Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Convergencias/Divergencias

convergencias/divergencias: Quisiera Ser Millonario

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Convergencia: Ernesto Zelaya

Danny Boyle y la India de Fantasía

Al principio, el más reciente proyecto de Danny Boyle parecía arriesgado: una historia ambientada en la India, usando actores indios, caras desconocidas para el grueso del público. Pero la apuesta funcionó: Quisiera ser Millonario es una fábula, un relato fantástico – aunque basado en la realidad – cuyo personaje principal es una persona normal, con sueños y metas que lo hacen identificable para cualquiera.

El personaje es Jamal Malik, un chico pobre de Bombay concursando en la versión nacional de “Quién Quiere ser Millonario”. Para sorpresa de todos, Jamal sabe todas las respuestas y está a un paso de llevarse el gran premio. ¿Cómo así un chico pobre, sin educación, sabe tanto?

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De ahí nace la fantasia: la vida de Jamal fue suficiente para enseñarle todo y así Boyle nos hace partícípes de la mágica vida de un chico que empieza como otro mendigo más en las calles de Bombay, para luego acabar como empleado de call center y ligado a una mafia local, de la cual su hermano forma parte. Y todo, como no, por amor.

Boyle siempre ha tenido un estilo directorial nacido del videoclip: energético y colorido. Se le ha acusado de manipulador, de aprovechar la miseria y pobreza de la población hindú para hacer una película falsa. Ciertamente, la India es uno de los países más pobres del mundo y el film lo muestra sin adornos: pero dudo que la intención de Boyle era crear un documental verídico y descarnado acerca de las condiciones de vida en el tercer mundo. Sería pedirle demasiado.

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Todo es una fantasía; incluso, el retrato de la población no es, en su mayoría, negativo. Jamal es un joven optimista a pesar de sus circunstancias y la gente que lo rodea son trabajadores, impulsadores, que nunca pierden la sonrisa y las ganas de vivir a pesar de ser pobres. Es el retrato de un pueblo dispuesto a superarse y ser grandes. Ese es, tal vez, el mejor retrato que se les puede dar y que al mismo tiempo sirve para no sumergir en depresión una historia que es puramente feliz y esperanzadora.

Algo que sí queda expuesto es el maltrato al que son sometidas las personas de bajos recursos: las autoridades no conciben que Jamal pueda ser una persona inteligente y capaz y hasta el mismo anfitrión del programa decide manipularlo y obligarlo a perder. Justamente es este antagonismo lo que hace de Jamal un buen protagonista.

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Al ponérsele por delante estos obstáculos, y viendo su manera de enfrentarlos, la simpatía del público está asegurada. Lo mismo con los gángsters, los cuales quieren mantenerlo alejado de Latika, su único amor. La vida de Jamal está llena de trabas, pero como en toda buena historia, sabemos que habrá un final feliz.

La película toca ciertos temas serios y escabrosos, es cierto – no sólo la extrema pobreza que se vive en la India, sino también la delincuencia, la prostitución y el abuso infantil – pero lo hace de una manera que no resulte incómodo: de nuevo, la intención de Boyle no es ser verídico ni hacer denuncia, sino entretener y porque no, conmover.

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Es, ante todo, un film sobre la alegría de vivir, el tener aventuras sin saber a donde nos llevarán, la idea de que la vida es impredecible, las cosas pasan por algo y sólo queda vivirla. Un sentimiento universalcon el que cualquiera se puede identificar. Para una historia tan alegre, es natural entonces que termine con un inesperado y colorido número musical al estilo Bollywood.

La música es, de lejos, su mejor aspecto y difícil no salir de la sala de cine sonriendo y moviendo los pies. Así, Boyle le rinde tributo a la industria cinematográfica hindú, conocida por sus fastuosos y coloridos números musicales, de la cual esta bien podría ser heredera. Aún considerando que sus antecesoras son más fantásticas, irreales y difíciles de creer.

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Su reciente victoria en los premios Oscar, más allá de que la Academia se haya rendido ante el claro favorito de público y crítica, es, de cierto modo, una señal de que la Academia se está renovando. Tras años de escoger siempre el mismo tipo de películas – épicas, bélicas, biográficas o sobre el Holocausto. -

En este caso han optado por una historia fantástica ambientada en un país exótico y sin el añadido peso de las grandes estrellas, una película que en su estética apela bastante al público juvenil. Muchos lo ven como premiar un film mediocre basado en su popularidad: para mi, es ganas de cambiar (una película así no podría haber optado a nada hace apenas unos años).

Danny Boyle entonces, muestra destreza en otro género y parece seguirá probando entre los que le quedan. Ha entregado una fábula alegre, que puede motivar a cualquiera a perseguir sus sueños con empeño, una película entretenida que cumple con ese objetivo y que además le ha dado al cine dos nuevas caras conocidas, Dev Patel y la simpática Freida Pinto, que de seguro darán que hablar más adelante.

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Divergencia: Eugenio Vidal

Sincretismo mainstream

Un Oscar no significa necesariamente una gran película. Aunque tal vez sí un gran maquillaje: en el sentido de un aparato estético abrumador que esconde una serie de lugares comunes, en este caso presentados con encuadres aberrantes y estructura de programa concurso. La garantía es el espectáculo. No obstante, éste puede enceguecer los juicios, como la pirotecnia que captura la atención de algunos zombies.

¿Quieres ser millonario? (Slumdog Millionaire, 2008), con su estructura entrecortada, organizada bajo las reglas de suspenso de un concurso de pregunta-respuesta, sus personajes arrabaleros y su montaje trepidante, cuenta una historia más bien simple y esperanzadora: un par de hermanos, Jamal (Ayush Mahesh Khedekar, Tanay Hemant Chheda y Dave Patel, niño, no tan niño y más grande, respectivamente) y Salim (Azharuddin Mohamed Ismail, Ashutosh Lobo Gajiwala y Madhur Mittal, niño, no tan niño y más grande, respectivamente), y una niña, Latika (Tanvi Ganesh Lonkar, Rubina Ali y Frieda Pinto, niña, no tan niña o más grande, respectivamente).

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Se creen los tres mosqueteros, una especie de friends for ever cuya inocencia recuerda demasiado a la secundaria; un tonto con suerte que sabe todas las respuestas… ¿por qué?… gracias a su buen corazón…; una acusación de fraude de la que el protagonista sale bien librado cuando sus captores se apiadan de su historia de amor; la India como postal, plana y colorida, con un buen mensaje, pero nada más.

Porque si bien ¿Quieres ser millonario? también habla de una mafia, de los bajos fondos de la India, de la vida dura de un par de niños huérfanos, todo lo embellece, para desaparecer cualquier tipo de mala conciencia, pues los indios no sufren porque siempre bailan una coreografía al final. Por ejemplo, los niños.

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Su patetismo más bien provoca sonrisas cómplices: algo así como “qué lindo, mira como roba para comer”. Cualquier tipo de carga problematizadora desaparece en favor de los “buenos sentimientos”. Todo sea por el amor, incluso destruir tu argumento, o por lo menos, arrancarle de cuajo el interés.

La propia estructura también pierde. Se organiza mediante el recuerdo. Digamos que sigue las pulsaciones de la memoria de Jamal. El problema es que la mente de Jamal resulta demasiado organizada y monotemática. Su obsesión con Latika se encuentra muy idealizada.

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Se puede hablar de amor sin aludir a la necedad, el cariño poco tiene que ver con perseguir a una putilla de la infancia a la que casi no se ha visto. Aunque al parecer Danny Boyle no lo sabe o sencillamente prefiere aplicar la fórmula, que es una opción como cualquier otra, pero no la más digna de alabanza.

Más tarde, los dos hermanos crecerán. Y claro, sus respectivos caminos los separarán: uno malo y el otro bueno, el bueno es el protagonista y el malo en el fondo tiene corazón. Sin embargo, no distarán mucho de lo que el film anunciaba desde el comienzo: ya se sabía que el asunto apuntaba por ahí. Ése es más o menos el problema de toda la película. Danny Boyle no ha hecho nada nuevo.

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Ha tomado un puñado de tópicos de siempre, los ha resuelto como dicta la fórmula, pero tuvo la astucia de percatarse de lo que hacía y por eso vistió ¿Quieres ser millonario? con un montaje llamativo y una estructura no tan lineal, le dio a su cine la dinámica del concurso.

Lo que, de por sí, no parece una mala idea, salvo porque el aparente plus responde tanto a un lugar común como las premisas. El tratamiento parece diferente, pero sin ir muy lejos basta recordar Ciudad de Dios (Cidade de Deus, 2002), o cualquier otra película efectista. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda… No es exacto, porque la seda también era una estafa.

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Luces, fuegos artificiales, un encuadre aberrante no es nada del otro mundo. Una historia que se arme mediante flashbacks a partir de un interrogatorio, tampoco. ¿Una película india? Menos, a no ser que nunca hayas oído hablar de Bollywood. Son cosas del melodrama.

Ésa sería una respuesta facilista. Porque se trata del género sentimental del cine, no del predecible. La cuestión no se encuentra tanto en las intenciones, que de repente podrían no referirse a explotar el exotismo, sino efectivamente a cruzar códigos -¿quién sabe?-, lo que no funciona es el mecanismo.

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Nada escapa del cliché, ni siquiera el hecho de haber mezclado varios.

A veces la enumeración resulta irresistible:

a) El sancochado no es arte

b) El color local puede enceguecer

c) La vida no es un programa concurso

d) Con Bollywood te ríes más

Un último ejemplo.

Todo está escrito. Suena a sincretismo barato, suena a ¿Quieres ser millonario?: como si del Karma se tratara, el amor al final siempre triunfará, por lo menos con la Academia. ¿Qué fue del director de Trainspotting? Murió de sobredosis de efectismo.


convergencias/divergencias: El Curioso Caso de benjamin button

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Convergencia: Claudia Ugarte
Con el Reloj en Contra

Dicen que la muerte es como un nuevo nacimiento sólo que para otro mundo. Pues hubo un error en los cálculos del universo y alguien nació viejo donde debería haber sido capullo. Ese fue el caso curioso de Benjamín Button, que después de haber sido concebido -con una carga de realismo mágico que poco se conoció fuera de Latinoamérica- por F. Scott Fitzgerald a principios del siglo XX, dio a luz a una poderosa adaptación cinematográfica de la mano con David Fincher y Eric Roth.

Un reloj se apodera de la pantalla, y de pronto marca un minuto, pero en retroceso. De esa misma manera Benjamín Button (interpretado por Brad Pitt) nació con el aspecto físico de un anciano y a lo largo de su vida, en lugar de morir, va rejuveneciendo, pero con una nefasta contradicción: su débil cuerpo de anciano encierra las ansias de una mente infantil, y luego, cuando su traje se hace adolescente, es su mente la que luce cansada.

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No hay mucha solidez al remarcar ese detalle, pero no importa, la fuerza de la película descansa en ese toque de fantasía real y en la perfección de una puesta en escena que no cansa aunque haya pasado dos horas con cuarenta minutos antes de ver los créditos. Y es que tanto Fincher como Roth han sabido combinar con buen ritmo las aventuras, los viajes, los amores y raras experiencias que Benjamín logra acumular pese a su extrañeza.

La época no pasa desapercibida y la discriminación de ciertos grupos -con los que Benjamín se siente identificado-, los desenfrenos juveniles, la guerra, los prejuicios se convierten en un enriquecido marco en la vida de nuestro personaje. Pero el hilo conductor que le da fuerza emotiva a la película -aunque por momentos no logre cuajar o pase a segundo plano- es la historia de amor entre Benjamín y Daisy (Cate Blanchett). Ambos deberán esperar por muchos años aquel breve paréntesis que les permitirá calzar sus edades y hacer real un amor que deseaban en la imaginación ella desde niña y él desde viejo.

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Pero aunque Benjamín haya nacido de la fantasía de un escritor estadounidense deberá enfrentar aspectos tan reales como el imparable paso del tiempo, y ese paréntesis de amor que en algún momento tuvo lugar en su vida deberá seguir viviendo sólo en su mente.

Sólo en la mente los minutos vividos pueden extenderse una eternidad. Fincher abre y cierra con un reloj en retroceso, y nos grita que el tiempo no perdona ni a los seres reales ni a los de la imaginación.

Aunque la historia sea de por sí bastante llamativa, son las plumas de Eric Roth y Robin Swicord las que han logrado darle al film la categoría de obra maestra. La película se aprovecha de ese guión para lucir también un minucioso cuidado de escenario, un maquillaje que se muestra soberbio y convincente, un delicado trabajo de efectos especiales y una portentosa fotografía (Claudio Miranda), todo ello bajo la dirección de un menos oscuro pero igual de diestro David Fincher.

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Tanto los protagonistas (Pitt y Blanchett) como los secundarios actuaron con destreza y soberbia. Tilda Swinton sigue sorprendiendo por la facilidad con que se desenvuelve en cualquier papel. Taraji P. Henson no se quedó atrás. Y aunque algunos critiquen las gotas de frialdad que caen sobre algunos encuentros entre Benjamín y Daisy, creo que fue necesario mostrar el espinoso acomodo de dos vidas que iban en rumbos diferentes.

Además, quien narra la historia es Benjamín a través de su diario, quizás el romance hubiera tenido mayor protagonismo si una mujer era la narradora. Prefiero el grado emotivo (contenido en algunos aspectos) que escogió Fincher.

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Lo que sí sacaría son las escenas del hospital donde Daisy, ya anciana, agoniza y repasa el diario de Benjamín. Es un recurso estilístico fácil y contraproducente porque corta, en el espectador, el tono de cuento que la película ha cobrado. El desenlace tampoco convence pero es la única forma de no conducir el relato por los vericuetos menos agradables de la ficción.

En resumen Benjamín Button se ha convertido en una de las películas más destacadas de la década, no sólo por su elaborada factura y una dirección de primera categoría, sino por la atracción que genera en críticos y espectadores gracias a su derroche visual y a la fuerza y belleza de su puesta en escena. En otras palabras, gracias a ese conjunto de trabajos remarcables que le han dado un equilibrio visual y de contenido digno de destacarse.


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Divergencia: Eugenio Vidal

El Lamentable Caso de David Fincher

Lo amenazaron con cortar demasiado el film. De modo que David Fincher se quitó y dejó el final de la edición en manos de los ejecutivos de la Paramount. Aunque igual El curioso caso de Benjamin Button (The curious case of Benjamin Button, 2008) llega casi a las tres horas. Surge la pregunta: ¿quién era el que se moría por el Oscar?

Las ganas de quedarse con la estatuilla resultan más que obvias: se relata la vida de un freak políticamente correcto que deambula por la historia de los Estados Unidos para, finalmente, encontrar el amor de su vida y morir. Un monstruo apto para todo público que se maravilla ante las nimiedades de la existencia: el sexo, el trago, el amor, la gente. Una voz en off es personalizada que explica su propia vida con tanta distancia que ya no parece suya. El remate del infaltable cuento de amor que no pueden evitar los arrechos de los gringos. Por más que no suene a nuevo, hace falta repetirlo: en lugar del Hombre Elefante tenemos que conformarnos con Forrest Gump.

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Se soslaya la oscuridad y el trauma de un personaje que, salvo por sus arrugas, Hollywood ha diseñado completamente normal. Como si únicamente fuera “feíto”, y justamente por feíto, cual negro en película de blancos, estuviera destinado a admirar ese modo de vida del que los yanquis creen que deben sentirse tan orgullosos.

Lo mejor se encuentra al inicio. Si bien Benjamin Button (Brad Pitt) resulta un tanto soso y bonachón, se encuentra con freaks más interesantes que él, cada cual con una historia a cuestas: el capitán Mike (Jared Harris), que conserva su arte en la propia piel, o Elizabeth Abbott (Tilda Swinton), quien sueña con cruzar el Canal de la Mancha a nado. Además de la secuencia del reloj, acaso lo más logrado del film: un relojero ciego, monsieur Gateau (Elias Koteas), pierde a su hijo en la guerra y se refugia en su trabajo; entonces, transforma un encargo en su mayor creación y homenaje: el reloj de la estación del tren anda hacia atrás, para que así tal vez los chicos que se fueron con la guerra regresen a casa algún día.

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Transcurrida aproximadamente media hora, cuando Brad Pitt comienza a lucir lindo, como es de esperarse en Hollywood pero no en Fincher, el amor se torna lo único importante. Lo que en la infancia denotaba una extraña complicidad, el único coqueteo con la rareza del protagonista, se purifica: Daisy (Cate Blanchett) ahora es una mujer, ya no la niña que se escondía con un Benjamin contrahecho y envejecido. Al principio, llamaba la atención la relación de la niña con el niño viejo, jugaban y se comprendían como pares, pero él parecía fuera de lugar y hasta monstruos y amenazador a su lado. La dulzura de la niña contrastaba con una leve pedófila diferencia. Ahora parecen una pareja cualquiera. Se supone que la idea era establecer un paralelo. Mientras uno va de la vejez a la juventud, la otra sigue el camino opuesto. El problema es la conclusión, típicamente Hollywood, típicamente cursi: el punto de encuentro es el amor.

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En El extraño caso de Benjamin Button, el que está verdaderamente irreconocible es Fincher. Los tópicos Hollywoodenses abundan y lo acaparan todo: la narración en flashbacks innecesarios, a cargo de alguien viejo o acabado y su diario; el relato de una vida entera, que se supone ejemplar y ligada siempre a la historia estadounidense, y finalmente, el amor redentor. Además de Forrest Gump (1994), se podría citar Titanic (1997), o cualquier otro Blockbuster que aspire neciamente al Oscar. En cambio, Fincher no aparece por ninguna parte. Sus personajes resultan demasiado blandos y tranquilos. Un ser tan extraño como Benjamin Button debería estar profundamente conflictuado, después de todo es único, después de todo se crió en un asilo donde todos lucían como él pero al mismo tiempo eran abismalmente diferentes. Debería tener algo más que decir acerca de su condición, en lugar de contemplar todo con una suerte de paz zen.

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Precisamente lo que menos se explota es lo que más llama la atención, la razón por la que uno va al cine: la extraordinaria enfermedad y sus consecuencias, el tiempo que transcurre a la inversa para un solo ser humano. No basta el paralelo con el reloj, pues en realidad nunca conecta con el personaje: el reloj nace por un hijo perdido, por un deseo tan irracional como necesario; el hombre se maravilla de lo cotidiano, vive una vida común y corriente, su enfermedad no lo afecta directamente sino hasta el final. Más allá del símil un tanto forzado de la sustitución del reloj y la muerte del protagonista, la relación resulta difusa.

Sólo cerca del desenlace Benjamin sufre por su condición, y por eso el film repunta en sus últimos minutos, donde se alcanza a percibir el trauma y la impotencia del protagonista, que, al igual que su enfermedad, va más allá de su propia voluntad. La película recobra sentido y genera alguna emoción. Sin embargo, ya no es suficiente.


Convergencias/Divergencias: Dioses

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Convergencia: Rodrigo Bedoya

La Riqueza de la Superficie

Es muy fácil hacer escarnio de una película como “Dioses”. Algunos pensarán que se trata de una película que nunca se la juega por criticar frontalmente a la clase alta, mientras que otros considerarán que el mensaje social de la misma es muy evidente, y que otra vez se cae en ciertos estereotipos sobre la clase alta.


Lo cierto es que muchas veces el prejuicio no permite ver los méritos de una película arriesgada, compleja, apasionada por las superficies pero que, a partir de ellas, explora todo un mundo y crea u discurso sobre el mismo. “Dioses” no es un alegato en contra de la clase alta ni un testimonio con conciencia social, y eso es algo que ha descuadrado a más de uno.


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Dioses se centra en Diego, (Sergio Gjurinovich) que está enamorado de su hermana, Andrea. El padre de ambos, Agustín (Edgar Saba) tiene una nueva novia, Elisa (mariciello Effio), de condición social más bajka, y que busca entrar como sea al nuevo mundo en el cual la han introducido. A partir de estas dos historias, el director Josué Méndez arma una película que no busca criticar a gritos, sino simplemente mostrar un mundo.

Si en “días de Santiago”, la puesta en escena era más bien fragmentada, a partir de saltos en el tiempo y de cambios de colores que buscaban remarcar la visión algo distorsionada de la realidad del protagonista, aquí por el contrario se busca hacer otra cosa.

La cámara se dedica a pasearse, a mirar como los personajes se comportan y se van desenvolviendo en el mundo. Méndez contempla, como si la cámara estuviera descubriendo por primera vez un mundo que aparece extraño, distante, frío. La longitud de los planos y la distancia que el director plantea entre su cámara y el lugar donde ocurren las acciones producen la sensación de estar viendo un mundo extraño y distante.


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Pero justamente ese estilo de filmar, que para algunos podrá ser superficial, en realidad tiene una fuerte visión sobre lo que se está mostrando. Méndez es alguien que parece fascinado por las superficies, por los espacios y por como sus personajes se van desenvolviendo.

No importa tanto la sicología ni las explicaciones que pueden tener sobre tal o cual conducta: importan las conductas en sí, lo que los personajes hacen dentro de la acción. ¿Por qué Diego está enamorado de su hermana? ¿Por qué éste decide irse a la periferia? ¿Por qué Andrea nunca reacciona ante los avances sexuales de su hermano? ¿Por qué estos, de la nada, comienzan a jugar con al comida? ¿Por qué, de pronto, las empleadas hablan en quechua?


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Nada de esto importa (y quizá por eso la única escena que chirría es el sueño de Elisa, que resulta demasiado explicativo): lo que importa es que Méndez lo filma todo de forma igual, con la distancia de aquel que va descubriendo un mundo en el cual nada parece importar demasiado: ni la risa, ni el llanto, ni la impotencia, ni la indignación son elementos que tenga un valor especial dentro del mundo que retrata Méndez.

Nada parece conmover ni indignar a los personajes ni al mundo en el cual viven, y eso se nota a partir de una puesta en escena. Decir que Méndez no tiene una posición sobre el mundo que retrata es falso: a partir de su puesta en escena, el director justamente plantea un mundo impotente, aburrido, desmotivado, donde cada acto pareciera no tener la menor importancia.


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Dioses no es una película que grite su visión política: pro el contrario, su forma de ver el mundo se define a partir de su propia distancia, de su propia apatía, de su propio interés por las formas, por las texturas. Ese placer por los decorados, por lo espacios y por los personajes moviéndose y desplazándose, sin importar mucho la psicología de ellos, resulta muy interesante. Llega un punto en el cual los personajes secundarios aparecen como intercambiables: podrían cambiar de cabezas y ser exactamente la misma persona. Ese mundo indefinido, donde todo (hasta las personas) son iguales es la base de una puesta en escena lograda.

Mucho se ha hablado ya de la actuación de Maricielo Effio, que resulta muy buena. La actriz consigue darle los matices y contradicciones necesarios a Elisa. Anahí de Cárdena está muy bien también: la antipática Andrea, con todo su alpinchismo y su parquedad, resulta ser un buen logro actoral. Sergio Gjurinovich también consigue dotarle al personaje de cierta intensidad, aunque quizá el personaje resulte un tanto redundante e su obsesión. De la misma forma, Agustín resulta ser el personaje más flojo de todos, al ser demasiado caricaturizado en su prototipo de padre pituco.


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De los estrenos nacionales estrenados este 2008, Dioses se muestra como el más sólido, como aquel que de verdad nos muestra un realizador en cada uno de sus planos. La forma de mirar el mundo que tiene Josué Méndez es distinta y arriesgada, y permite albergar esperanzas en él. Hay que seguir atentos.


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Divergencia: Daniel Vidal Toche

La China Tudela en el Cine

El cine peruano tienen sus respiros muy poco usuales y Josué Méndez ha sabido dárselos con Días de Santiago, la película logró divorciarse de la clásica propaganda socialona y darnos a los espectadores una buena historia bien contada. Dioses, su última producción, ha sido engendrada con el apoyo de Stephen Frears, el realizador de High Fidelity, gracias a la beca Rolex, que patrocina proyectos vinculados al arte en todo el mundo, parte del premio es pactar una reunión Mentor discípulo entre los elegidos y uno de ellos fue Méndez.


Dioses es la historia de Diego (Sergio Gjurinovic) un atormentado adolescente que siente una incontenible atracción sexual por su hermana, Andrea (Anahí de Cárdenas), quien a su vez es el estereotipo de las “huecas limeñas” que viven en un eterno e ininterrumpido carpe diem. El padre de ambos es Agustín (Edgar Saba), quien lleva a casa a una novia nueva, una mujer de otra condición social y racial, Elisa (Maricielo Effio).


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Las cuatro historias se entrecruzan mostrando un retrato cotidiano de la clase alta limeña, que es definida por Méndez como una clase automarginada. Lo que en lima solemos nombrar como “vive en su burbuja”. Los méritos del filme son gigantescos. El manejo de la cámara del director de Días de Santiago, es impecable, por más estereotipado que estén los personajes, la cámara sabe tomar distancia y observarlo todo sin involucrarse demasiado, precisamente como si fuésemos parte del ritual de un voyeur que se mete en los lugares que nadie quieren que sean vistos.


Pero todo esto cae un error clave: La película es sobre Lima y en Lima nadie quiere que algo quede en secreto salvo el que detenta el secreto y en ese individualismo extremo, todos saben lo de todos. Lima es una ciudad Goffmaniana en el sentido que todo lo que vivimos pertenece al ámbito de la superficie, de lo instantáneo. Los grandes placeres del limeño son la comida, el habla y el trago, tres elementos que guardan en común su corta duración, que se extinguen sobre la marcha. Es entonces cuando la mayoría de espectadores de la película sienten que la han visto mil veces, que es una historia pasada.


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Porque lo han vivido, porque ha sido motivo de cadenas, de humor negro, porque nos investimos de ello, porque es un tema harto tratado y porque los tópicos que se manejan ahí son incluso parte de la agenda pública: la exclusión, las diferencias de clases, el racismo. Entonces nos encontramos con una película que nos repite un discurso desgastado.


Cada personaje es un estereotipo que a cualquier limeño le tomaría segundos resumir: Diego, el típico chibolo cagado por su viejo que es un cuadriculado medio milico y que para todo el día fuera de casa, y encima, con una vieja adicta al Alprazolam que lo dejo de chibolo; Andrea, la típica huequita villamariana que ha vivido toda su vida reemplazando los afectos humanos por los materiales y no puede mantener un sentamiento estable, a penas aflora lo humano, huye; Elisa, la clase de arribista que está dispuesta a todo por dejar el mundo de privaciones en el que vivió, por el mundo de riqueza que siempre soñó, al precio que sea y en contra de ella misma si es necesario; Edgar, el típico viejo machista a quien le importa perpetuar el apellido, multiplicar el dinero y tirarse a una chibola que esté rica para sentirse más joven.


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Claro que todos estos estereotipos se esfuman con mayor facilidad en otras latitudes, no digo que no los vayan a reconocer como figuras de la sociedad, pero no los sentirán tan cotidianos.Ahora, nada malo hay con los estereotipos y con trabajarlos en el cine, pero quizá el error es pretender hacer un retrato de una sociedad a base de estereotipos.


Es decir, es una exageración que uno de los personajes le pida a la empleada el Soy sauce, en lugar del Sillao, que lo conoce hasta la más pituca de los Berckemeyer de Osma, eso fue como ver a la china Tudela en versión cine, con ello no digo que no exista gente así en el Perú, pero ese no es un discurso local y preciso, sino universal, gente a la que le apesta todo hay hasta en el África subsahariana.


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Por otro lado, algunas de las actuaciones no llegan a convencer, sobre todo la de Sergio Gjurinovic, quien tenía uno de los papeles más importantes. El recuerdo del filme es una sola mueca de desconcierto, no se notaron variaciones en sus gestos, es como si hubiese mantenido una máscara inamovible durante todo el filme. Sin embargo, la actuación de Maricielo Effio fue de lejos la mejor, impecable, lograba convencerte de su papel, lograba que olvides el mismo estereotipo y te centres en su visión.


Vale la pena destacar una escena en particular, en realidad dos, pero la otra es la escena final y es mejor que se reserve para cuando el público la vea. La escena a la que hago referencia es aquella en que Diego, acompañado de la cámara, va en busca de su hermana a una imponente casa digna de alguna isla griega.


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La cámara es algo inestable y va registrando los vestigios de una juerga demencial con el mar en el horizonte, pero sin detenerse sobre los detalles, atenta a encontrar el objeto de deseo. Esa cámara logra que uno se mantenga fijo, que se olvide de la casa y del paisaje y piense nada más que en el sentimiento de Diego, clara evidencia de que la maestría de Méndez no se va a extinguir tras un solo golpe de suerte.



Convergencias/Divergencias: María Antonieta

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Convergencia: César Guerra

Extravíos de una Reina Adolescente en Versalles

Desde sus dos primeros filmes el interés de Sofia Coppola radicó principalmente en contar historias de mujeres jóvenes cuyo transcurso de vida las llevaba a descubrir situaciones totalmente nuevas, inéditas; en el caso de Vírgenes Suicidas (1999) el descubrimiento tenía que ver con los cambios naturales de la adolescencia y con las primeras manifestaciones amorosas, causantes cómo no de confusión. En Perdidos en Tokio (2003) la co-protagonista se encontraba desconcertada por estar en un país desconocido y alejado de muchas de sus costumbres, circunstancia que la llevaba a replantearse varias cosas.

En María Antonieta (2005) (basada en el libro María Antonieta: El Viaje de Antonia Fraser) Coppola continúa el derrotero de sus dos trabajos previos – por supuesto con todas las diferencias tanto explícitas como implícitas que existen en relación con los otros dos filmes – en lo que respecta a haber en la historia una joven extraviada y confundida (una reina adolescente) en un lugar y circunstancia ajenos a lo que previamente había vivido, empero, en lo que los tres filmes coinciden es en la presencia de la soledad y en la procura, en la medida de lo posible, de la felicidad y el amor.

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Sofia Coppola al filmar María Antonieta se aparta de cualquier intento de biografiar a la reina o de ceñirse a lo que los historiadores o biógrafos han escrito sobre ella; lo que la directora busca es relatar una segmento de aquella vida, también con licencias, como es el que se relaciona con la banalidad, el dispendio hasta con la extravagancia de los que la reina fue artífice. Tal vez la figura histórica de María Antonieta sea una de las más injustamente tratadas por la historia y de las que se ha hecho mayor escarnio. Por tal motivo si bien la directora no se pone del lado de la joven reina de manera cabal sí intenta comprenderla.

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María Antonieta como decíamos se enfoca en la mostración de lo que ocurre dentro de los inmensos salones y jardines de Versalles y cómo se concentra en ellos todo el boato y derroche de una corte ombliguista, distante de las crecientes necesidades del pueblo francés. María Antonieta ni bien llega a la corte francesa es rodeada de un séquito que incluye damas de compañía, sirvientes quienes a su manera y según sus posibilidades buscarán adularla para sacar algún provecho. Tanto el tono cuanto el ritmo de la película es ligero, relajado acorde a lo que las imágenes revelan asimismo los movimientos de cámara ayudan a crear esa condición de ligereza. La película hace un dibujo bastante cercano de las actitudes y acciones de la legión áulica que pulula por palacio, la cual está a la espera de que haya un cambio de mando para reacomodarse y no perder ningún privilegio cuando ese cambio se produzca, para esa legión hay una frase que les es grata: “A rey muerto rey puesto”.

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La joven reina tiene que asumir responsabilidades que su corta edad dificulta, debe crecer de golpe y acatar las órdenes que le son encomendadas por su madre. Al llegar a su nueva “casa” se deslumbra y desconcierta por la suntuosidad, respecto a esto debemos tener en cuenta que el asombro natural que cualquier persona puede tener al enfrentarse a una realidad así le debemos agregar el hecho de que se trata de una adolescente cuya edad permite de manera más fácil el asombro.

La directora logra comunicar la fascinación que María Antonieta siente cuando descubre paulatinamente dicha realidad. La adolescente para acostumbrarse a ella saca a relucir su natural coquetería femenina, y la mejor manera de expresarla es empezar a adquirir ropa, zapatos, hacerse peinados. Todo esto se vuelve para ella en una distracción y un juego. Madame deficit como también se la conocía es el centro de toda la frivolidad que la película exhibe, sin embargo, mediante esa perspectiva se logra presentar como pocas veces ha logrado el cine el desapego e indolencia que la corona francesa tenía respecto de su pueblo. Tal vez la reiteración de las actitudes frívolas se exceda en ciertas escenas pero es el riesgo que la directora asume para acercarse de modo preciso a ese estado de superficialidad y lo consigue.

 

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La opción de Coppola de contemporaneizar a María Antonieta poniéndola como si fuera una chica de estos días no es algo forzado, pues si nos fijamos bien todo lo que hoy conocemos como diseños de moda, o peinados estilizados así como la pretensión por lucir lo último de la moda ya tenían lugar en la Francia del siglo XVIII y antes, es decir que lo que se considera como algo de fines del siglo XIX o del siglo XX en adelante ya eran práctica común para los cortesanos en aquellos siglos. Por tanto el combinar música barroca del siglo XVIII con grupos de los años ‘80 y ‘90 como: Siouxie and The Banshees, The Cure, New Order, The Radio Department, The Strokes, entre otros, es un aporte que consideramos importante para el enriquecimiento de la puesta en escena, y no lo vemos forzado es más sirve para crear un contraste interesante, por tanto discrepamos de algunos críticos que consideran arbitraria la inclusión de dicha música.

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Son pocas las películas que han tratado los momentos previos de la Revolución Francesa desde la perspectiva de los monarcas y no desde un afán pro-revolucionario, un ejemplo notable de ese escaso grupo lo aporta Eric Rohmer con La Dama y El Duque que si bien tiene notorias diferencias en el enfoque y en la forma respecto de María Antonieta coinciden en esa mirada de decadencia y ocaso. Hay dos escenas reveladoras de esto mismo: la primera, es en la que aparece María Antonieta haciendo una reverencia final al pueblo alzado en armas y la segunda, la imagen de la habitación de los reyes hecha pedazos, ambas son símbolos de que una vieja era ha terminado para dar paso a otra. El título del libro en el que se basa esta película versa sobre el viaje, pero no solo físico sino sobretodo vital ya que la protagonista inicia su travesía pasando por diversos momentos que la llevarán a un punto sin retorno cuando sea capturada y finalmente guillotinada.

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María Antonieta es una obra más que estimable que pese a algunos defectos anotados líneas arriba como la sobre exposición, por momentos, del aspecto superficial de la corte de Versalles y la pérdida de fluidez y ritmo en algunos tramos de la historia, es en balance una película arriesgada que sale, en general, bien parada de la apuesta hecha por su directora. Finalmente, es una obra que creemos que con el tiempo irá ganando mayor consenso.

Divergencia: Paco Pulido

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Una Reina sin Corona

No hay nada más bello que “Requiem” de Mozart, la “Quinta” sinfonía de Beethoven o quizás “Cascanueces” de Tchaikovsky, acompañado del castillo de Versailles, de glamorosos y exuberantes vestidos del siglo XVIII y de un lenguaje exento de vulgaridades para retratar la vida de reyes, princesas, duques y condes. Pero Sofia Coppola, directora de Marie Antoinette, nos muestra una realidad tergiversada, cambiada también por su atmósfera musical (en este caso, acompañado de música contemporánea), a pesar que le da frescura y cercanía, este cambio por música new wave es inapropiado (sólo en algunas escenas nos deja contemplar la bella fotografía y representación con música clásica).

Sofia Coppola encierra a su personaje principal dentro de una burbuja de la cual no puede escapar ni sobresalir. Su incapacidad de sentirse libre se vive durante toda la película y su inocencia la condenamos pero aceptamos. Sus gestos son naturales, reales, se deja llevar por la soberbia natural que encaja con su representación de futura reina de Francia.

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Es cierto que la película empieza con cierto interés. Sus cambios son ágiles, las acciones son diversas, las consecuencias son continuas y el ritmo es parejo. Pero lastimosamente no dura mucho. La vida está llena de momentos vacíos y son esos los momentos que cobrarán importancia y tendrán lugar en lo que resta de la película (a excepción del cambio interesante y radical del final). La directora consolida su “tema principal” (como ya lo hizo en sus anteriores películas: Lost in Translation y The Virgen Suicides). La soledad, la independencia, la pérdida de su incompetente sentido de supervivencia con respecto al mundo exterior y la búsqueda de la felicidad.

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Regresando al personaje principal, Marie Antoinette es como una chica común y corriente. Una chica joven con sueños, con deseos de hacer las cosas bien y con la necesidad de vivir la vida intensamente en la medida de sus posibilidades. Pero Coppola no decide arriesgarse y se queda en lo cotidiano y mundano. Hay sentimientos y sensaciones que pudo explotar de diferente manera. El llanto de por sí, con tan sólo un par de acciones no produce nada. Su impavidez es desesperante y no explora más allá de sus posibles acciones.

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La intolerancia de la protagonista, por asuntos políticos, se ven reflejadas explícitamente en el filme. Caso contrario a la verdadera Marie Antoinette que se involucraba, de manera soez en contra de ministros destituyéndolos y nombrándolos. Coppola no centró la verdadera historia y se dedicó a crear una Marie Antoinette de acorde a su “tema principal” usando el personaje de Antoinette como excusa para retratar “una vez más” la soledad y la independencia que necesita transmitir en cada una de sus películas.

Cuán importante será ver la condición de inconformidad y de tristeza de una mujer que fue despojada de su vida de archiduquesa de Austria o princesa real de Hungría para convertirse en reina de Francia y sentirse desvalida e incompetente y desarrollar, junto a todo este espectro psicológico, una historia en donde la columna vertebral es la sensación de soledad y nada más.

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No hay ningún elemento importante de donde podamos mantenernos sujetos y redondear una idea importante e imprescindible. La vida de los nobles de seguro que reunía todos esos detalles. Fiestas, buffets, joyas, juegos, música, todo lo que uno puede imaginarse que se pueda hacer dentro de un castillo, en el siglo XVIII. Son más de dos horas viendo a Kirsten Dunst representar a Marie Antoinette, y verla disfrutar de placeres banales y odiar la soledad. Valdrá la pena pasar tanto tiempo de nuestro día viendo a Antoinette una y otra vez cómo se viste, cómo come, cómo se acuesta una y otra vez con su esposo, el cual no la desea la mayor parte de la cinta (sólo una escena) y ver cómo el joven, asustadizo y dubitativo rey Luis XVI estropea su reinado por su inexperiencia. ¿Valdrá la pena?

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La calidez del movimiento de cámara, la bella fotografía, la primorosa escenografía y vestuario, el maquillaje perfecto y la dirección actoral fue bastante buena pero ¿Por qué la película queda varada en el limbo sin que Coppola pueda rescatarla? La causa es simple pero es la más compleja. El guión falla al poner a Marie Antoinette en la etapa de su vida más frívola y complaciente. Uno de los motivos por lo que Antoinette es conocida fue por el interrogatorio antes de su sentencia a muerte. Su muerte propició la guerra entre Francia y Austria. Por qué no colocar la valentía que tuvo momentos antes de su muerte. Ninguno de estos acontecimientos sucede en la cinta. Entonces lo repito: ¿Valdrá la pena gastar tiempo y dinero y ver una historia narrada de esta manera? Yo voto por un NO.


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