Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

héctor era uno de los nuestros


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León Ichaso – El Cantante, 2006

“Héctor era uno de los nuestros”, dice en una escena Puchi (JLo), la esposa de Lavoe, mientras repasa a través de una entrevista la trayectoria del puertorriqueño. La primera versión para el cine de la vida de Héctor Lavoe (una segunda está ya en etapa de post-producción), recibió la pronta desaprobación de quienes alternaron con éste, e incluso colaboraron con el presente proyecto fílmico: Willy Colón e Ismael Miranda la calificaron de oscura y trágica para quien encarnó un espíritu excepcionalmente festivo y espontáneo.

A la queja de los soneros, más allá de cualquier interés particular, no le falta fundamento; que los productores (entre ellos JLo) nos enrostren a un Lavoe en calidad de endeble cocainómano, no parece quedar lejos de la imagen real, que lo delineen (si algo de trasfondo hay en la dupla protagónica de este filme), sin ángel y sin gracia, es una imperdonable omisión. En realidad, las limitaciones de El Cantante (Leon Ichaso), van más allá de reconocer como próximo o desacertado, el perfil del artista por el que optaron los realizadores.

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Lo mejor del filme es la brevísima escena en la que el salsero Victor Manuelle imita a Rubén Blades, interpretando el tema que da título al filme, luego Lavoe/Anthony, con gravedad, retoma en el estudio una composición que define a la perfección su trayectoria personal y profesional, nada más. El relato no alza vuelo y la narración se sucede sin brillo, sin imaginación; el material creativo que provee una biografía de arraigo popular, célebre y reciente es desaprovechado.Los picos del relato están compuestos por las breves secuencias que dan cuenta del ascenso de Lavoe junto a Colón y como estrella de La Fania. Un personaje rico y complejo demandaba de su intérprete una representación llena de matices, pero Marc Anthony resuelve el encargo desprovisto de recursos y hasta resulta avejentado y lerdo para quien se supone fue un veinteañero pujante, recién llegado a la Gran Manzana a inicios de los sesenta (hace ya un tiempo se le vió hacer actuación de reparto en serio, bajo las órdenes de Scorsese –Bringing out the dead, 1999-).

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Con excepción de los cambios de look, Lavoe es compuesto, casi, en una misma clave; prescindiéndose de ese espíritu joven, irreverente y desenfadado, que era su marca de fábrica y sin plasmar a plenitud la faz sobresaltada y autodestructiva que lo llevó al absoluto descenso. Al deslucido cantante, se le contrapone una sobre expuesta y limitada Puchi de JLo, siempre predispuesta para la frase altisonante, el gesto acentuado, el delicado ceño fruncido; sus intervenciones llegan a componer una suerte de predecible catálogo de moda del filme. Y aunque el soundtrack pudo ser la oportunidad para el resarcimiento, los esfuerzos del actor/cantante no dan la nota frente a una figura cuyo registro e injundia se convirtieron, pronto, en míticos.

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Lavoe sabía espontaneo; su intérprete actual imposta, a pesar que una cuidada orquestación resista el análisis, simplemente por repetir bastante bien lo que ya estaba escrito. Lo de Lavoe es tan alto y original que es mejor seguir teniendo presente a Marc Anthony como el gran intérprete contemporáneo que es, que llena estadios y organiza tours con el soporte de su merchandise matrimonial. A través del buscador Youtube se pueden acceder a interesantísimas semblanzas de Lavoe que superan en oficio, fuerza y originalidad a este descafeinado biopic.

Martin Sánchez Padilla

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