Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Borrosa Dualidad


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Florian Henckel von Donnersmarck – La Vida de los Otros (Das Leben der Anderen, 2006)

La vida de los otros abre a un plano medio del recientemente fallecido Ulrich Muhe (Funny Games, Benny’s Video, El Castillo), representando a un duro e incólume agente del Ministerio para la Seguridad del Estado de la RDA (República Democrática Alemana), la Stassi, legendaria institución encargada del espionaje político de la post guerra. Con el mismo carácter frío, pétreo, insensible, se presenta el mismo dictando una clase en la academia de la misma institución, ejecutando una lección sobre interrogatorios que corresponde directamente a el diagrama planeado en las contratomas de la primera escena del film. Gerd Wiesler (el nombre del agente), como se nos expone en un primer momento, es un típico agente alemán servil a la dictadura comunista, que recibe el encargo de espiar al autor teatral Georg Dreyman (Sebastián Koch), previamente marcado por el ministerio de cultura por sus actitudes pro-occidentales. El resto del film, (larga anécdota redentora), transcurrirá entre todo el proceso de espionaje de Wiesler, su compenetración (previa epifanía mística) con el arte de Dreyman y su ayuda final al mismo, que llega de distintas e insospechadas maneras.

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No es la primera vez (y seguramente no será la última) que se nos presentan semblanzas sobre estos hombres comúnmente catalogados como asesinos, dictadores magnicidas de distintos regímenes (comunista, nazi, fascista, etc.) o simplemente hombres marcados por el crimen y la desgracia ajena, sujetos despreciables al imaginario popular, abyectos, dignos de ser ocultados por la historia. Sin embargo, y pesar de que la historia no suele ser grata con estos retratos, mi parecer sigue siendo que las mejores películas que han tratado estos temas o estudiado a estos personajes, son las que nos permiten ir mas allá del carácter popularmente entendido como psicopático de los mismos, interiorizando sus mundos y abriéndonos puertas y ventanas para poder entender sus impulsos primarios, sus creencias y sus fatales decisiones. Por otro lado, y forzando un poco el tema, creo también que históricamente siempre ha resultado más fácil la repulsión y la condena, que el entendimiento y la interiorización (que no implica la justificación de los hechos), factores imprescindibles para obtener finalmente una perspectiva de que es lo que no funciona bien en ciertas sociedades, e intentar al menos corregirnos en algo.

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Por ello, me siguen resultando particularmente atractivas las propuestas del director ruso Alexander Sokurov, precisamente su tetralogía (de la cual tenemos hasta la fecha tres películas) sobre los grandes dictadores del mundo. Sokurov, director poseedor de una sensibilidad y sabiduría impropia para el ser humano, siempre se cuestionó sobre estos personajes parteaguas de la historia contemporánea, individuos protagonistas de algunos de los grandes cambios de la sociedad moderna. Sin mencionar sus elegías y sonatas, ha dedicado tres films a distintos dictadores modernos: Adolph Hitler (Moloch), Vladimir Lenin (Taurus) y recientemente Hiroito (Solntse). Para quienes ya hayan visto estas películas (y quienes no las han visto, se pierden de algo grande) está de más decir que la visión del director se orienta más por presentar una semblanza del verdadero carácter de estos sujetos, comprender (en algunos casos) su delirio, observándolos en sus controvertidos pensamientos y en sus difíciles decisiones. Ello, (y aquí radica el mérito de Sokurov) no los convierte en personajes más “simpáticos” o dignos de conmiseración a nuestra vista, pero lo que sí hace es cumplir una función catalizadora entre nuestro rechazo y nuestro entendimiento hacia los mismos, cosa que se valora muchísimo. Siempre reposado y místico, Sokurov nunca señala con el dedo ni denuncia, más bien nos deja a nuestras reflexiones y pensamientos con sus films, permitiéndonos así alcanzar quizá una mirada global no más benévola, pero mejor informada sobre las perspectivas del ser humano. Por otro lado, cineastas nóveles como Oliver Hirschbiegel, han dedicado también películas como La Caída (Der Untergang), que si bien menos complejas y más pirotécnicas se sostienen por sus magníficas representaciones (en este caso un excepcional Bruno Ganz realizando el papel de Hitler) y nos ofrecen también un clima menos oscuro de la historia humana.

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Es aquí entonces, en su intención de presentarnos un controvertido personaje en cierta forma humanizado, donde Henckel von Donnersmarck tropieza, quizá involuntariamente, presentándonos un film de una realización impecable, pero que comete el mismo…descuido (no voy a llamarlo error) que muchos cineastas anteriores en su misma situación: la mitificación utópica del héroe y la satanización del villano. A pesar de la anécdota principal del film, (la extraña, incomprensible y hasta inverosímil conversión de las pulsiones malignas del capitán Wiesler gracias a la actitud sanadora de las artes, el oxímoron de la buena maldad), el film no nos presenta un complejo matiz de emociones humanas, mas bien se centra en caracterizar puntualmente lo que bien podríamos llamar “el bien y el mal”, así de puntual y arbitrario. Gerd Wiesel (un Ulrich Muhe que cierra notablemente su carrera), nuestro agente de la Stassi, es al fin y al cabo (y a pesar de una magnífica caracterización) un héroe inmolado por las alturas de la sensibilidad artística, a pesar de su posición (pre epifaníca) como pétreo y despiadado agente alemán. Los retratos del resto de los personajes (al igual que el protagonista) no son caricaturescos, pero no por eso menos intensos (lamentablemente en este caso, no hay medias tintas en el retrato del director). El Ministro de Cultura es un personaje siniestro, que ve oportunidad de aprovecharse sexualemente de la esposa de Dreyman, la actriz Christa-Maria Sieland (Martina Gedeck), mujer también inmolada por el arte, que ante el suicidio de Jerska (otro inmolado) decide entregar su cuerpo para salvar a su marido. A ellos, les acompañan un desfile de personajes que pertenecen a dos dimensiones simplificadoras del conflicto.

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El problema, al final, no es presentar a un agente de la Stassi como poseedor de una bondad inherente, ni presentar el conflicto (verdadero y cruel) de los artistas alemanes, prohibidos de ejercer en su época ante la dictadura comunista. El asunto es, que estas caracterizaciones marcadas, sin matices, suelen traer reacciones aún más desmedidas de parte de sus opositores (recuerdo leer en algúna crítica del L.A. Times la frase “…después de ver a este agente de la Stassi lleno de bondad, me imagino ahora cual será el título de la próxima película bélica en nuestras salas: Hitler no fue un animal…”). Al final, el trabajo sobre un caso romantizado en épocas de censura y dictadura, trae como reacción el rechazo inminente de los que no se compran el discurso del film, pero peor aún, la aceptación y la compra de discurso de los que, viendo esperanza en la actitud humana mediante su protagonista, no pueden ver mas allá de la dualidad irresoluble (borrosa dualidad) entre el bien y el mal. En resumen, sabemos que la Stassi fue cruel y represiva, que Hitler fue un dictador sanguinario, que Pinochet gestionó el asesinato de miles de chilenos. No lo olvidaremos. Pero por favor, permítanos comprender el porqué. La comprensión, a diferencia del odio, permite evitar errores pasados.

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Balance medianamente positivo sin embargo para Henckel von Donnersmarck, por un film meticulosamente preparado (sobre premiado por la complacencia de algunos críticos), una fotografía y planteamiento cinematográfico impecables (acordes al clima dictatorial de la época), y por las buenas intenciones del director, que opacan en cierta medida, su desmedida ingenuidad.

José Sarmiento Hinojosa

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