Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

historias de exclusión


Combinando el documental y la ficción, Invisibles es un recorrido por diferentes puntos del planeta, de donde se recogen historias de clamor y agonía, de trauma y sobresalto. Invisibles reúne a cinco talentosos directores que dan voz a todos los que nunca son escuchados. Rememora conflictos, denuncia violaciones, desentierra heridas de hombres y mujeres que a diario perecen.

 

Producida por el actor español Javier Bardem y realizada por los directores Wim Wenders, Fernando León de Aranoa, Isabel Coixet, Mariano Barroso y Javier Corcuera, Invisibles nos recuerda a aquellos excluidos que no queremos ver pero que, para pesar de todos, y más de los responsables, están ahí, existen.

 

En Invisibles vemos, además, la mano del peruano Javier Corcuera, en La voz de las piedras, un estremecedor relato sobre los desplazados en Colombia. Un mérito grande el de Corcuera, pues Invisibles congrega a importantes realizadores del mundo, entre los cuales —es un orgullo— se está codeando este valioso cineasta peruano.

 

Las grietas que negamos

 

Cartas a Nora, de Isabel Coixet

 

La dolorosa historia de Nora, una mujer boliviana que trabaja en España, es el primero de los cinco relatos que conforma Invisibles. Se llama Cartas a Nora, y la dirige Isabel Coixet, una directora de mirada siempre aguda y crítica sobre la sociedad contemporánea. El suyo es un enfoque crudo, despojado de las complacencias hacia el sistema y las leyes.

 

En un tono de fuerte denuncia, la película nos plantea el tema de la exclusión y los esfuerzos de supervivencia que deben hacer a diario miles de migrantes (desplazados) que acuden a países del primer mundo a ver si mejoran su estatus de vida.

 

Cartas a Nora es el recuento de un día en la vida de la protagonista, desde cuando despierta hasta el anochecer, y el relato está planteado con una inflexión que intercala las actividades de Nora con el telón de fondo de una canción melancólica que acompaña su rutina, y con la voz en off de Rosa, hermana de Nora, que va leyendo las cartas, una a una. Así, el film habla por sí solo, no hay voces ni diálogos, y para Nora transcurre el día en medio de la consternación por lo que se va enterando le ocurre a su familia en su natal Bolivia.

 

Cartas a Nora es una auténtica muestra del cine independiente. La estética del relato es la de un estilo experimental. Aunque se sabe ficticia y los personajes son actores, el film tiene un aroma a documental —se basa en hechos reales—, y el seguimiento de la cámara da muestra de ello: se mueve indistintamente, juega con los primeros planos, recorre aquí y allá, como una cámara de aficionado que registra lo que sucede con un personaje. En ese afán, sin embargo, Cartas a Nora se excede y casi aturde, pues llega un momento en que los planos aberrantes, la extrema libertad en los movimientos y ángulos se tornan empalagosos y restan atención sobre la esencia de la historia.

 

Fuera de eso, Cartas a Nora es un gran logro de Isabel Coixet, la gran protagonista de Mi vida sin mí y la debutante en la dirección de un largometraje con Lejos de ella. Si examinamos su biografía, ello explica quizás el ojo con que Isabel Coixet entiende el mundo.

 

Cartas a Nora, finalmente, hace una fuerte denuncia contra algunos de los más dramáticos problemas de la sociedad actual: la exclusión, las brechas sociales, los privilegios a que tienen derecho sólo unos pocos en un sistema como el que vivimos, y una denuncia sobre el drama de quienes, como Rosa —haciendo alusión al título general de todo el documental—, dicen: «No es que no nos ven, es que no quieren vernos.»

 

Adelante, mujeres, adelante

 

Crímenes invisibles, de Wim Wenders

 

La historia de Crímenes invisibles transcurre en la República Democrática del Congo, aunque el calificativo de democrática, luego de ver la película, parece una ironía. Éste es un film testimonial donde cinco pobladoras indígenas relatan la historia de su congoja, y denuncian la impunidad con que se puede abusar de ellas, en todo ancho de la sabana africana.

 

Todas tienen una historia en común, y es la del quebranto al que las tropas rebeldes de los Maï-Maï, e incluso los soldados del gobierno, la policía y cualquier grupo armado las someten, sistemáticamente.

 

Como si de un ejercicio de rutina se tratara, la historia es casi la misma en una y otra mujer: llegaron los soldados, acribillaron a sus maridos y las violaron una y otra y otra vez, en presencia de sus propios hijos, obligándoles a abortar o despojándolas de sus viviendas o su medio de trabajo.

 

Y es que ése es un recurso que Wim Wenders, el director, ha manejado a fin de que se sienta con más fuerza el tono de voz con que quiere hacer sentir su denuncia. La semejanza casi forzada entre cada una de las historias es la forma de representar lo sistemático, y, si es en diferentes tiempos, la impunidad.

 

En Crímenes invisibles la cámara enfoca de frente a las mujeres relatando su historia, y de pronto desaparecen, mientras queda sólo su voz colgada en el espacio vacío, hasta que la mujer aparece de nuevo, y otra vez desaparece. Lo mismo ocurre en los planos panorámicos, donde la cámara da a las mujeres un aspecto difuso, como de ánimas, como seres que existen a medias.

 

Y es que claro, en el Congo, como en muchos lugares en el mundo, los derechos de las mujeres siguen siendo quebrantados, y sus voces silenciadas y sus esfuerzos ninguneados. De eso, pues, es conciente Wim Wenders y contra eso va su denuncia.

 

Crímenes invisibles funciona, en ese sentido, como un sacudón sobre lo que sigue ocurriendo en el mundo; pero también lanza un grito de consuelo, gracias a una organización de ayuda a estas mujeres, manejada con ellas mismas, que a diario intentan hacer esfuerzos por salir adelante y prestar apoyo a quienes, como ellas en su momento, ahora mismo están siendo ultrajadas.

 

O matas o mueres

 

Buenas noches, Ouma, de Fernando León de Aranoa

 

Por más de veinte años, el norte de Uganda enfrenta una guerra entre el LRA (Lord’s Resistance Army) y el gobierno, y más de 150 mil han muerto. Ése es el marco de referencia en que Buenas noches, Ouma se desarrolla. El español Fernando León de Aranoa nos presenta un relato crudo, desesperante, que conmociona casi hasta las lágrimas, el testimonio de cientos de niños ugandeses viven refugiados en «El arca de Noé», una suerte de albergue donde pasan sus noches intentando conciliar el sueño, luego de la horrenda experiencia de haber sido secuestrados de guerra.

 

Buenas noches, Ouma es una película que se desenvuelve con soltura, que explota bien los recursos del documental y proporciona información abundante. Le interesa el manejo técnico y se preocupa del mejor ángulo, tiene pendiente siempre el enfoque y es cuidadosa en el tratamiento de la fotografía.

 

Buenas noches, Ouma se esmera en ser un relato cruento. Expone los testimonios de adolescentes y niños (más de 10 mil) que fueron secuestrados por las tropas y obligados a convertirse en niños soldados. La expresión de sus rostros evocando la noche en que vieron morir a su madre, o el día en que le obligaron a matar a otro hombre, o cuando la condición para volver a casa era asesinar a su propio hermano, le interesa mucho al director.

 

La película ha encontrado que así, con los semblantes horrorizados de esos niños, se enrostra al mundo entero que esas atrocidades, ahora mismo en estos momentos, siguen ocurriendo.

 

Buenas noches, Ouma es, pues, al final, un reclamo, una exigencia sollozante de un hombre que sicológicamente está destrozado y todo lo ha perdido, y que le pide al mundo un consejo para que se acabe al fin la guerra.

 

La enfermedad de la angurria

 

El sueño de Bianca, de Mariano Barroso

 

El sueño de Bianca es, directamente, un llamado de atención a los laboratorios que elaboran algunos fármacos y dejan de elaborar otros porque dejan de ser rentables. La ecuación parece que funciona: ¿para qué fabricar un medicamento que sólo sirve a los que no tienen recursos para adquirirlos?

 

La película se presenta en dos planos, dos escenarios: el de la discusión que una pareja de representantes de una organización de ayuda tiene con un empresario farmacéutico, y el de la vida diaria de una población indígena africana que es afectada por dolencias, entre ellas «La enfermedad del sueño.» La película intercala las dos historias, y mientras el empresario va deslindando responsabilidades y aduciendo que no puede hacerse cargo de la salud de esa gente, los pobladores sufren los embates de aquella indolencia.

 

El ámbito donde se produce la situación es el de una oficina gerencial, pero ello nunca resalta, pues esa parte de la película transcurre en blanco y negro, como en una atmósfera sórdida, igual que los otros breves fragmentos del film que ocurren en ámbitos citadinos. Los tres individuos que discuten son actores, pero la historia es cierta: la eflornitina, que sólo servía para curar «La enfermedad del sueño» —que arrasa con 50 mil vidas cada año—, dejó de fabricarse, hasta que se descubrió que evitaba el crecimiento del vello; entonces de nuevo se volvió rentable.

 

El director barcelonés Mariano Barroso —muy encomiable su trabajo en esta película— hace, sin embargo, una apología temeraria de las ONG. Si El sueño de Bianca, igual que todas las otras de este documental, es una cinta que denuncia la exclusión, es bastante aventurero atribuir a las ONG —a veces enfiladas en el clientelismo— la alternativa viable de solución al problema.

 

Y ello tiene un costo, pues sólo por eso El sueño de Bianca bien podría reducirse al mero argumento de un comercial televisivo que expone la indolencia de los empresarios farmacéuticos que poco se conduelen con el dolor del mundo, restando así trascendencia al verdadero trasfondo que anuncia la película.

Independientemente de este comentario —por lo demás debatible—, es muy convincente el trabajo de Barroso, y sugerente la mirada que lanza a las corporaciones transnacionales y sus encorbatados representantes.

 

El negocio de la guerra

 

La voz de las piedras, de Javier Corchera

 

La historia con que culmina Invisibles se ambienta en Colombia, y narra el drama de los desplazados por la guerrilla, de aquellos a los que con bombas y fusiles los despojaron de sus tierras. Narra, también, el regreso luego de varios años a sus pueblos, el reencuentro con lo que es suyo y los planes para un proyecto de vida conjunto.

 

El director resalta el hecho de que tras tanto tiempo de desalojo, muerte y resistencia, siga vivo entre la gente el ímpetu por sobreponerse. Ése es uno de los valores que más atrae e impresiona a Javier Corcuera.

 

La cámara hace un recorrido por los rostros de dolor y emoción de los colombianos que vuelven a su hogar, sobrecogidos y con llagas en el alma. Todo amalgamado con el espectáculo tropical y alegre, tan peculiarmente latinoamericano de Colombia.

 

El peruano Javier Corcuera, premiado en varios países por trabajos como El mundo a cada rato o La espalda del mundo, dirige esta cinta y entra, así, en el círculo de grandes realizadores de películas y documentales de calidad, como Isabel Coixet o Wim Wenders. Ponderable logro de este compatriota.

        

La voz de las piedras es un relato del resurgimiento, del tesón con que se hace frente a los traumas de la guerra y se trabaja por un sueño, por educar a los niños en un clima de paz, al menos por un tiempo.

        

Con La voz de las piedras se cierra esta retahíla de denuncias al sistema que es Invisibles, donde, por lo menos durante cinco historias, tuvieron voz algunos de los millones de excluidos en el mundo, buena parte de cuyas historias tienen sin cuidado a los gobiernos, las empresas y los ciudadanos, y es que, claro, para nosotros, ellos no existen.

 

Tito Jiménez Casafranca    

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