Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Manhattan: Una radiografía de lo trivial


Woody Allen – Manhattan, 1978

Los detractores de Woody Allen suelen decir que lo que no soportan de sus películas es que son películas que hablan demasiado de él mismo. Aunque a veces puede ser poco soportable, la filmografía de Allen basa sus mayores éxitos en el excelente desdoblamiento que realizan, en muchos casos, sus personajes egocéntricos. Por otro lado, otro de los elementos que se suelen reprochar del cine de Allen es el abordaje constante de la ciudad como escenario; sin embargo, en Manhattan asistimos al que considero el mejor abordaje sobre la influencia de un espacio físico en las relaciones personales. Sin duda, ello se refuerza por algunos elementos estéticos: la fotografía en blanco y negro, que parece poner en relieve más de una sensación; las tomas, que se concentran en lo aparentemente secundario, pero más relevante; y la música, que parece sugerir el espíritu de la ciudad.

Una costumbre frecuente en las películas de Woody Allen es esta especie de narrativa circunstancial que el espectador puede apreciar en Manhattan. Bajo la apariencia del relato diario sobre la vida en la ciudad, los enredos de una clase intelectual que se mueve en el ámbito de la adulación y la referencia a sí misma son el centro de atención. Lo que hace Woody Allen, bajo la máscara de la escritura de una novela, bajo la excusa de producir una obra, revela la naturaleza de muchos sujetos como el Isaac de esta película: gente que busca trascender su obsesión con la cultura en busca de éxito, aunque ello los lleve a tropezar en los asuntos más íntimos de la vida cotidiana.

La película aborda todos los enredos de la vida urbana moderna: el tedio, la infidelidad, la ironía, el egocentrismo, etc. De todos, estos dos últimos son, sin duda, las dinámicas, los motores de unas relaciones interpersonales que, vistas fríamente, parecen enlazar el mundo adulto con su práctica.

Inicialmente, Isaac Davis (Allen) intenta recuperarse de una separación, y mantiene un romance con una chica de 17 años, de la cual no esta totalmente enamorada. A la par, es espectador del romance entre su mejor amigo Yale (Michael Murphy), quien está casado, con Mary Wilke (Diane Keaton). A través de Yale, Isaac conoce a Mary, quien al principio le es sumamente antipático, pero del cual, después, se enamora. Sin embargo, en esa tensión existen otras emociones puestas en juego, como la reconciliación con uno mismo, que sucede al final de la película, y la búsqueda de la identidad. Sin duda, esto último aparece en la película como una de las mayores certezas: en la vida de la ciudad es prácticamente imposible existir tranquilamente sin la posibilidad del cambio; de ahí que la estabilidad sea vista con temor y produzca tedio, y que el cambio sea asociado con la posibilidad de lograr lo que cada uno se propone.

Si bien la sensación del vacío es lo que más inunda las escenas de Manhattan, la experiencia del mismo no es, para nada, algo tan trágico. Como sucede con Mary especialmente, la ironía es el gesto privilegiado para presentar al espectador la aparentemente simple experiencia urbana. Sin embargo, no es difícil advertir que el único contenido de la experiencia adulta son esas relaciones veloces y superficiales, llenas de un humor que constantemente intenta construir los caracteres de personas inseguras de sí mismas; llenar eso que aparece vacío, o al menos no mostrarlo. Sin duda, además de la obsesión por el mundo externo, por la ciudad impregnada de iconos y detalles, lo que hay en Manhattan es la experiencia de la debilidad frente a la ironía, un gesto que hace que lo desconocido parezca perfecto.

No hay que olvidar que Isaac Davis, antes de sentir el tedio y abandonar a su joven novia, acaba de ser dejado por su esposa (Meryl Streep), quien ha iniciado una relación con otra mujer (una herida en el orgullo masculino, según muestra el film) y que amenaza con publicar una novela, una narración con detalles de sus vidas íntimas. Manhattan muestra una autoreconciliación que comienza en la incertidumbre de Isaac ante el futuro, y termina en una serie de enredos (característica de las mejores narraciones) con el descubrimiento de un nuevo sentido del porvenir, visible en el final de la película. Así, lo que aparece con Tracy (Mariel Hemingway) bajo los nombres de infantilidad, de inocencia, que le atribuye Isaac, es la esperanza como valor, como posibilidad real, pero también la negación de ese mundillo de cinismo y humor fácil que hace que lo desconocido resulte encantador, y logre engañar.

Sin duda, Manhattan es un clásico del cine contemporáneo porque aborda frontalmente los grandes problemas privados del final de la modernidad. Estrenada en un año clave para usar esa palabra, la película es un fresco de muchas tensiones privadas, esas que suelen quedar fuera de las historias de un solo argumento, e incluso parece brindar la ilusión (fuera del principio y el final) de no tener un solo protagonista. Por otro lado, sería imposible advertir muchos de sus detalles si no fuera por su trato con las imágenes, que hace que pongamos los ojos en lo que queda fuera delos argumentos convencionales: el reposo en casa, la lectura de un libro, la conversación no pactada, la contestación del teléfono, el azar. Manhattan contiene fórmulas que el propio Allen ha repetido abiertamente, y que han sido reproducidas en diversas formas de narración, amanera de homenaje o reconocimiento de sus virtudes, de su dimensión real.

Jose Miguel Herbozo

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Una respuesta

  1. Natalia

    ¡Qué grande es Woody!
    Aunque en estos tiempos sea una sombra de lo que fue… viendo Manhattan, Annie Hall, Sleeper o Zelig, me vuelve todo el amor que le tengo a su cine.

    Todos los años, con un amigo, saldamos una cuenta en las salas de cine y esa es una película de Woody. Un año invita él, el próximo yo. Ya no esperamos obras maestras, simplemente es un deleite ver algo de su mano.

    Este año me toca invitarlo al Sueño de Cassandra.

    mayo 8, 2008 en 9:53 pm

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