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¿El Efecto Rashomon?

Pete Travis – Justo en la Mira (Vantage Point, 2008)

Vantage Point, el título original de Justo en la mira (2008), significa algo así como “posición que permite una amplia visión o perspectiva general con respecto de un lugar o de una situación”. Correctamente, pues, el título de este thriller apunta a una estructura que mucho más que con las distintas versiones personales que sobre la compleja intriga internacional de la que da cuenta ofrecen sus personajes centrales, tiene que ver con la técnica narrativa del punto de vista múltiple consagrada por David W. Griffith en los albores del cine como arte, y depurada en la post-modernidad por maestros del relato como Quentin Tarantino.

La conferencia política que reúne en España a las naciones occidentales en pos de una alianza que efectivamente y de una vez por todas detenga al terrorismo y su vertiginosa escalada mundial, al menos enfatizada desde la opinión del gobierno estadounidense luego de la pesadilla del 11 de Setiembre del año 2001, tiene como figura principal, cómo no, al propio jefe del estado americano. El atentado que se cometerá contra su vida será el desencadenante de unas consecuencias de efecto tipo, no Rashomon sino más bien algo así como lo que propuso en su momento Irreversible (Gaspar Noé, 2002) o la bastante sobrevalorada cinta de Christopher Nolan Amnesia (Memento, 2000). De lo que se trata aquí es de revelar los secretos mecanismos de un plan tan inescrupuloso que involucra la muerte violenta y masiva de hombres, mujeres y niños totalmente al margen de los intereses a los que sirve, no de descubrir el corazón del conflicto humano que es capaz de impulsar tal destrucción.

Por eso, la técnica empleada en Justo en la mira promete tanto para terminar sólo cumpliendo lo que propuso al espectador desprevenido desde un principio, eso sí, en un nivel acaso inferior y de todas formas superficial. El estilo se muestra impudorosamente maniqueo y manipulador antes de sacarse de la manga cualquier truco narrativo, lo cual casi exime a los realizadores de cualquier responsabilidad estético-ética que no sea la de entretener, aunque sea a costa de un asunto que debería ser considerado siempre cuidadosamente.

Nos encontramos ante una cinta de acción que no cesa, gracias una edición veloz puesta al servicio de una trama en la cual parece no haber cabida para el suspenso debido precisamente a la preeminencia de la sorpresa y del golpe de efecto. Pero además, la película es de una ingenuidad emotiva que sin embargo termina siendo uno de sus valores, ya que evita que el espectador vea su atención difuminada entre las persecuciones y las balaceras que amenazan con convertirse en una rutina tópica y sin mucho sentido -lo que afortunadamente no ocurre.

La historia supuestamente narrada desde muchos ángulos está en realidad hecha de los fragmentos más o menos subjetivos aportados por el devenir biográfico de los actores, voluntarios o no, de un evento explosivo y sangriento que empieza puntualmente a las doce del mediodía. En aquella fecha, como en un vértice geométrico, confluyen estas vidas manipuladas por el destino que les ha impuesto, con suficiente inteligencia para mantener la curiosidad de la audiencia despierta, el guionista: El Presidente, interpretado por el eternamente ambiguo William Hurt; su guardaespaldas, el atormentado y redimible Dennis Quaid; el sospechoso guardaespaldas del alcalde de Salamanca, un Eduardo Noriega con barba de guerrillero del ETA y nostalgia de Mateo Gil y Alejandro Amenábar; un inocentón -¡después de ganar el Oscar por su retrato de Idi Amin!– y descontrolado turista americano con el continente físico de Forest Whitaker, quien, todo hay que decirlo a veces, ha tenido más sutiles desempeños en otras ocasiones; la pequeña Anna (Alicia Jaziz Zapien), quien en compañía de su madre es el objeto de las atenciones de aquél en medio de tan caótica situación; y, finalmente, el miembro de la seguridad del Presidente interpretado por Matthew Fox, un personaje que el televisivo actor llena con suma discreción.

Justo en la mira da inicio a la montaña rusa sobre la cual pretende montar a su audiencia con una secuencia donde se observa el movimiento de la manipulación que los medios de comunicación suelen llevar a cabo; la televisión es el ejemplo ideal, y la película ofrece aquí su único instante trascendente, con el aura de una intriga heredada de ese gran cineasta irónicamente salido de los foros televisivos que es el aún en activo Sidney Lumet, a cuya Network (1976) el segmento referido parece aludir. Conciente o inconcientemente, Justo en la mira es una pieza de artesanía medianamente lograda que trata de la manipulación: la del espectador, habituado a las peripecias folletinescas de esta era de cable e internet en la que cada segundo pasa volando, literalmente; y la de unos personajes condenados a repetir su status de piezas de ajedrez en una partida que les dispensa el derecho de conservar las fibras nerviosas imprescindibles para sobrevivir la encrucijada moral que una ficción tan apegada a la ambivalencia característica de nuestros tiempos los obliga a confrontar.

Christian Doig


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