Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

perros del despropósito


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Nick Cassavetes –  Juegos Prohibidos  (Alpha Dog, 2006)

El último trabajo de Nick Cassavetes juega a ser una radiografía provocativa, incendiaria y generacional. El lado demostrativo y arrítmico de la narración, el rasgo a veces documental, a veces demagogo, de la acción, y cierto histrionismo rayano a la crispación y la chacota, son algunos de los componentes que le restan fuerza al retrato duro y desahogado que pretende preponderar el relato. Desde su inicio, luego de esas imágenes de archivo familiar y la voz de Eva Cassidy cantando Over The Rainbow, la película le da la espalda a ese universo evocativo para ir de lleno a su mutación más decadente y morbosa: una juventud malograda criada entre mansiones de lujo y taras criminales.

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A primera vista, Juegos Prohibidos se centra en los acontecimientos fatídicos y no tan fatídicos que originará un secuestro a partir de una rencilla al interior de uno de estos bandos de gangsters púberes. La historia, basado en un acontecimiento real, toma la forma de una crónica policial, con datos puntillosos, como el número de testigos del hecho, y la permanente mudanza de escenarios que procuran, acaso, rozar un cariz testimonial. Sin embargo, la tensión que se supone debiera surgir de la ejecución del delito y sus consecuencias posteriores parecería estar aprovechada en otros términos, luciendo como un elemento verbalizado, volátil, dispuesto en la piel de estos antihéroes de la frivolidad: la tensión –y de paso, lo más atractivo de la cinta- se halla en el fuero interno de su círculo, en sus códigos y filiaciones de compinches, en su jerga y adicciones extremas, en sus fiestas y malas maneras de demostrar lealtad a la collera. Son esos momentos de vicio e histeria colectiva los que definen el derroche confesional y el tránsito errático por donde se mueven los protagonistas; y es que da la impresión de que Juegos Prohibidos es ante todo un homenaje al otro Cassavetes, al importante y paternal. Aquí está diluido y reciclado en base a buenas intenciones mucho de su cine frontal y exaltado, rico en personalidades explosivas, y delirante como figuración de una sociedad enferma, de afectos corrompidos y alianzas juergueras.

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Esa fascinación por revelar un entorno atado de contradicciones y explayarse en el patetismo medio de sus involucrados genera un rasgo de agitación y nerviosidad constante. La trama avanza a tropezones, posponiendo la catarsis hasta esa recta final que resulta un acto demarcatorio, enfático y fatalista. La tragedia, y la antesala de esta, se desnaturalizan en los instantes en que la neurosis cede al mensaje lastimero (la familia del chico secuestrado como telón de fondo) cuando no al desborde escénico (el arrebato de Ben Foster en el teléfono o el monólogo de una Sharon Stone embetunada a lo Hairspray) y la inverosimilitud (desde el retaco Emile Hirsch como líder de la banda hasta la complacencia con que todos se encariñan con el prisionero). El antojo del director de sobrexcitar el dispositivo dramático hasta convertirlo en un sello efectista y de apostar a la larga por el alegato blando y aleccionador (todos pierden, parece dictaminar, extasiado) hacen que la película adolezca de una propuesta consistente y que eche de menos, principalmente, ese aire maldito que rodea a algunas de sus imágenes. El joven Cassavetes se mueve entre la exhibición cruda y el gesto escandalizado. Su gusto apunta al absurdo y a la pose como caballitos de batalla.

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Juegos Prohibidos, por lo tanto, encuentra en los vínculos y protocolos de un grupo de lacras su gran motivación para echar un vistazo a una adolescencia flanqueada por la sinrazón y una serie de excesos que la sobrepasa finalmente. Su planteamiento primario trafica con las emociones pero evade el impacto, limitándolo como un producto más racionalizado que emocional. Quizás por esa representación fallida, ese cuadro acelerado y tremendista que pretende ser, recuerde a Perturbadas (2005) de Barbara Kopple, estrenada hace meses atrás en nuestra menospreciada cartelera.

Jaime Akamine 

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