sitúa en la base de todo y las complicaciones están encima. El título de la película en chino es Yi Yi, lo que literalmente se traduce como “Uno-uno”, y “Uno-uno” significa en chino “individualmente”. Esto quiere decir que el retrato de la vida que se hace en la película va fijándose en cada uno de los protagonistas de principio a fin.

 

Un uno y un dos y… es lo que suelen murmurar los músicos de jazz antes de cada jam session. De ahí salió el título en inglés, como expresando de alguna manera que lo que se oculta bajo ese título no es algo tenso, ni duro, ni estresante, sino todo lo contrario, como sucede en una melodía de jazz.

 

En Yi Yi, todos los sucesos se encuentran en un mismo nivel igualitario. La tristeza y la felicidad, el amor y el desamor, la esperanza o la desesperación, el asesinato o las caricias están tratados en un mismo plano. De este modo, cada personaje, desde la madre hasta el nieto, están representados en su totalidad, sin anécdotas, y será la relación que crece con los demás lo que permita verlo así.

 

El nombre de Edward Yang era hace unos años una referencia exótica y desconocida, el eco turbio de un cineasta sin historia. Hoy todo ha cambiado porque Edward Yang ha pasado a ser un hombre de leyenda, considerado como una de las personalidades cinematográficas más atractivas del cine oriental que domina el mundo a golpe de emoción, talento y frescura. A raíz de su paso por Cannes, desde todo el mundo se ha comenzado a escarbar en la memoria de Edward Yang para encontrarse con una biografía muy reveladora en la que, hasta ahora, para la mayor parte del público permanecen inéditas sus películas. En 1996 ya había realizado 6 largometrajes pero ninguno de ellos había logrado traspasar plenamente las fronteras chinas.

 

Por eso sorprendió doblemente ignorar su existencia cuando en Cannes, con casi tres horas de duración, dejaba boquiabiertos a todos este Yi Yi, crónica familiar de sentimientos graves y movimientos leves, de gestos profundos y amores intensos. Ganadora del Premio al Mejor Director del Festival de Cannes 2000, Yang se imponía como justo vencedor con un filme de historias entrecruzadas, de grandes y poderosas razones, de personajes rebosantes de una humanidad que traspasa la pantalla, Yi Yi es cine solemne, epopeya cotidiana, retrato de familia en el que se entremezcla la rotundidad de Martin Scorsese, la ambición de Francis Ford Coppola, la poesía de Zhang Yimou, la energía voraz de Paul Thomas Anderson y el compromiso con la modernidad de Wayne Wang.

 

La historia va más o menos así. NJ tiene 45 años y trabaja como socio en una empresa informática que el año anterior obtuvo importantes beneficios pero que pronto podría quebrar si no cambia de estrategia. A NJ le gustaría formar equipo con Ota, un diseñador de juegos electrónicos en Japón, y disfruta hablando y pasando el tiempo con este japonés encantador.

 

Las cosas empiezan a ir mal para los Jian cuando el hermano de Min-Min, A-Di, se casa. Ese día la madre de Min-Min sufre un ataque cerebral y debe ser ingresada en un Hospital en estado de coma. Ese mismo día NJ se encuentra con Sherry, su novia del colegio, una mujer que está casada en EE.UU, y a la que no ha visto en más de veinte años.

 

Durante las siguientes semanas Min-Min sufre una crisis y se encierra en un retiro religioso, su hija Ting-Ting recibe sus primeras lecciones sobre el amor, su hijo Yang-Yang se mete en unos cuantos líos en el colegio y su hermano A-Di se debate entre la novia que ha elegido y la muejer que ha rechazado. Un extraño asesinato se produce en el bloque de departamentos donde viven los Jian; un joven ha llegado a la conclusión que la vida es injusta y cruel comete un crimen. NJ viajará a Tokio a negociar con Ota y aprovechará para vivir una aventura con Sherry. Se cumple de esta manera una cláusula del cine de contrapunto: en un mar de problemas todos los personajes aprenden lo hermosa que es la vida y cómo hay que cuidarla, sea cual sea la situación que les tocara vivir.

 

Los aromas y los influjos que adornan el cine de Edward Yang recorren toda la historia del cine y la manera en las que Yang los recupera dista mucho del sonoro y efectista impacto de esos cineastas jóvenes que debutan con aires de genialidad. Su cine, el que Yi Yi lleva dentro, es producto de una digestión reposada, de un ritmo atemperado, de una mirada que habla del amor y de la muerte, de los padres y los hijos, de la fidelidad y el desamor desde el conocimiento de quien posee la memoria.

 

El suyo es cine preciso de geometrías poderosas, de respiros largos y de aspiraciones sin final. Un niño le sirve como conductor y contrapunto a una crónica que encierra en sí misma toda una lección de supervivencia y perdón. Por ello mismo resulta imposible sustraerse a la evidencia de que en Yi Yi resuenan ritmos de contemporaneidad y estructuras de honda raigambre clásica. Así, en el devenir de un relato sinuoso, lleno de recovecos y implacablemente seductor que envuelve al espectador surge un mosaico, inagotable y poliédrico del que, cuando se quiere resumir su historia, en el recuerdo se abalanzan un puñado de personajes de los que se nos ha dado mucho sin que nos hayamos dado cuenta.

 

Óscar Contreras

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