Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

La fragilidad de la clase trabajadora


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Ken Loach – Raining Stones, 1993

El año pasado, se exhibió en Lima El viento que agita la cebada, película que ganó la Palma de oro en el Festival de Cannes 2006. La cinta, dirigida por el cineasta británico Ken Loach, trataba sobre el nacimiento del IRA, el ejército republicano irlandés. Las mayores virtudes de la película se encontraban en su estilo para mostrar los momentos más terribles de la lucha en Irlanda: Loach mantenía la cámara alejada, observando a través de planos largos como la violencia hacía su aparición. No había ningún golpe de efecto o recurso dramático que buscara generar tensión o dramatizar la escena: la violencia aparecía de la nada, de la forma más normal y natural del mundo. La fuerza de esos momentos era lo que hacía que El viento que agita la cebada fuera una película de gran interés.

El cine de Ken Loach siempre se ha caracterizado por tener una mirada fuertemente social y comprometida políticamente. Loach, trotskista de la línea dura, dirigió en el año 1993 Raining Stones, película que le valió un importante reconocimiento internacional. La resaca que habían dejado los 11 años en el poder de la conservadora Margaret Thatcher estaba todavía muy latente, y Raining Stones busca justamente retratarla, darle forma y nombres a aquellos que se vieron más golpeados por las políticas neoliberales de la “Dama de hierro”.

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La película nos narra la historia de Bob, un desempleado que no puede conseguir trabajo y que se ve obligado a robar ovejas para tratar de ganarse algo. Su hija está muy próxima a realizar su primera comunión, y por lo tanto se empeña en comprarle un nuevo vestido. Todo se le complica cuando le roban su furgoneta, quizá lo único que le daba alguna chance de conseguir algo que hacer. Es así que Bob buscará hacer todo lo posible para poder comprar el vestido a su hija, incluso pidiéndole dinero prestado a personas no muy confiables.

Lo social y como afectan las características más básicas de la vida cotidiana de las personas es la base de Raining Stones. Loach pone énfasis en la vida familiar de Bpob para justamente retratar como es que la situación difícil que se vive durante el gobierno de los conservadores en Inglaterra afecta lo más cotidiano de la vida de las personas. La anécdota que sirve de base a la película (el protagonista luchando por conseguirle un vestido a su hijita) revela y desnuda los aspectos más difíciles de la vida cotidiana en el país británico.

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Lo más interesante de la cinta es como Loach va cambiando constantemente el tono sin afectar el resultado final: la película pasa del humor más negro (el comienzo, con Bob y du mejor amigo robando ovejas) a la violencia más crispada (el enfrentamiento final entre Bob y su prestamista) sin necesariamente variar el ritmo de la narración. Loach mantiene siempre su cámara a una cierta distancia de los personajes, dejando que las acciones discurran de forma casi natural. Loach nunca marca el acento cómico en las escenas graciosas ni tampoco aumenta la tensión en las escenas dramáticas: todo aparece naturalmente ante nuestro ojos, dejando que la espontaneidad de la escena misma sea la que marque el tono de la situación. Es así que lo divertido como lo trágico, lo agradable como lo violento, lo bello como lo desagradable conviven no sólo en la película, sino incluso en una misma escena, en una misma situación. Loach marca la fragilidad con la cual viven sus protagonistas a partir de los constantes cambios de tono que nacen no de una manipulación de la puesta en escena, sino de la fluctuación misma de lo cotidiano. es esa sensación de fragilidad, de que uno puede pasar de reír a llorar en cualquier momento el mayor mérito de la película.

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Pero esta hiostoria tan cotidiana, como ya lo hemos dicho, le sirve a Loach para hacer una radiografía de los efectos que tuvieron las políticas thatcherianas. De por sí la puesta en escena, al hacer que lo cómico y lo trágico aparezcan en un mismo saco, normaliza cualquier situación que pueda producirse, por terrible que sea. La violencia aparece de la nada, casi como un elemento más dentro de la vida cotidiana de los protagonistas. Pero es muy interesante ver, por ejemplo, como la película trata a la iglesia, una institución que justifica una muerte porque es lo mejor para todos. Al final, vemos a Bob comiendo su ostia como buen feligrés después de haber tomado la justicia por sus propias manos. Loach parece querer decirnos que los valores son relativos, que todo parece dar igual en Inglaterra. Y lo hace a partir de una puesta en escena que, como lo hemos dicho, jamás enfatiza. La muerte como la vida son filmadas por Loach de la misma manera tan natural, y eso resulta inquietante.

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La película se resiente un poco cuando los personajes explicitan sus opciones políticas y sus visiones sobre los problemas sociales, pero eso no perjudica el resultado final de un film muy interesante.

 Rodrigo Bedoya

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