Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

JUDAS


Martin Scorsese – No Direction Home ,2007

En primer lugar, una aclaración importante que a suele pasar desapercibida: No Direction Home no es una obra original de Martin Scorsese sino un trabajo que recibió por encargo. El director neoyorkino fue llamado a dirigir la biografía fílmica del músico norteamericano Bob Dylan cuando el proyecto ya había avanzado bastante y se necesitaba de alguien que pusiera orden a todo el material recopilado. Las entrevistas al propio Dylan y sus allegados habían sido realizadas con anterioridad por el manager y su equipo de producción; el resto de materiales, que habrían de dar cuenta del contexto musical de los 50′ y 60′, era de archivo. Por lo tanto, el trabajo de Scorsese se limitó a editar el film, a organizar los elementos (capturados por otros) en una secuencia narrativa coherente. No fue un trabajo pequeño ni superficial: la edición transformó la película en un film típico del ítaloamericano, henchida de su sensibilidad, hasta el punto de integrarla perfectamente a su filmografía y desaparecer aquel rótulo de trabajo por encargo.

Sin lugar a dudas, el Bob Dylan que aparece en No direction home es un personaje de las películas de Scorsese. Escarna el tema clave de su filmografía: el itinerario vital como un vía crucis. Antes que el cálculo racional, la astucia, la solidaridad, el destino o el azar, el requisito indispensable para que un personaje obtenga resultados y logre sus objetivos es el sacrificio personal entendido como castigo físico y emocional. Dicha expiación tiene su muestra más gráfica en la pasión de Cristo: el dolor en carne viva, la fatiga, el sudor, los azotes y las caídas constantes por cargar una pesada cruz sobre los hombros.

Una empresa individual contrapuesta a las expectativas y las normas sociales, y que no guarda reparos en trasponer sus fronteras. Este personaje, enfrascado en su propio proyecto, reconcentrado en alcanzar sus objetivos, pierde el control de la situación y acaba consigo mismo como la víctima principal. La carrera de Dylan es exitosa como pocas, de eso no cabe duda. El director lo sabe y su admiración por la excelencia artística del compositor es evidente, pero no se solaza en ello, no lo enfatiza y remarca constantemente, como quien pretendiera levantarle una efigie. Todo lo contrario: la cinta sale en la búsqueda de las contradicciones de su itinerario, hace el recuento de los daños, de las decepciones, de las personas que el músico abandonó porque estorbaban su carrera, del desagrado de los fanáticos, del stress y la soledad del éxito consumado.

¿Qué buscaba Bob Dylan, cuál era el móvil de su vida? Su móvil central es claro pese a no estar declarado con énfasis en ningún momento: componer música. Pero existe un segundo móvil más complejo y que sí aparece destacado desde el título mismo del documental: cambiar de vida. La personalidad artística de Dylan se asemeja mucho a un camaleón. (Recordemos que su verdadero nombre, oculto por mucho tiempo, es Robert Zimmerman) El documental de Scorsese solo registra la primera transformación de Dylan, su abandono de la música folk, comprometida con la lucha política, por los oropeles del estrellado musical pop. Sin embargo, más allá del periodo que retrata No direction home (el documental se detiene el 1966) Dylan ha seguido mutando de aspecto; entre otros cambios destacan la poética intimista y desgarrada, generada en una crisis matrimonial, de Blood on the tracks (1975), su conversión al cristianismo a principios de los 80′, su interés por la música gospel, de temática religiosa, y su apertura mediática de fines de siglo, ajeno a su ya legendario hermetismo respecto a la prensa (apertura a la que, precisamente, pertenece este mismo documental)

La habilidad de Scorsese estriba es haber sido capaz de graficar adecuadamente la enajenación que sufre Dylan en la década del 60′: de cantante emblema de la música folk y de protesta, abanderado de las luchas por los derechos civiles, a estrella del rock and roll, de conducta errática e irreverente. La primera parte del documental (el producto, de casi cuatro horas,  fue pensado originalmente para la televisión y la venta en DVD, no para los cines; de allí su división en dos partes bien marcadas) presenta esas dos etapas musicales de manera intercalada, enfatizando con habilidad los contrastes entre sí. La segunda unirá ambas líneas narrativas y mostrará la eclosión final.

Sus primeros años en un pequeño pueblo minero de Minnesota, su aprendizaje musical, el ingreso al prestigioso Greenwich Village de New York y su consolidación definitiva en el festival de música folk de Newport, ocupan la mayor parte del metraje con filmaciones de la época de sus primeros conciertos con la guitarra acústica, la armónica colgada al cuello, y las entrevistas a las personas que lo conocieron entonces y evocan sus peripecias (desde su ex pareja Joan Baez hasta los músicos que formarían The Band). En medio de ese vasto cuadro de época, que no omite ninguna referencia política o cultural, se intercalan pequeños clips de Dylan con una actitud distinta e interpretando canciones lejanas al sonido acústico del folk: es la actitud del artista de rock, con la guitarra eléctrica, todo vestido de negro y enfrentado a un público adverso en la gira a Inglaterra de 1966. Este contraste queda acentuado, además, por la textura misma de las imágenes, a color y de naturaleza porosa, proveniente de las grabaciones que se hicieron durante los mismos conciertos.

La segunda parte, de menos extensión, dará cuenta del quiebre definitivo en su carrera y las consecuencias que ello le traería. Ha de destacarse que en ningún momento aparece la voz de un narrador que dirija el desarrollo de la trama. Son las mismas imágenes y las declaraciones de los entrevistados los que movilizan la acción, otorgándole a la cinta un ritmo de interés creciente y cierta dimensión de objetividad o, más precisamente, de un prisma que presenta las visiones contrapuestas de todos los involucrados sobre la compleja vida de Bob Dylan.

Muestra de ello es el formidable episodio del Festival de Newport de 1965, a donde Dylan iría a tocar con su recién formada banda de rock sus nuevos temas, igual de poéticos y conmovedores pero cargados de ruido eléctrico, de distorsiones y de una contundencia lindante con lo brutal que dejaría en el desconcierto a la mayoría de los asistentes. Aturdido por la bulla, Pete Seeger (maestro de la música folk) buscaría un hacha para cortar los cables que apenas dejan oír la voz de Dylan. Este episodio mítico de la historia del rock esta contado a partir de las declaraciones de por lo menos cinco personas sin que, en ningún momento, una voz autorial nos indique cual tiene la razón.

Y en todo momento la banda sonora suelta canción tras canción de Bob Dylan; el fraseo característico de este músico se adecua perfectamente a las imágenes de archivo sobre las pantallas como un videoclip y, también, como una voz adicional que comenta sobre los hechos y echa luces sobre su real dimensión. Cabe destacar la musicalización de dos episodios claves a partir de las canciones A Hard Rain’s a-Gonna Fall y Like a Rolling Stone. El primero retrata la desencanto del músico respecto al activismo político expresado en la muerte del presidente Kennedy, quien parecía encarnar la posibilidad de un cambio real en la clase política norteamericana: su muerte en Dallas representa el ocaso de esas esperanzas y mientras oímos la armónica y la voz características de Dylan se suceden las escenas previas e inmediatamente posteriores al asesinado de Kennedy por un francotirador, pero nunca el momento mismo del disparo. Ese es un logro indudable, recobrar el dramatismo de un episodio crucial de la historia americana a partir de la alusión, escapando así de los lugares comunes.

La segunda canción, Like a Rolling Stone, aparece en un momento de no retorno para Dylan. Enfrenta la prueba mayor de su carrera musical: el confrontar su personal búsqueda expresiva, asumidos los riesgos que ello entraña, con las expectativas del entorno; es decir, el abandono de un estilo y todas las personas que lo acompañaron entonces, quienes probablemente vean en él a un traidor a la causa. En la pantalla aparecen las imágenes de prueba tomadas por Andy Warhol en su taller de Nueva York: un close up del rostro inexpresivo de Dylan, cansado, preocupado, como alguien perdido en el huerto de los olivos de Getsemani, aparece en escena. Poco después enfrentará la prueba definitiva en los escenarios de Newport y el Royal Albert Hall, donde cargará encima con los abucheos del público.

La última parte del documental es magistral, con la música de Visions of Johanna (“Now, little boy lost, he takes himself so seriously. He brags of his misery, he likes to live dangerously“) sobre las imágenes del segundo Dylan en la cima de la popularidad, entre el fuego cruzado de un público que discute con vehemencia su evolución musical,  y aturdido por una gira interminable que lo deja exhausto, sin aliento. En ese instante de crisis aparece rogando por volver a casa, a algún lugar que pueda llamar hogar. El mismo espacio que durante cuatro horas Dylan se ha encargado de liquidar. Y el compositor sabe muy bien los motivos de su desarraigo y sus consecuencias: justo ante de salir a escena un fanático le suelta el revelador y definitivo “Judas”.

El músico (y con él, los espectadores) recibe por primera vez de forma precisa y contundente las palabras que define su propósito como artista. Ese “Judas” resuena sobre todo el escenario y afecta en grado sumo al propio Bob (quien de inmediato le grita a sus músicos play it fucking loud) porque lo deja en evidencia y desnuda su naturaleza íntima. A partir de una entrega incondicional hacia su propio arte, sin concesiones de ningún tipo, sin otro objetivo en el horizonte, Dylan ha forjado en apenas un lustro una de las carreras musicales más complejas e influyentes del siglo XX. Sin embargo, el precio a pagar por esa consagración ha de ser alto y está a punto de caer con todo su peso. Después de los primeros acordes de Like a Rolling Stone un texto en la pantalla nos informa que a consecuencia de un accidente automovilístico Bob Dylan se alejaría de los escenarios durante seis años. Ese es el castigo que el músico recibe por traidor, por nadar contra la corriente, por componer canciones que rompan las reglas y los convencionalismos. El fanático que creyó ofender a Bob Dylan gritándole traidor estuvo en lo cierto. Judas es responsable de la cruxifición, del dolor extremo; pero si no fuera por la presencia del mismo Judas tampoco habríamos conocido la redención a través de la música.

Javier Muñoz Díaz

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