Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

The Searchers: El Bien Esquivo


John Ford – The Searchers (Más Corazón que Odio, 1956) 

ANTECEDENTES

Como Hitchcock, John Ford forjó su carrera sin oponer resistencia al encuentro con la evolución tecnológica que el cine experimentó a lo largo del siglo XX (Chaplin tuvo una poderosa razón para preservar a Charlot del sonido, despidiéndolo ininteligible, hilarante y dignamente en la última secuencia de Modern Times -1936-, cuando el sonoro era ya la norma). Ambos largaron su filmografía durante la etapa silente y fueron incorporando los nuevos insumos (el Technicolor, el formato panorámico, el sonido monoaural), además de aprender a manejar las presiones que el sistema de producción comercial fue desarrollando, alcanzando a imprimir en su obra una marca indeleble de autor; decisiva de oficios y de cinefilias. La modernidad les sentó bien; su cine de aventuras, de tensión física y de presión psicológica, de desplazamientos remotos y de géneros fundacionales (el thriller y el western), emparentó bien con los recursos técnicos que hicieron de la actividad una industria, no sólo de alcance comercial sino también de talante político. En la década del cincuenta realizaron varios de los más representativos filmes de sus filmografías, de 1956 son The searchers (Ford) y The man who knew too much (Hitchcock), pero de ese decenio son también las, por distintas razones, imprescindibles North by northwest (1959), Vértigo (1958), Rear Window (1954), Strangers on a train (1951) y, también, The horse soldiers (1959), The Quiet man (1952) y Rio Grande (1950). Del western de 1956 nos ocuparemos a continuación.

El crítico y realizador Lindsay Anderson publicó en 1981 una biografía sobre Ford (1), fundamental para un primer acercamiento a la obra y a la trayectoria personal del director (la primera mejor forma de conocer a un autor es a través de su obra). Para el biógrafo The searchers es: “…una obra que impresiona, … pero no es una de las obras maestras de John Ford” (2). Sobre el uso y el valor de este calificativo volveremos al final, importa ahora citar un texto que sigue el itinerario de Ford desde la mirada de un confeso admirador; atento, pero también distante, a lo largo de casi treinta años.

LA HISTORIA

Como en Río Grande, en The Searchers (titulada para América Latina como Más corazón que odio; un título que, extrañamente, calza mejor que el original Los buscadores), estamos al final de la Guerra Civil norteamericana, Ethan Edwards (John Wayne), un maduro ex -militar de pasado incierto, vuelve a la casa de su hermano Aaron, enclavada en el rojizo desierto del sur de Texas, allí reencontrará también a su cuñada Martha y a sus jóvenes sobrinos; entre estos a la pequeña Debbie (interpretada en su adolescencia por Natalie Wood). Simultáneamente, un grupo de Comanches liderado por el jefe Scar (Henry Brandon), acecha la zona y desvía la atención de la guardia rural, antes de arrasar el rancho de Aaron, exterminando brutalmente a éste y a su familia y secuestrando a sus dos jóvenes hijas. Tras una primera escaramuza Ethan, el tío Ethan, partirá en búsqueda de sus sobrinas en una de las marchas más prolongadas y extenuantes que ha representado el género y que se extenderá, según el tiempo del relato, por no menos de ocho años. Ethan irá acompañado del joven, valiente e ingenuo Martin Pawley (Jeffrey Hunter), hijo de madre blanca y de padre Cheroki, a quien Edwards rescató de la orfandad siendo niño y quien vivió asimilado, desde entonces, a la familia de Aaron y, también, de Brad Jorgensen, el novio de la sobrina Lucy (Harry Carey Jr. (3), hijo de la estrella del western silente Harry Carey, a quien Ford le debe sus inicios). Los avances y reinicios de la marcha iran marcando las etapas de la historia, mediadas por el regreso al rancho de los Jorgensen. La búsqueda tendrá una dimensión física, pero subyace, además, una pesquisa interior en cada protagonista, determinada por su disfuncionalidad (Ethan) o su aculturación (Martin), que es también la condición de Debbie, desde su rapto.

ENTRE LA TIERRA Y EL ARADO

Fue la segunda ocasión en que los picos y el desierto del Monument Valley, en Utah, eran filmados en color por Ford (la primera en She wore a yellow ribbon, de 1949) y fue esta entrega la que aportó la imagen definitiva del mítico santuario fordiano, en Technicolor. Pronto los planos panorámicos del filme impresionan por su belleza y sucederá así a lo largo del relato, si el blanco y negro fue el recurso preciso para componer imágenes que reflejaran el aura indómita del desierto eriazo, el color sirvió de medio para presentar la desaforada belleza de esos mismos parajes, sin aligerar un ápice la sensación de inminente peligro que producía el trajinarlos. La madre del joven Brad recuerda el peligro de muerte al que viven expuestos los texanos y predice que, algún día, ello dejará de ser así (tiempo de tránsito que abordará Ford en The man who shot Liberty Valance, de 1962); aunque muchos colonos han vuelto a la vida del campo, en los algodonales, no pocos han resistido dispersos en el desierto, alejados de la civilización y expuestos al acecho de los indios o a la crueldad de los cuatreros blancos; entre aquellos, los Edwards.

EL ETHAN DE JOHN WAYNE

Al inicio de la marcha Ethan precisa a Martin cual habrá de ser el término de sus relaciones; le requiere omitir, entre ambos, toda referencia familiar, le impone una ficticia horizontalidad de trato que juega, en verdad, a su favor y que marca, también, el inicio de un proceso de aprendizaje y transferencia en el joven. Los confederados, de cuyas filas proviene Ethan, perdieron antes la confrontación, y la vida militar, rígida y aislante, ha marcado a fuego el carácter de este hombre cuyo paradero, tras el término de la guerra, ha sido un misterio; las condecoraciones y el dinero que porta delatan una actividad al otro lado de la frontera, pero su retiro, ahora, no es de gloria, ni de sosiego, está signado, más bien, por la frustración de un amor improbable (el de su cuñada Martha), por una derrota militar y por la contundencia de una tragedia familiar que avivan en éste el odio y la venganza que serán su motor, en adelante.Ethan es astuto, falto de escrúpulos y capaz de interpretar la lógica Comanche, tiene la fuerza y las agallas que los entusiastas y vigorosos, pero aún ingenuos colonos no detentan. El ex-militar conoce y administra las correctas posibilidades de los recursos físicos (el regreso al rancho arrasado); distingue el afán de lucro, de la avaricia ajena (la frustrada emboscada del cantinero Futterman) e identifica, pronto, el arma militar del joven teniente Greenhill (Pat Wayne, hijo de John). Ethan Edwards encarna al antihéroe clásico; pragmático y desesperanzado, distante de la tradición confesional de otros protagonistas del género: desde el Wyat Earp de Henry Fonda en My darling Clementine (1946), hasta el Charley Waite de Kevin Costner en Open Range (2003). Pero los colonos se organizan en torno a experiencias inéditas para Ethan: se protegen entre sí (la Guardia Rural dirigida por el simpático Rvdo. Johnston), viven en familia (los Jorgensen), danzan, cantan, beben socialmente y organizan sus matrimonios; se forja el antecedente social que contribuirá, más adelante, a la formación de la ciudad, en medio del desierto.

The Searchers marcó, acaso, uno de los roles más relevantes que encarnó Wayne bajo la dirección de Ford, junto con el Sean Thornton de The Quiet man. Aunque rodarían otros filmes, la imagen de hombre del oeste que imprimió Wayne aquí: errante, maduro, pero visceralmente obsesionado con la búsqueda; adquirió un valor definitivo. Dan fe de ello algunos planos: su llegada en el horizonte al inicio; la expresión grave de su rostro, a la que Ford rindió tributo con el único zoom que se aprecia en el filme (como antes en su debut con otro efecto, en The stagecoach –La diligencia-); su fatigada figura frente a la puerta en la secuencia final, antes del retiro final y tras la misión cumplida.

EL CLAN FORD

Ward Bond (Rvdo. Jonson) y Hank Worden (Mose Harper) fueron dos habituales de la filmografía fordiana, como lo era también Victor McLaglen –ausente aquí-, sus personajes, aunque secundarios, desempeñan un rol singular y privilegiado. Así, el Rvdo. que encarna Bond es el único en percibir (en sencilla y memorable escena), además de los espectadores, el sentimiento oculto entre Martha y Ethan Edwards, Bond se luce en un personaje que despliega energía (es el líder de la Guardia Rural) y humor (sus diálogos con el teniente Greenhill, la curación tras el ataque al campamento del raptor). A su vez Worden, es el único que sintoniza con Ethan, él también entiende a los Comanches y será el encargado de relanzar el rescate tras sobrevivir al cautiverio del jefe Scar, dando la pista del paradero de Debbie; dato que sólo revelará a Martin (y que antes negará a Ethan), consumando una transición de roles entre los personajes principales que confirmará la línea de aprendizaje que se desarrolla a lo largo del filme (la verdadera herencia de Ethan Edwards).

EPÍLOGO

Al final Ethan cederá en su encono, acumulado desde que percibió el sometimiento de la joven a Scar; tomará una decisión a cerca del futuro, que resume en la frase dicha a la adolescente: “Vamos a casa, Debbie.” Será el corazón y no el odio (de allí la pertinencia del título en español), el que marque el epílogo, que es, también, un prólogo al futuro de la nueva familia que empieza a consolidarse en casa de los Jorgensen (Laurie –la actriz Vera Miles- y Martin Pawley –Jeffry Hunter-).

Volvemos al calificativo antes citado, que asignaba a The searchers un valor de obra maestra entre la filmografía de su género. Pero, ¿qué es una obra maestra, quién sostiene que un filme lo sea o no, por qué y quien atiende estas voces? Los críticos han ido perfilando un cierto consenso a cerca de qué cintas encajan dentro de esta definición, se ha constituído un cierto canon, no pocas veces inaccesible. Pero una perspectiva más cercana al punto de vista del espectador; atento a descubrir y a observar con novedad o, simplemente, a ver, nos diría que las películas no perduran, necesariamente, por la calificación que se les asigne sino por su capacidad de persuadir y enganchar con el espectador. Vimos The searchers en un programa especial de la Filmoteca de Lima dedicado a Ford, a finales de los noventa. En su mayoría hombres mayores, de distintas condiciones, hacían cola esperando la autorización para ingresar a la sala, mientras comentaban, entusiastas, su relación e impresiones sobre el filme, sobre Wayne y sobre el propio Ford. Los testimonios, apreciaciones y remembranzas que oímos en esos minutos quedaban lejos de la reflexión, a veces distante y ajena, de la crítica. La honesta y sencilla cinefilia de estos señores estaba en estado natural, libre de ciertas sofisticaciones. En verdad, el cine de Ford es mejor leerlo y disfrutarlo así.

Martín Sánchez Padilla

(1) Lindsay Anderson: Sobre John Ford. Escritos y conversaciones. Barcelona: Ediciones Paidós, 2001.
(2) Idem, pp. 249.
(3) Idem. pp. 350-360 (ver entrevista a Harry Carey Jr.)

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5 comentarios

  1. anónimo

    Le recomiendo al autor de la nota que lea dos libros imprescindibles sobre John Ford: el del crítico inglés Robin Wood, y otro titulado “The western films of John Ford” de J.A. Place.

    junio 11, 2007 en 11:16 pm

  2. El autor de la nota

    Gracias por el dato. Libros ya revisados, antes. Sugerida tambien la entrevista de Peter Bogdanovich y otras notas en libro JOHN FORD.

    junio 12, 2007 en 2:59 am

  3. El autor de la nota

    Gracias por el dato. Libros ya revisados, antes. Sugerido tambien el JOHN FoRD, de Peter Bogdanovich, en donde se puede leer una entrevista al director.

    junio 12, 2007 en 3:02 am

  4. Gracias por este post sobre mi película preferida de todos los tiempos. Me han hecho emocionarme en serio. Saludos1

    junio 12, 2007 en 5:23 am

  5. Rodrigo

    ¿Viste The searchers en la Filmo? Yo también. Qué recuerdos!

    junio 23, 2007 en 12:48 am

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