Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

LA DIVA INMORTAL


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Billy Wilder – Fedora, 1978

Billy Wilder fue el gran maestro de la comedia americana clásica. Un director vital y enérgico, poseedor de un sentido del humor muy germánico. Reconocible en los climas sobreexcitados de sus películas (la llamada “vulgaridad wilderiana), que acumulaba escenas emocionantes una a una, con un sentido funcional y abigarrado. Además Wilder, fue un hombre liberal que desarrolló su culto por el relato bien calibrado a partir de otras coloraturas genéricas como la comedia bélica (Stalag 17), el filme noir (Pacto de sangre) o la “tragedia cinematográfica” (Sunset Boulevard). Precisamente este última variante lo llevaría -en el crepúsculo su profesión- de regresó a Alemania para filmar Fedora (1978) otra obra maestra sobre el divismo hollywoodense.

Filme sobre el arte de la suplantación y las obsesiones post sistema de estudios, Fedora es un eslabón en la cadena de éxitos del director austro-húngaro que en la última etapa de su carrera prefirió moverse en la periferia del sistema de producción. De esa manera, Wilder le sacó la vuelta a los “productores barbudos” (Coppola, Lucas y Spielberg) y desarrolló una obra personalísima -sobre sus propias formulaciones y esencias-. La vida privada de Sherlock Holmes, Avanti! o Primera plana son demostraciones palmarias de esa libertad.

Que le llevaron a adaptar la novela de Tom Tyron, Fedora, y a trabajar nuevamente con William Holden en un rol de madurez como el productor Barry “Dutch” Detweiler que busca con obsesión a una retirada actriz del Hollywood clásico de los años 30 y 40 para ofrecerle un papel estelar en la nueva adaptación de Anna Karenina, que será su espectacular “come back”. Al igual que la Norma Desmond que interpretara Gloria Swanson, Fedora (Marthe Keller – Hildegard Knef) es una diva que vive recluida contra su voluntad en una isla privada del Mar Egeo, junto a su médico privado, el Dr. Vando (José Ferrer) y una amiga, la anciana condesa Sobryanski. Rodeada por el mar, elevados cercos y perros guardianes, pocos son los que han visto a Fedora en los últimos 20 años. Esas pocas personas, atestiguan que la diva conserva su juventud y belleza de manera sorprendente, lo que la convierte en un personaje misterioso y esquivo.

Detweiler, atraído por la leyenda, quiere convocar a Fedora para su nueva aventura cinematográfica pero también quiere rescatarla: en realidad tuvo un affaire de juventud con ella, por eso la nostalgia lo impulsa hasta Grecia y hasta la tétrica corte de los milagros que rodea a la actriz.

La película se abre extraordinariamente con una secuencia de funeral. El funeral de Fedora. La magnética voz en de William Holden explica las razones de su presencia en las pompas fúnebres. Y entonces los flashbacks se sucederán uno tras otro buscando componer el identikit de una mujer esencial, que reconduce las corrientes narrativas del filme así como el temperamento del resto de personajes. Al igual que Bogart en La condeza descalza, Detweiler-Holden es el personaje pívot que maneja el relato y es testigo de las sorpresivas apariciones de la diva, ya en las ventanas de su mansión, ya comprando drogas de contrabando en los bazares griegos.

Se trata de una adaptación literaria que encuentra en la evocación, en los parlamentos bien estructurados, y en la imagen bruñida sus valores epicéntricos. Como si Billy Wilder se hubiera planteado negar y renunciar a toda la batería de efectos especiales. Desde el sonido monofónico, los viejos actores y la frugalidad de los espacios, el director quiere recuperar los insumos elementales del cine: la cámara, los actores y una buena historia. Porque Fedora es una historia muy triste de substitución, vejez, olvido y muerte. En el contexto de un Hollywood distinto, corporativo, que no ofrece segundas oportunidades para los actores veteranos sino a través de reescrituras de clásicos. Que un productor independiente como Detweiler pretende rodar. Y cuya única posibilidad es Fedora. Ese Hollywood rancio es objeto de una mirada lúcida y curiosa. Es balance y lista de espera. Apuesto a que Wilder no quería regresar a Viena para morir.

Fedora también es una historia de exilio (como el de Ingrid Bergman, Chaplin, Douglas Sirk y Welles) de alejamiento del mundo no sin cierto mood de resentimiento y hosquedad. No hay postales de Europa ni atardeceres relajantes aquí. Hay materia envejecida e inesperadamente recuperada, sí. Belleza madura como la de Marthe Keller, la actriz alemana quien junto a su pareja de entonces Al Pacino trabajara en esa obra maestra llamada Un instante, una vida. Y que compone una Fedora elegante, de voz nasal y susurrante, que particularmente me resulta atractiva.

En Lima, como en otras ciudades del mundo, Fedora se estreno con un retraso de hasta cinco años. Muchos vieron en ella el testamento fílmico de Billy Wilder hasta que se estrenó Compadres, pero esa es otra historia. Entonces todos esperábamos una última gran película del maestro que nunca llegó. Y en esa visión que combinaba lo amargo con lo ácido -como diría Louis B. Mayer- la jubilación y los jubiladeros de las estrellas nunca más volvieron a representarse mejor como en Fedora, una parábola sobre la vanidad, la búsqueda de la eterna juventud y la muerte.

Óscar Contreras 

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Una respuesta

  1. MOL

    MI MOL TE AMOOOOOOOOOOOOOOOOOO, JIJI BUENO MOL QUIERO Q SEPAS Q DESDE Q T CONOCI HE VUELTO A NACER, GRACIAS POR SER PARTE DE MI VIDA, TE AMO MI JUANK MI MOL MI COCHA DINDA..KISS

    julio 2, 2008 en 10:53 pm

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