Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Belleza de un tiempo mórbido


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Gus Van Sant – Elephant ,2003

A Gus Van Sant lo conocíamos por un par de títulos que alimentaron la mitología contracultural de la juventud marginal en EE.UU., Drugstore Cowboy y My Own Private Idaho. Luego vendrían una serie de tentativas más comerciales, donde sobresale En Busca del Destino.  Felizmente, Gerry significó el hallazgo de una nueva caligrafía, una forma de filmar que alcanza la excelencia en Elefante.

El filme se basa en un hecho real: la masacre que perpetraron un par de alumnos del colegio Columbine. Para esto, se dejaron de lado a las estrellas de Hollywood y se hizo un casting con verdaderos estudiantes. Se podría  decir que en esta película no hay actuaciones, sólo comportamientos naturales y diálogos banales. Tampoco hay protagonistas visibles, lo que le da cierta cualidad documental. La cámara se limita a seguir el recorrido que unos chicos realizan por los pasillos de la escuela antes de que se cometa el atentado. Así pasa la mayor parte de la película. Hasta que dos de ellos empiezan a disparar con la misma naturalidad con la que los otros caminaban por los pasillos.

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Esta breve sinopsis prueba que el cine no necesita siempre de argumentos retorcidos ni tramas complicadas. Elefante traza un plan de filmación objetivo y omnipresente. La cámara está al lado de cada personaje   antes del enfrentamiento con la muerte. El estilo está en esta especie de visión impertérrita que sobrevuela a todos, y que descubre la vulnerabilidad y fragilidad de la pubertad -incluyendo, por supuesto, la de los que perpetrarán el crimen-. A partir de una cercanía casi impúdica a los rostros, el estilo de Van Sant impide cualquier maniqueísmo que pueda convertirlos en una caricatura inverosímil.

Por un lado, tenemos la dimensión cósmica -las nubes del día luchando con la trepidante oscuridad- haciendo eco de la eterna angustia que persigue al joven incomprendido y desadaptado que en este caso padece las humillaciones de sus compañeros y ya no soporta el universo hostil del colegio. Por otro lado, una mirada especialmente reveladora sobre los EE.UU.: ahí están las armas que se compran por Internet y llegan a la puerta de la casa como caramelos, o el nihilismo contemporáneo de un par de amigos para quienes los simuladores de guerra (videojuegos) se igualan a una incursión genocida en la vida real.

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El poder expresivo de Elefante se basa una idea romántica que recorre toda la obra de Van Sant: la lírica contemplación de la vida cuando se acerca la muerte ineluctable. Todos los momentos cotidianos -la conversación de tres amigas frívolas, uno de los chicos jugando con un perro, otro caminando con su novia- son registrados con largos planos-secuencia y el filme se convierte en una grabación de exactitud escalofriante. El pulso sostenido de la observación nos revela un lado diferente de lo que pasa: el andar de cada personaje se capta segundo a segundo porque cada instante es precioso ante la inminencia del fin.

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Por otro lado, si Van Sant sigue a unos cuantos muchachos durante el trágico día en cuestión -antes de que los autores de la masacre pongan en marcha la última fase del plan- cada encuentro entre los estudiantes (puede ser tan solo un breve contacto de miradas) en los pasillos o a la salida del colegio vuelve a ser visto pero desde una perspectiva diferente. Es verdad que estos avistamientos están recubiertos con la pátina de lo ya conocido y lo  pretérito, pero ponen de manifiesto que cada mínima y banal experiencia perceptiva ha sido registrada con precisión, como si se tratara de una reconstrucción forense desde cada subjetividad. Finalmente, como resultado de este planteamiento aparece un ballet lleno de luz pero decididamente mórbido, una especie de ceremonia fúnebre que pareciera previamente trazada (el Destino es otra presencia clave a tener en cuenta).

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Sin embargo, el secreto más recóndito del filme tiene que ver con otra cosa. Algo que está en estos tiempos y en los EE.UU. en particular. Es algo invisible que parece aislar o ensimismar a cada uno de los adolescentes, algo que Van Sant ha podido captar y preservar en este filme que es contemplativo e hipnotizante pero también testimonial y muy político. Elefante es una de esas  películas destinadas a interpelarnos para siempre.

Sebastián Pimentel 

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Una respuesta

  1. dana

    me encanto la pelicula esta muy buena

    junio 15, 2010 en 6:23 pm

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