Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Desapareció una noche


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Ben Affleck – Desapareció una Noche (Gone Baby Gone, 2007)

El debut en el largometraje de Ben Affleck tiene lamentablemente la anodina influencia de una cinta tan deleznable como Crash de Paul Haggis, en la manera de descubrir un submundo de perversidades, corrupción y microcomercializadores de drogas en un suburbio urbano a través de la justicia y de “lo que debe ser”.

No cabe duda que Crash con un guión donde encontramos diálogos escritos con un ánimo de lo “políticamente correcto” y a su vez “profundos” sirvió de musa para narrar en Desapareció una noche (Gone, baby, gone, 2007) la historia del secuestro de una niña, desde el punto de vista de un detective de apariencia frágil pero apto para la heroicidad. La ópera prima de Affleck pierde en su afán aleccionador, en su moraleja que recomienda un mundo mejor en medio de la podredumbre, pierde en hacer de los malos muy malvados, para así desear como locos un EEUU menos maldito. El filme se desvive en mostrar una dicotomía extrema donde la palabra común es desconfiar de todos, pero a la vez se desluce en su moralina del deber individual frente al hacer social.

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Casey Affleck es Patrick Kenzie, un detective privado que es contratado junto a su socia Angie Gennaro (Michelle Monaghan) para investigar el paradero de una pequeña de cuatro años que vive en su mismo barrio en Boston, desaparecida hace tres días, mientras la policía hace lo suyo. Es en el marco de esta investigación que junto a la pareja conocemos a diversos personajes, que van desde policías retirados, narcotraficantes, sicarios, drogadictos, que suman figuras familiares en la vida de la menor raptada.

Ben Affleck dejó de ser el chico que trabajó en el guión de En busca del destino de Gus van Sant y se volvió un director seguro de lo que quiere mostrar, sí, que maneja bien las tensiones dramáticas y que retrata con una cámara que no teme acercarse a los rostros de los personajes para intimidarlos o cuestionarlos, que escoge los ángulos más violentos desde la perspectiva de su protagonista, pero que pone en sus labios las frases más inútiles, más ornamentadas que haya escuchado en el 2007.

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Desapareció una noche está basada en la novela homónima de Dennis Lehane, el mismo autor de Río Místico, y como ésta tiene como embrollo principal un dilema de carácter moral. Pero la película de Affleck no tiene punto de comparación con la obra de Eastwood (y tampoco aseguro que Affleck haya tenido esta intención) ni por asomo. Si Eastwood se centraba también en la desaparición de una adolescente y de la búsqueda del culpable en un grupo de amigos que tenían como eje de sus vidas a la lealtad, y que eran regidos de manera trágica por una suerte de entidad metafísica; en la cinta de Affleck el dios que maneja los destinos de los personajes se traduce en una oralidad fácil, omnipotente, que todo lo adivina, que todo lo descifra. En Desapareció una noche las claves están en las palabras, en los sentidos que las frases cobran y no en las imágenes. Y esto en realidad no lo vería como un defecto sino fuera por todo el esfuerzo que se nota en hacer de los diálogos el non plus ultra de la verborrea grandilocuente y atosigante, que trata de hacer la paz con todo aquel que los oiga.

Pero Desapareció una noche se deja ver (si bajamos un poco el volumen si es que la volvemos a ver en DVD). No señalo que sea una mala experiencia para Affleck, que ha demostrado que detrás de cámara le puede ir mejor que actuando, sino que es un ejercicio dentro del policial donde al menos se pueden ver actuaciones interesantes. Casey Affleck es un actor que no tiene pierde como un tipo casi debilucho que se enfrenta a mafias poderosas, aunque Ed Harris repite de alguna manera su papel para Una historia de violencia de Cronenberg, quizás una variación.

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No está de más decir, que el final desconsolado y pesimista, donde se pone al espectador entre dos vías (obviamente ya Affleck te ha dicho durante todo el metraje qué cosa tenemos que elegir) es de los más interesante, porque precisamente no hay tantas palabras que decir.

Mónica Delgado

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