Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Ensayo Sobre la Maldad


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Orson Welles – Sed de Mal (Touch of Evil, 1958)

Empecemos por un lugar común en las comentarios sobre Touch of Evil (1958): la escena inicial. Un pillo coloca una bomba de tiempo al lujoso coche de un prospero empresario. La cámara sigue las evoluciones del vehículo a lo largo de un pueblo de la frontera de México con los Estados Unidos. El auto prosigue su marcha mientras la cámara se mueve como el ojo de un águila sobre los techos de las casas y nos muestra una galería de personajes extravagantes y ofuscados en la juerga de la noche. Entonces hace su aparición la pareja protagónica, el policía Vargas (Charlton Heston) y su esposa norteamericana (Janet Leigh), quienes se aprestan a cruzar la frontera para disfrutar de su luna de miel. Se están identificando en el puesto de control cuando el coche que vimos al inicio pasa delante de ellos y, unos metros después, revienta en una pavorosa explosión y queda en llamas, interrumpiendo el jolgorio de la noche.

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La mirada de esa cámara vertiginosa persistirá a todo lo largo del metraje y la galería de personajes extravagantes se multiplicará en cada escenario. Empezando por los rivales de Vargas, el también policía Quinlan (Orson Welles), voluminoso, gruñon y prepotente, con quien tiene una disputa respecto a qué jurisdicción será la encargada de investigar el asesinato del empresario, si del lado norteamericano o del mexicano. También la pandilla que acosa a su esposa norteamericana para vengarse de un pariente metido en cárcel por el trabajo de Vargas en narcóticos. Es notable el recurso a las chamarras de cuero y el rock and roll, una música en principio alegre e ingenua, que alcanzan cuotas de sadismo y perversidad admirables cuando Welles la utiliza para retratar la agresión de un grupo de drogadictos desaforados.

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El barroquismo de la puesta en escena es apabullante. Welles radicaliza el juego de claroscuros del film noir y le añade un culto por las perspectivas dislocadas y el vértigo de las formas dignos del mejor escenógrafo del expresionismo alemán. Una atmósfera opresiva, maniaca, que anticipa los escenarios que habría de construir para su adaptación de El Proceso de Kafka unos años después. Y la música caribeña, con unos timbales que suenan sin cesar, le da el preciso tono afiebrado, de pesadilla incesante.

 

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Hay quienes le reprochan a la película un exceso de preciosismo en la forma, que medra la calidad humana o vital de la historia. Nada más lejano de la realidad. Las actuaciones son un tanto enfáticas (y es absolutamente inverosímil, por su acento, que Charlon Heston sea mexicano) pero esta tendencia al trazo grotesco y rimbombante es parte de una apuesta global del director por retratar un mundo enfermo en el que las barreras entre el bien y el mal han quedado completamente abolidas.

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Al principio la historia parece tener un claro paradigma de virtud y honestidad en Vargas, opuesto a los abusos de Quinlan, quien es acusado de corrupción y de incriminar inocentes. Sin embargo, hacía el desenlace descubrimos en este último tiene un sentido de la justicia peculiar pero que calza en el agresivo entorno que le ha tocado vivir, y gracias al cual tiene un prestigio bien ganado. Sus métodos no eran limpios pero el resultado siempre era justo, cometía abusos que terminaban en beneficio de la comunidad. Por su parte, Vargas, buscando hacer justicia, desata una espiral de violencia innecesaria y se lleva la vida de un inocente en el camino. Pese a que sufre agresiones queda demostrado que él fue el involuntario iniciador del despelote.

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Los rasgos de humanidad en Quinlan (quizá una de las mejores actuaciones de Welles) se asientan en su propensión a la bebida y en sus visitas a uno de los pocos espacios que parecen haberse librado de la putrefacción generalizada: la casa de una vieja prostituta interpretada por Marlene Dietrich. No se equivocan quienes dicen que fuma los cigarrillos cono si estuviera dando un fellatio. Sin duda el punto más alto de la película, con el obeso policía encerrado en la casa de la puta con una botella de whisky en la mano mientras ella saca cuentas. Tampoco se equivocan quienes dicen que esa puede ser la felicidad.

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Orson Welles declararía que esta es la película que más disfrutó en hacerla. Ello explica su ofuscación cuando los productores decidieron alterar el libreto y entregar a las salas comerciales una versión distinta a la planteada por el director. En respuesta escribió una larguísima carta de protesta, que era también la plasmación literaria de su proyecto en el cine. Felizmente esa versión ha podido ser restaurada y es la que está disponible en DVD.

Javier Muñoz Dìaz

Una respuesta

  1. james dill

    Me ha encantado, que grande es ese cine… Me la voy a ver! Gracias!

    octubre 10, 2008 en 9:23 am

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