Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Conceptos en torno a las “trash movies”


Si alguien ya ha visto en alguna página web o revista la palabra trash asociada al cine, de seguro que se debe haber cruzado con insólitas imágenes de platillos voladores de tecnopor (de esos que, cuando no se les ve volando en la pantalla, son usados para la comida al paso), hombres con las extremidades mutiladas y destilando generosamente salsa de tomate, o de gigantescos monstruos con forma vegetal atacando una ciudad. Hasta ahí pareciera que el cine trash tiene que ver en cierta medida con el mundo de lo culinario. Pues no precisamente. Dicho término también está asociado a varias películas en las que la exhibición de cuerpos desnudos y sexo brillan por su gratuidad. 

 

Si buscamos el significado de la palabra trash en algún diccionario de inglés, encontraremos algunas de las siguientes acepciones: 

 

         Objetos o materiales sin valor o desechados.

         Basura o desperdicios.

    Material artístico o literario sin valor u ofensivo.

 

 

Dicha premisa nos puede conducir a pensar apuradamente que el cine trash o basura agrupa a todas aquellas películas que de una u otra manera alcanzan la categoría de bodrio. Las cosas no van exactamente por ahí, ya que desde dicha perspectiva una súper producción como “Día de la independencia” de Roland Emmerich también sería calificada de esa manera. El trash cinema engloba a todas aquellas cintas de bajo presupuesto que pueden ser disfrutadas por las mismas limitaciones que ostentan: actuaciones irrisorias, decorados baratos, plots inverosímiles, ineptitud narrativa[1]. ¿De qué manera se liga el trash cinema con otras modalidades expresivas o de género como las exploitation movies, el cine bizarro, el gore, la serie B y Z o los fenómenos camp?

 

Los enlaces del trash

Las películas de explotación son aquellas cintas de pretensión esencialmente comercial y exiguo presupuesto que apelan sin escrúpulos a estimular el morbo o voyeurismo del espectador, así como a montarse en el éxito de filmes de moda, tal como sucede con las secuelas o versiones no autorizadas de películas como “Tiburón” (1975) de Steven Spielberg (la brasileña “Bacalhau” –1975- de Adriano Stuart) o “Zombie” (1978) de George Romero (la italiana “Zombie 2” –1979- del célebre Lucio Fulci). ¿Todas las explotaition movies pueden ser consumidas como cintas trash? No. Pongamos ejemplos. El promedio de las películas del subgénero WIP (“Women in prison”, que se traduce al castellano como “Mujeres en prisión”), infaltables en las programaciones de medianoche de la televisión local, suelen ser disfrutadas no por los giros absurdos de su guión o por la falta de talento actoral de sus protagonistas, sino por estimular las pulsiones escópicas más primarias de aquel espectador ávido por ver anatomías desvestidas en encontronazos sexuales. En cambio, el clásico de 1934 “Maniac” de Dwain Esper, considerado el padre del cine de explotación contemporáneo, sí puede ser consumido bajo parámetros trash.

Cuando se estrenó dicho filme, sobre un hombre que adquiere la personalidad de un científico loco que quería encontrar una fórmula para resucitar a los muertos, lucía recursos bastante violentos y provocadores para su época, suficientes para atraer a un público ansioso de complacer su lado más morboso: vemos a uno de los personajes engullendo  ojos humanos o a hombres acosando a mujeres desnudadas ante la cámara.

Sin embargo, el guión y la realización llegaron a un grado de delirio tal que el filme muestra a un violador comportándose como un orangután,  insertos de alguna otra película en las que se ven una suerte de seres demoníacos (usados para representar la locura de los protagonistas) o a un criador de gatos desarrollando una línea simplemente incomprensible y absurda, ante la reacción imprevisiblemente normal de su interlocutor, un detective: “The rats eat the cats, the cats eat the rats, and I get the skins” (“Las ratas se comen a los gatos, los gatos se comen a las ratas, y yo tomo sus pieles”). Precisamente, una película puede ser celebrada como trash movie cuando las carencias de su acabado y su guión desembocan en una estética genuina y espontáneamente non-sense y bizarra.

Por ello, desopilantes películas en las que el mismísimo Papá Noel se enfrenta a alienígenas (“Santa Claus conquers the Martians”. Nicholas Webster, 1964) o unos zombis funcionan gracias a la energía solar y pueden reactivarse al colocar la luz de una linterna en su frente (“Astro Zombies”. Ted V. Mikels, 1967) se convierten por su (in)voluntaria propuesta a medio camino entre la alucinación pletórica y el ridículo desfachatado, en fenómenos de culto. Ahora, lógicamente, habría que hacer la precisión de que lo que se entiende por cine bizarro no solo abarca a las trash movies. También incluye cintas del lado opuesto, aquel en donde priman los genios visionarios y las miradas más deslumbrantes y reveladoras que ha dado el séptimo arte. Ciertas películas de Luis Buñuel, Georges Franju, Alejandro Jodorowsky o David Lynch entran en la categoría de bizarras.

Igualmente, se suele caer en el prejuicio de creer que las cintas gore siempre caen en la clasificación de trash movies. El discurso sobre la “Nueva Carne” presente, por ejemplo, en los primeros filmes de David Cronenberg, la retórica sociopolítica de George A. Romero, o el espeluznante manierismo de Dario Argento, son solo algunas de las muestras de que las películas gore pueden convertirse en cosmovisiones fascinantes al igual que otras cintas de pretensiones artísticas más recurrentes. Asimismo, demás está decir que las películas de serie B (bajo presupuesto) o Z (presupuesto de escasez –casi- extrema) no siempre son cintas trash. ¿Quién podría calificar de trash a un filme tan sugerente como “El hombre de los ojos de rayos X” (1963) de Roger Corman?

 

Una vía del camp

En ese sentido, queda claro que el cine trash está estrechamente ligado con el concepto de camp.  En el fundamental ensayo de Susan Sontag “Notes on camp” del año 1964, la autora definió el término, en líneas generales, de la siguiente manera: “…la esencia del Camp es su amor por lo innatural: por el artificio y la exageración… Camp es una visión del mundo en términos de estilo –pero en un particular tipo de estilo. Éste es el amor por lo exagerado… los ejemplos puros de Camp son involuntarios: son la seriedad muerta… En la ingenuidad, o pureza, Camp, el elemento esencial es la seriedad, una seriedad que fracasa”. El camp pues, es un término que abarca la arquitectura, la música, la literatura, el diseño de muebles, etc. Incluso, en algunos casos alcanza a grandes artistas o algunos que son muy respetables (lo cual no trataremos aquí por cuestiones de espacio).

Sobre las películas “malas”, Sontag dijo lo siguiente: “Y la crítica de cine (listas como “Las 10 mejores malas películas que he visto”) es probablemente la que más ha popularizado el gusto Camp hoy en día, porque mucha gente sólo va a ver películas de una manera muy alegre y sin ser pretenciosa”. Por ello, el gusto por las trash movies es visto por muchos como una pose más que discutible o inexplicable, por otros como una forma festiva y despreocupada de rescatar “lo positivo de lo negativo”.

 

 

 

 

 


[1] En algunos casos también se afirma que el trash cinema incluye películas que son disfrutadas a pesar de y no necesariamente por sus defectos. Pensemos, por ejemplo, en José Mojica Marins, autor de filmes como “À Meia-Noite Levarei Sua Alma” (1964) o “Esta Noite Encarnarei no Teu Cadáver” (1967), que consiguen perturbarnos con imágenes logradamente tenebrosas, casi hechizantes; independientemente de sus notorias limitaciones de puesta en escena o guión.  

José Carlos Cabrejo

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