Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Crónica de un Niño Solo


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Leonardo Favio – Crónica de un Niño Solo, 1965

El cine Argentino de los años sesenta vivió una etapa importante de renovación generacional. Diversas figuras, hasta ahora vigentes, comenzaron a aparecer en el panorama: Fernando Solanas, David José Kohon, Héctor Olivera y Leonardo Favio son solo algunos de los nombres que hicieron su aparición. En general, lo que se vivió en esos años fue una unión de todas las clases sociales en Argentina, lo que permitió que la clase trabajadora se uniera a una clase media y a una clase intelectual, compartiendo las mismas preocupaciones. De esta forma, todo un panorama de investigación y de búsqueda se vivió en el país: un panorama que, en el cine, buscó tocar temas sociales con un tratamiento más bien “europeizado”, si se quiere. Y Crónica de un niño solo, de Leonardo Favio, resulta un magnífico ejemplo de este estilo.

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Es interesante ver Crónica de un niño solo y pensar en como las temáticas sociales y la búsqueda estilística se van fusionando. Crónica de un niño solo nos cuenta la historia de un niño que vive en un orfanato. Los constantes abusos que sufre en él hacen que intente desesperadamente huir, cosa que finalmente consigue. Su escape lo llevará a conocer las difíciles condiciones de la vida. Las influencias de la película tienen que ver bastante con el neorrealismo italiano: el estilo más bien realista, evitando cualquier tipo de sentimentalismo y más bien manteniendo una cierta sequedad en el tratamiento del tema resultan importantes aciertos por parte de Favio. Justamente de ahí viene la idea de crónica: lo que vemos es una entrada hacia un mundo bastante difícil, donde todo parece destinado a salir mal. Es por eso que el ritmo del film es lento y reposado, como si las cosas terribles que le ocurren al protagonista ocurrieran porque tienen que ocurrir.

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Los elementos sociales están puestos desde un principio: el maltrato que sufre Polín, el protagonista, dentro de la institución de carácter fascista en la que vive buscan ser alegoría a una realidad muy claramente represiva. Esto quizá sea lo menos efectivo de la película, ya que Favio pareciera por momentos cargar demasiado las tintas en la descripción de las actitudes represivas de tanto los que dirigen el internado como de los policías. A diferencia del neorrealismo, donde son las acciones las que van marcando un destino que parece implacable, acá Favio busca enfatizar la denuncia, lo que resulta un poco demasiado esquemático.

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Pero poco a poco la película se va liberando y comienza a alcanzar un ritmo en el cual justamente se comienza a sentir esa inexorabilidad de los sucesos. El mejor ejemplo es la escena del pantano: mientras el protagonista busca refrescarse totalmente desnudo, por el oro lado abusan a otro chico. Durante toda esa escena, Flavio maneja el montaje paralelo para darle un halo poético a la escena. La cámara se mantiene lo suficientemente distante como para poder observar como el cuerpo desnudo del protagonistas se compenetra con esa naturaleza.

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La sensación física de la escena, debido al reposo de la cámara y a la compenetración entre el cuerpo, el ambiente y los sonidos de la naturaleza resulta bastante envolvente. Y justamente en esa naturaleza, donde el orden de las cosas parece tan perfecto (el protagonista al fin tiene un momento de libertad), donde, por el otro lado, un muchacho es abusado por otros muchachos. La cámara se mantiene distante a este hecho, observando la violencia desde lejos, casi a escondidas, sin enfatizarla nunca, como si formara parte del paisaje mismo. El trabajo con el montaje paralelo, que permite pasar de un lado a otro, tiene la gran virtud de nunca romper con la acción, sino por el contrario de enlazarlas, como si formaran parte de la misma realidad. La escena del pantano destila una cierta sensualidad basada en el ritmo de la naturaleza que la película pareciera captar pero que en realidad va creando a partir de los elementos mencionados. Es esa naturalidad y ese ritmo el que consiguen transmitir la fiscicidad de la libertad pero también de la violencia.

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En ese sentido, la película hace recordar a dos cintas del conocido más recientemente como Nuevo Cine Argentino : por un lado, tenemos a La Ciénaga, de Lucrecia Martel, donde la violencia pareciera también estar ahí, en el ambiente cálido y sofocante que se mete en los poros de los cuerpos de los protagonistas. Por otro lado, también pensamos mucho en Los muertos, la gran película de Lisandro Alonso, donde la naturaleza y como esta se van compenetrando con el personaje principal en sus espacios, en sus ruidos pero también en sus pulsiones. Se nota que Flavio ha tenido una gran influencia en la generación más premiada de la historia del cine argentino.

Rodrigo Bedoya

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Una respuesta

  1. Enorme film el de Fabio que significa una especie de piedra fundacional para lo que se llamó la generación del 60 que vino a renovar el cine argentino. Una suerte de 400 golpes a la argentina. Saludos!

    noviembre 15, 2007 en 12:13 am

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