Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Vete a Mirar el Mar


 

Reflexiones sobre el cine de Theo Angelopoulos a partir de “La eternidad y un día” 

Theo Angelopoulos es en la actualidad el más prestigioso director griego, aquél en cuya obra calza mejor el calificativo de “cine de autor”, vale decir ajeno a los requerimientos comerciales y comprometido con una búsqueda creativa particular, innovadora, desquiciante para los hábitos de consumo del ciudadano promedio. Constituye un importante paradigma del tipo de cine al que aspiran los creadores en las fronteras de la industria cinematográfica (encarnada, no sin generalizaciones, por Hollywood), desde los países sin una economía sólida que posibilite la aparición de cuadros técnicos y artísticos constantes para la conformación de un cine de género, eminentemente comercial.

Lejos de las grandes taquillas y los presupuestos millonarios, el circuito en el que se mueve este cine diferente lo constituyen los festivales internacionales. Las películas de director griego siempre han sido bien acogidas en los festivales y se han llevado invariablemente los reconocimientos de la crítica: Su primer largometraje, “La Reconstrucción” (1970), logra el premio Fipresci (premio de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica) en el Festival de Berlín. Más adelante se llevaría el mismo galardón con Días del 36” (1972), la primera parte de una trilogía también compuesta por “El viaje de los comediantes” (1975), premio de la crítica en Cannes, y “Los Cazadores” (1977). Alejandro el Grande (1980) le otorgó su primer premio importante, el León de Oro del Festival Internacional de Cine de Venecia. “Viaje a Cythera” (1984), el premio al mejor guión en Cannes. “Paisaje en la niebla” (1988), el premio Felix a la mejor película europea y varios reconocimientos en Venecia y Berlín (festivales a los que, en tono de broma pero no sin razón, se dice que está agremiado). “La mirada de Ulises” (1995), su película más ambiciosa y protagonizada por Harvey Keitel, consiguió el Fipresci en Cannes. Finalmente, con “La eternidad y un Día” (1998) se hizo acreedor al premio acaso más prestigioso (y también publicitado, solo superado por el Oscar y sus anexos) de todo el circuito internacional: la Palma de Oro del Festival de Cannes.   

“La eternidad y un día” es el registro exhaustivo de un día en la vida de un viejo poeta (Alexander, interpretado por el alemán Bruno Ganz) próximo a morir aquejado de un mal no nombrado y que, tras la venta de la casa donde ha pasado casi toda su vida, decide recorrer su ciudad. En el trayecto es abordado y cuestionado por sus recuerdos personales de la infancia y su fallido matrimonio, al mismo tiempo que debe hacerse cargo de un niño albanés (A. Skevis) exiliado y perseguido por traficantes de personas, cuyo drama representa los males contemporáneos de la sociedad europea, violencia de la cual también se siente responsable Alexander.  

 

Este argumento, que bien habría podido presentare en un formato tradicional, digamos “policial” o “melodramático”, accesible para el lector promedio, en manos del director griego se disuelve deliberadamente en la niebla. Angelopoulos pertenece a una estirpe de creadores que radicaliza los recursos de una narración de vanguardia, pero no exacerbando el frenesí sino su contrario, una propuesta en extremo lenta y sosegada, casi impertérrita. La acción se desarrolla en prolongados planos secuencia, de entre 5 a 10 minutos cada uno, sin cortes de edición, con la cámara barriendo el escenario en donde los actores se mueven con una fluidez pasmosa. Aquí el director hace gala de una planificación milimétrica y un cuidad extremo de la puesta en escena, y por momentos el resultado es magistral. 

Además, radicalizando su propuesta artística, estos planos secuencia realizan pases de tiempo y de lugar en el mismo encuadre, es decir, no hay un solo corte de edición que represente una elipsis, un flash-back, un cambio de escenario, etc., todos esos traspasos de la acción hacia adelante o hacia atrás se realizan sin trámite, como fantasmas que comparten un mismo escenario. Por ejemplo, un personaje recuerda los primeros años de su feliz matrimonio, el hombre ya está viejo y la mujer muerta tiempo atrás, y sin embargo ella aparece a su lado rebosante de juventud y le habla como en aquella época, con el ambiente modificado sutilmente para graficar que estamos en otra época, en el recuerdo del viudo, un pasado feliz. Movimientos de esta naturaleza son marcas de estilo en Angelopoulos, y se los reviste de un complejo discurso sobre el devenir histórico de su país natal, Grecia, y el continente europeo, la civilización occidental entera.

Las películas del director griego siempre comprometen un viaje de reconocimiento, de expiación. En el trayecto se suceden episodios cargados de lirismo, movimientos de cámara apacibles (con todas las características que ya hemos descrito) que disuelven las fronteras del tiempo y del espacio para crear una zona fronteriza, un cierto estado de conciencia donde las fuerzas en pugna (los discursos políticos y artísticos, la memoria personal y colectiva) se revelan sin vigor, infusos, caen en el vacío de un tedio, de una melancolía, de una cierta insatisfacción no exenta de sarcasmo, de la fatalidad de la muerte. El cine de Angelopulos desacraliza los discursos pero no con fuerzas de choque sino a partir de una erosión sutil, como la que provocan las olas del mar o el viento de la noche a las rocas en los acantilados de la orilla. No es casual que el mar sea una presencia constante en su cine: le da el tono a toda la película, la serenidad de la narración y la fotografía de tonos opacos, sin brillo, cargado de humedad. En “La eternidad y un día” el mar está siempre como telón de fondo, conformando un telar a tres bandas con la orilla de arena blanca y el cielo límpido, transparente.

 

Los personajes siempre recorren un trecho que los lleva a perderse en la línea del horizonte (esto es clarísimo en la escena final), como si allá, a lo lejos, perdido en ese espacio donde la tierra, el cielo y el mar se confunden, esté la respuesta a todo el dolor. “¿Qué es la felicidad?”, le dice el poeta Alexander al fantasma de su esposa muerta (pero, ¿es realmente un fantasma?, ¿Alexander no es también un fantasma a su manera, quizá de modo más flagrante?). La respuesta de ella es felizmente sutil: “La felicidad es la eternidad… y un día”. 

Porque, claro, una propuesta de este tipo, un cine de narración no tradicional que indaga a partir de técnicas novedosas en asuntos complejos, problemas existenciales y metafísicos, siempre está en la cuerda floja, a punto de contrasuelarse. “La eternidad y un día” no se libra por completo, hay momentos en verdad aparatosos e insufribles (sobre todo los que comprometen al niño albanés), pero siempre nos queda el mar, claro, el mar, ese punto en el horizonte donde todo se confunde y uno felizmente puede quedarse sin palabras sin que nadie, absolutamente nadie, te lo pueda reclamar.

Javier Muñoz Díaz

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