Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

El Asaltante


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Pablo Fendrik – El Asaltante (2007)

El asaltante de Pablo Fendrik es una película argentina estrenada en el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica, después de su exitoso paso por el Festival de Lima, en el cual obtuvo el Segundo Premio del Jurado en la categoría Ópera Prima.

La historia de la película es muy sencilla: un individuo, del cual conocemos casi nada, entra a dos colegios para asaltarlos. Hacia el final, se nos revelará la sorpresiva identidad del personaje. La cinta se puede insertar muy bien en toda una vertiente del llamado Nuevo Cine Argentino: aquella del individuo que mantiene una doble vida, que guarda un secreto y que no externaliza ningún sentimiento o ninguna opinión. El agotamiento de esta idea (que dio mejores frutos en El custodio de Rodrigo Moreno) se puede ver en El otro, de Ariel Rotter (también exhibida en el marco del festival). El asaltante, felizmente, consigue darle un nuevo aire.

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Lo que más resalta de la película es la relación que existe entre el personaje y la cámara: la puesta en escena trabaja a partir de una cámara en mano que se la pasa siguiendo de cerca de nuestro protagonista, como si lo estuviera asediando. La película se plantea como un largo seguimiento de la cámara hacia el personaje principal: los planos largos y cercanos al personaje, casi pegados a la nuca, parecieran empujar al personaje a sacar la violencia con la cual realiza los asaltos. El asaltante se plantea como un juego de apariencias: por un lado tenemos la calma de el individuo, que resulta muy simpático; pero que de pronto es capaz de asaltar un colegio. Y es la cámara, justamente, la encargada de ir marcando ese desequilibrio, la de desestabilizar la situación: a partir de su violencia y de su asedio, pareciera impulsar al protagonista a cometer los actos, además de ir generando tensión a partir de situaciones completamente banales: el ir caminando por la calle o el esperar a ser atendido resultan, gracias lo planos siempre pegados al protagonista, momentos de tensa espera, en los cuales la asfixia que genera la cámara contrasta con lo común y corriente de la situación: sabemos que en cualquier momento la violencia va a explotar.

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Es justamente esa puesta en escena la que permite que toda la situación nos resulte sorpresiva: los planos largos (en especial durante el primer asalto) hacen que toda la situación nos aparezca ahí, ante nuestros ojos. Vemos el cambio que existe en el protagonista entre ser un simple hombre común y el convertirse en un criminal. Ese registro casi documental de los hechos hace que la violencia aparezca de pronto, sin el menor cambio de registro o de tono, ante nosotros. La puesta en escena de El asaltante busca generar una violencia que aparece dentro de lo más rutinario y cotidiano, casi como si fuera un elemento más del decorado o como si fuera una reacción natural. Lo inquietante de toda la situación radica justamente en esa pequeña línea que existe entre lo más normal y lo terriblemente violento, y como es cruzada por el protagonista a todo momento. La violencia como forma de lo cotidiano, como elemento más dentro de un ritmo de vida.

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Gran parte del mérito de la película se debe a la gran actuación de Arturo Goetz. Él es el encargado de darle al protagonista el desequilibrio necesario: Goetz es capaz de pasar de la simpatía a la furia, de la normalidad a la violencia en un solo gesto. Goetz consigue otorgarle al personaje esa dimensión inquietante que consiste en estar siempre entre lo cotidiano y lo violento: la calma más absoluta pasa de pronto a la dureza de un asalto, y el actor consigue pasar de un laso a otro sin el menor cambio de registro. Los mérito de la película radican en su capacidad para conseguir el desequilibrio tan natural del personaje.

La película tiene una clara influencia del cine de los hermanos Dardenne, y no sólo en lo referente en la cámara asfixiante, sino también en la idea de la redención del protagonista con la chica, que resulta quizá un poco forzada, como queriendo demostrar que el personaje tiene un lado bueno y humano a toda costa. Pero eso no empaña en nada una película los méritos de una película por lo demás bastante atendible.

Rodrigo Bedoya

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