Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

El hilo de la madeja


 

Esta película de cine negro es célebre por desarrollar una de las tramas más enrevesadas del Hollywood clásico. La adaptación de la novela homónima de Raymond Chandler corrió a cargo de dos de los guionistas más prestigiosos de la industria, Jules Furthman y el mismísimo William Faulkner, también novelista y premio Nobel de Literatura.

 

El trabajo de transposición cinematográfica fue encomendado a Howard Hawks, narrador hábil y polifacético, capaz de manejar con precisión los códigos de los más diversos géneros cinematográficos, con obras maestras en el Western (Río Rojo), las comedias de situaciones (La fiera de mi niña) y el film noir o cine negro (El Sueño Eterno).

 

El argumento de esta última película desarrolla una trama policial compleja, por momentos críptica, pero que en ningún momento pierde interés, energía y contundencia, o cae en el despropósito y el absurdo. Parte del mérito reside en una soberbia dirección de actores, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall en estado de gracia (ambos vivían un tórrido romance en la vida real). La trama policial, que en principio ocupaba el primer plano, termina por representar un tenue (e inextricable) telón de fondo para el fascinante juego de seducción entre sus protagonistas, dos individuos de estratos sociales antagónicos: un detective privado de rudos modales y una sofisticada mujer de sociedad.

 

Porque el Sueño Eterno presenta una historia de amor que se sobrepone al trasfondo de corrupción y violencia de la sociedad norteamericana. Philip Marlowe (Bogart) es un detective privado contratado por un general en retiro, Sternwood, para resolver un caso de extorsión contra la menor de sus hijas, Carmen, muchacha de modales bastante disipados y siempre metidas en problemas. La otra hija del general, Vivian (Bacall), desconfía de las reales intenciones de su padre y trata de sonsacarle información al detective privado, iniciándose entre ambos una ambigua relación de colaboración y sospecha, que no excluirá la atracción sexual.

 

Conforme la película avance el argumento se desembrollará en varias capas, aparecerán nuevos personajes, nuevas intrigas, y la trama inicial (el chantaje) quedará disuelta en medio de un complot mayor (con tres asesinatos incluidos, el último de los cuales no queda claro si realmente ocurrió) del que apenas se vislumbra una pequeña parte. El hilo conductor a través de esta intrincada maraña será precisamente la relación entre Philip Marlowe y Vivian, retratada con maestría por el director Howard Hawks, quien se apoya en detalles, insinuaciones y pequeños gestos, más allá de cualquier línea de diálogo brillante.

 

La dirección de Hawks es bastante sobria, según los códigos del Hollywood clásico, con un manejo notable de los interiores, en gran medida gracias al aporte de Sidney Hickox en la fotografía. En la novela, los diálogos son ingeniosos y brillantes, pero en el cine éstos habrían resultado pretenciosos y ridículos (amenazas del texto “literario”) de no sustentarse en una puesta en escena cargada de sensualidad.

 

Gracias al efectivo uso del encuadre medio, que enmarca detenidamente a dos personajes y va registrando imperceptiblemente los gestos mínimos que enfatizan o contradicen su discurso, el coqueteo entre la pareja protagónica cobra relieve a partir esa mímica minimalista, las miradas furtivas, el roce de los cuerpos y las situaciones equívocas.

 

Los personajes discuten entre sí y luego un detalle de la escenografía revela sus intimidades mejor que cualquier palabra. En su primer encuentro, la camisa del detective se encuentra bañada en sudor, mientras la sofisticada dama de sociedad está rodeada de perfumes. Luego, en otra disputa, descubren que la oficina del detective estaba cerrada con seguro, como si se tratase de una celada para forzar el enlace.

 

Dicha técnica, válida para las escenas de coqueteo amoroso, también es eficaz para presentar los momentos de típicamente policiales, de violencia, amenaza y extorsión. La película ofrece muchos ejemplos de este último caso, con hombres en gabardina y un revolver en la mano, entrampados en un permanente juego de máscaras respecto a las reales intenciones de los personajes. Sin embargo, su función es meramente informativa, la de ofrecer datos para que la trama prosiga su derrotero zigzagueante. El detective Marlowe se desenvuelve con solvencia en estas escenas de acción física, es un tipo rudo, ágil y perspicaz, pero no se libra de sufrir varias palizas. 

 

Mención especial para las escenas del viaje en coche de los protagonistas por una carretera atiborrada de neblina. Esta parece ser la clave de la película, ya insinuada en el título. El “sueño eterno” de la película y de estos personajes es ese viaje onírico por la carretera, único momento de reposo en medio de un escenario urbano complejo y peligroso, atiborrado de trampas, donde es imposible confiar en alguien. Como los espectadores, estos personajes también se sienten desbordados por el curso de los acontecimientos.

 

En el coche, rodeados por la niebla, se olvidan por un momento del resto y miran dentro de sí, descubriendo que lo único real de sus vidas es el amor que ha brotado entre ellos (notable, con toda su carga de cinismo, la declaración de amor en el coche). Este es, precisamente, el hilo de la madeja que impide que estos personajes fracasen en esta trama policial (porque al final se descubre al asesino), y que los expectores nos quedemos sin entender absolutamente nada del film.

 

Javier Muñoz Díaz 

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