Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Los fantasmas del dolor


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Kenyi Mizoguchi – El Intendente Sancho (Sanshô dayû, 1954)

La década del 50 fue una época crucial para el cine japonés. Momento de su exhibición internacional en los más prestigiosos festivales de Europa (Cannes y Venecia) y del éxito de crítica y público de los mejores exponentes de su cinematografía. A partir de entonces Ozu, Kurosawa y Mizoguchi adquieren el estatus de referentes ineludibles, hitos que cualquier aficionado al cine debía conocer para descubrir la excelencia que este arte era capaz de alcanzar. En 1951 Kurosawa había deslumbrado con la proeza narrativa de Rashomon. Al año siguiente Mizoguchi estremeció al público occidental con el lirismo de Cuentos de la luna pálida, maestría que quedaría corroborada con su obra siguiente, también magistral y celebrada por todo lo alto: El Intendente Sancho.

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El Intendente Sancho es un cuento moral en defensa de la dignidad humana violentada por la esclavitud y la trata de personas. Su intención edificante está declarada desde el inicio: un intertítulo nos informa que la historia se sitúa a finales de la era Heian, siglo XII, “cuando los hombres no tenían igual valor entre sí”. Más adelante escuchamos decir al bondadoso alcalde de Tango: “Si una persona no siente la caridad, no es persona. Incluso ante tu enemigo hay que sentir caridad”. Estas palabras serán asumidas por su hijo como un legado que debe preservar en un mundo hostil y de jerarquías abusivas, representado por el intendente Sancho (que da título a la película), administrador de unas tierras del emperador donde trabajan cientos de campesinos en condiciones infrahumanas.

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A este lugar llegarán, todavía unos niños, el hijo del alcalde y su hermana vendidos como esclavos. Su padre el alcalde había sido enviado al destierro por defender a unos campesinos. Su madre fue secuestrada, frente a sus propios ojos, para servir de prostituta en un pueblo lejano. Años después, el hijo, ya un adulto, deberá abolir el nefasto poder de Sancho, liberar de su yugo a los campesinos, y salir en busca de sus padres para reunificar a la familia. Una empresa que no está motivada por la sed de venganza, sino por el conmovedor discurso sobre la caridad.

Frente a este argumento, el riesgo de caer es un anacronismo es indudable. Las palabras del alcalde corresponden a una sensibilidad contemporánea, un discurso pro derechos humanos que para la época de exhibición de la película (después de la II Guerra Mundial) empezaba a consolidarse. Esta incompatibilidad latente es atenuada por la excentricidad del alcalde en su medio social, pues ninguna autoridad comparte sus ideas sobre la caridad, y por las referencias al budismo. El hijo lleva consigo una pequeña estatua de un Buda, símbolo del corazón de su padre y recordatorio de su identidad y de su propósito.

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Sin embargo, lo que cancela cualquier atingencia al respecto es la puesta en escena y el formidable lirismo que se desprende de sus imágenes. Mizoguchi es un maestro en la construcción de atmósferas que se debaten entre el sueño y la vigilia, lo tangible y lo imaginado. En El Intendente Sancho no hay fantasmas pero las escenas cuentan con un elemento espectral, de languidez, de fuga permanente pese a la quietud de la cámara. La distribución del claroscuro en la profundidad del encuadre (el juego de luces y sombras apenas diferenciadas) crea una atmósfera irreal, soñada, expresión del dolor y la desolación de los personajes.

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Los personajes femeninos grafican esta relación entre los sentimientos y la escenografía de modo patente. Dos escenas para demostrarlo: la hermana menor ingresando a la laguna junto a las tierras del Intendente Sancho, pues sabe que le será imposible huir y si la atrapan delataría el paradero de su hermano; y la escena final, el reencuentro con la madre ciega en medio de las ruinas de un pueblo costeño desolado por un tsunami. El dolor no es menos real por tener la textura de lo onírico, sino todo lo contrario: con ello cobra mayor intensidad, es plenamente humano. Para Mizoguchi los seres humanos más cabales y auténticos tienen la apariencia de fantasmas.

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Este lirismo también contrarresta el otro elemento desestabilizador del film: el exceso melodramático. La construcción de los personajes es un tanto maniquea, con el intendente Sancho como un sujeto violento y codicioso, representante de toda la villanía en el mundo, y la familia del protagonista como un dechado de virtud, hombres justos y víctimas sin culpa de la fatalidad. Este elemento, y la complejidad de la trama, casi episódica, con sendas e infalibles desgracias, le dan al film un carácter casi de telenovela. Pero no nos equivoquemos: pesan sobre ellas las limitaciones de un guión melodramático, pero los méritos de la puesta en escena levantan la película a un nivel artístico en el cual las consideraciones genéricas quedan canceladas.

Javier Muñoz Díaz

2 comentarios

  1. Pingback: ..::bienvenidos::.. « También Los Cinerastas Empezaron Pequeños

  2. Qué bueno que nos regales tus reseñas sobre este gran maestro oriental. Junto a Ozu y Kurosawa conforman la triada más representativa de esa cinematografía. Saludos!

    marzo 19, 2008 en 3:38 pm

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