Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Japón


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Carlos Reygadas – Japón

La primera película de Carlos Reygadas (Ciudad de México, 1972) es un relato avanzado y pura actitud provocadora sobre las pulsiones autodestructivas, la confusión mental y las pasiones que estallan en amplias geografías agrarias: peligrosas como las buenas pistolas, hermosas como las caras de los niños campesinos.

Me atrevería a comparar el impacto cinematográfico de Japón con el sonido de una guitarra eléctrica -digamos una Fender Stratocaster- con gran efecto de distorsión. No hablo del tradicional efecto de distorsión para el rock n´roll o el heavy metal. Sino del artificio excesivo que sobrepasa el control del ejecutante y la tolerancia del auditorio y que va gobernando la música o lo poco que queda de ella en una suerte de experimentación chirriante.

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Si extrapolamos el efecto de sonido de esa guitarra terrible al dominio de las imágenes en movimiento, nos toparemos con una cinta más parecida a una instalación llena de estímulos desconcertantes que a un relato aristotélico. Donde predominan los recursos expresivos por sobre los personajes, el tema o la historia, que los hay y bien diseñados. Donde no existe anclaje a la realidad, a la verdad, al tiempo, al espacio o al drama. Japón es un exceso de sensualidad que Reygadas sobreencuadra a partir de naturalezas muertas y actitudes contradictorias en una experiencia desconcertante, rayana con la impudicia, que progresivamente va ganando nuestra emoción. Las situaciones dramáticas y su exposición narrativa (como los acordes y las armonías guitarreras) hipersensibilizan al director y al público, en un ida y vuelta insólito, que es el límite extremo entre lo bello y lo aberrante.

La historia tiene un norte definido y se cuenta bien: un hombre de edad adulta, al parecer pintor, con una pierna tullida, viaja desde la Ciudad de México al campo –en sucesivos auto stops- en medio de una gran crisis existencial, con los sentimientos revueltos y con los demonios mentales a flor de piel. Quiere matarse en el campo. Llega hasta un espectacular cañón lleno de verdor y salvajismo donde conocerá a una anciana indígena, viuda, que vive en una casa de piedras y pajonales. Ella le dará posada. El hombre socializará con la comunidad de campesinos, sus sentidos adormilados irán despertando hasta que, finalmente, con una ternura inconmensurable le propondrá a la mujer tener relaciones sexuales. Esto ocurrirá y no. El hombre llorará en una gran catarsis y la anciana, desnuda y tendida sobre la cama, lo consolará. Establecido el puente de comunicación con la mujer y con el mundo todo quedará en escombros sobre una línea ferroviaria, en un giro inesperado del destino. Una auténtica tragedia.

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Esta apretada sinopsis refiere una historia de asideros clásicos, desarrollada excepcionalmente por dramaturgos, novelistas y poetas a través de los tiempos. Reygadas emplea los insumos literarios y cinematográficos para contar lo mismo pero de un modo particular. Sobre todo buscando las zonas más ambiguas y oscuras que el relato tradicional ofrece y refunde. Los aspectos más prosaicos del campo como los campesinos ebrios intentando cantar, los pajaritos desollados, los caballos apareándose, las lluvias torrenciales, los charcos de agua y los cadáveres de animales en descomposición que influyen notoriamente en los personajes, en sus maneras de conducirse y de pensar.

Porque Reygadas ensaya una mirada sobre la búsqueda del paraíso perdido, al igual que Milton. Y también mira al cine y sus posibilidades (con riesgo a mirarse el ombligo). Pues como escribimos líneas arriba, se trata de un filme lleno de efectos y de eficacia, de situaciones buscadas -excepcionales sin duda alguna- pero que no dejan de ser fruto del cálculo artificioso. El director hace del relajo y del buen humor una baranda que le permite empinarse sobre la trama y reírse contra el viento, sin caerse por la borda.

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Esa actitud divertida, antisolemne, marca una distancia con cineastas tan decisivos en Japón como Andrei Tarkovski o Alexander Sokurov. Tan autores como Carlos Reygadas: excepcionales constructores de imágenes y simbolismos; reflexivos y herméticos absolutos; y, por lo mismo, bien citados por un realizador que (hasta ese momento) no pretendía igualarlos ni saquearlos sino servirse de sus estilos y de sus invenciones audiovisuales para contar una historia clásica con fuertes componentes provincianos. O mejor dicho, mexicanos. Recuérdese que Stelecht Licht (2007), el último filme de Reygadas, recién se estrenará en el Festival de Lima y ya se anuncia una explícita mentada a Carl Theodore Dreyer.

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¿Por qué Japón? ¿Por qué no titular al filme Ceylan o Bélgica? Nos arrogamos el lugar del director y ensayamos la siguiente respuesta. Es una evidencia histórica que para los navegantes del medioevo, Japón o Cipango era el destino comercial más lejano y el más rico. Cuando se pretendía aludir al exotismo, a la extrañeza, a la herejía, la imagen recurrente era el Japón de los relatos orales, con sus poderosos señores feudales, sus samurais fieros y sus geishas delicadas. Y también sus correspondientes perversiones y degeneraciones, que eran pasto de conversación de muchos. Frente a una realidad putrefacta como la de Occidente -de fines del siglo XV- hambriento de pan y enfermo de oscurantismo religioso, la referencia al Japón fue una compuerta al Renacimiento. A un tiempo de instituciones políticas y jurídicas que permitieron la primera gran expansión económica y cultural de la Historia. Así como el desarrollo de las artes y las ciencias, teniendo al hombre como centro de interés. Como el centro del Universo.

 

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Japón la cinta de Carlos Reygadas es una compuerta para la liberación del cine mexicano, históricamente retenido por una tradición industrial muy productiva y por breves irrupciones rupturistas como las de Ripstein, Fons, Leduc, Hermosillo o Cazals. Pero que a pesar de su lugar en el mundo no le permitían alcanzar su “Japón”, su destino rico y lejano: el pasaporte para llegar al “otro cine”, el vigente: el de Kiarostami, Dumont, Bilge Ceylan, Jia Zhan ke o Alonso.

Esta película es un viaje a un territorio físico y mental exótico, distante, extraño. Hay grandes momentos cinematográficos como los grandes planos generales filmados desde un helicóptero, mostrando la belleza del cañón, al protagonista tendido sobre la hierba salvaje en las alturas –cerca de las nubes- al costado de un caballo muerto y despanzurrado, con “El Evangelio según San Mateo” como música incidental. O la formidable escena final -sobre los rieles de un tren- filmada en travelling, sobre una grúa que gira sistemáticamente, paneando un territorio devastado por la muerte, al mejor estilo de Tarkovski. Esta película poliédrica en sus valores, representó un avance del cine latinoamericano en muchos aspectos. Los peruanos solo conocimos de oídas y/o a través del DVD pirata, el poder de Japón, una cinta que despertó incondicionalidades y rechazo en partes iguales.

Oscar Contreras

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Una respuesta

  1. Y es que este film se había estrenado con gran repercusión en toda américa, todavía no la he visto. Creo que me había olvidado de ella y ahora con este post ha vuelto a mi memoria las ganas de verla. Saludos!

    julio 10, 2007 en 8:56 pm

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