Archivos para la Categoría 'Cartel Fílmico'

17
Jul

Pequeños romances de barrio

 Varios Directores - París, Yo Te Amo (Paris Je´aime, 2007)

El legendario París inspirador de centenares de novelas, películas, poemas, revoluciones, funciona como un frondoso y exquisito escenario para presenciar dieciocho historias distintas, pero unidas por esa sensación singular y mágica que infunde la amalgama de míticas acuarelas que es París. Un mundo globalizado y una Europa en que convergen las culturas todas se ponen de manifiesto en París, yo te amo, la original película colectiva que agrupa a estrellas cinematográficas de todos los continentes y que cuenta historias de todas las latitudes, historias que al final son una sola: la del amor en París.

En París, yo te amo se hace presente la figura que todos nos formamos de la ciudad luz: el amor. El amor que está en bares, cafés, la torre Eiffel, Montmartre, el Sena y en cada resquicio de ese paisaje calurosamente cosmopolita en que se convierte la capital francesa.

MONTMARTRE

De Bruno Podalydès

Aunque no es famoso como director ni como actor, Bruno Podalydès dirige y escribe la primera de las historias de París, yo te amo. Transcurre en el barrio de Montmartre, donde un sujeto siente que el mundo lo aplasta, despiadado. Accidentalmente conoce a una mujer quizás como él; su rostro aparece luminoso, y su manera de tomarlo de la mano y lo insólito del momento trastocan el triste sinsabor del pobre hombre. Y su día cambia, y, acaso, también su vida.

Como todas las restantes pequeñas historias de París, yo te amo, ésta dura sólo unos pocos minutos, pero los suficientes como para sumergirnos en su atmósfera y motivarnos, y aunque el espíritu de París no está aún presente del todo, hay una anunciación, un preludio que es como la puerta de entrada al París profundo que respiramos en esta cinta.

 

Debemos remarcar, eso sí, que quizás no era ésta la historia con la que debió comenzar París, yo te amo; la primera debió funcionar a lo mejor como prólogo, y condensar de forma más conjunta la esencia de lo que viene más adelante.

QUAIS DE SEINE

De Gurinder Chadha

A las orillas del Sena, París no es más el que Cortázar retrató en Rayuela. Esta vez, asistimos a un París que ha digerido los cambios del nuevo milenio y se ha puesto en sintonía con el postmodernismo. Siguen siendo, no obstante, las orillas del Sena. Tres jovencitos tienen los apetitos carnales propios de su juventud, y sentados lanzan frases lujuriosas a las mujeres que pasan por su frente.

Uno de ellos, François, causalmente socorre a una muchacha, Zarka, y a partir de ello se desata una intensa búsqueda del joven, que queda hechizado con las facciones y las palabras de esta bella mujer musulmana. La consigna de François es alcanzarla, y en el afán, aunque la historia es también breve, nos conmueve a todos. Lo que viene es un choque de culturas y el chisporroteo del amor.

 

La dirige el keniata Gurinder Chadha, la mismo de Quiero ser como Beckham, y es una fábula tierna, donde muchas cosas son supuestas y donde se respira el candor de una juventud que cree en los sueños, mientras suena el tumulto del resto del mundo.

LE MARAIS

De Gus Van Sant

Gaspard está de visita en un taller de pintura donde conoce a un muchacho y se le acerca, conversa, le explica sus ideas y trata de establecer un extraño vínculo místico entre ambos.

Aunque bien podría ser catalogada como sólo una situación, esta historia, ambientada en Le Marais, el tradicional barrio parisino, encierra un elemento cómico particular, que entre risas alude a la incipiente comunicación entre personas que se supone insertas en el mismo engranaje social, pero que en el fondo son tan paradójicamente distintas.

Luego del éxito de películas como Elephant, Descubriendo a Forrester o Mala noche —película esta última que lo catapultó a la fama—, Gus Van Sant dirige esta historia, de desencuentro y de búsqueda. Una vez más, el choque de dos culturas.

TUILERIES

De Joel & Ethan Coen

El recordado actor Steve Buscemi hace aquí las veces de un paranoico turista norteamericano que, con su guía de París en la mano, se encuentra en la estación del metro, anonadado de estar en la Ciudad Luz, y delira mientras va leyendo cómo son aquí las cosas, qué es lo legendario de esta tierra, qué la hace tan encantadora.

Ésta es la loca historia del extranjero que hace el ridículo en una ciudad que le es ajena, pero que, por sus complejos e incertidumbres, se hace caótica.

Dirigida por los emblemáticos hermanos Coen —autores, entre otros grandes films, de No es país para viejos, El hombre que nunca estuvo allí, Fargo y muchas otras—, Tuileries es la caricatura de un americano en París.

LOIN DU 16E

De Walter Salles & Daniela Thomas

A contrapelo de todas las demás historias, ésta se ocupa del amor de un modo distinto, con una perspectiva que trasciende respecto del amor de pareja, tema recurrente en casi todas las otras fábulas que conforman París, yo te amo.

Aquí contamos con la valiosa presencia de Catalina Sandino, la colombiana que se hizo célebre y sorprendió al mundo con su formidable papel en María, llena eres de gracia.

Se trata esta vez de una madre que debe dejar a su bebita en una guardería, pues, como las miles de latinas que pululan por miles en Europa, debe dedicarse a tareas «poco decorosas», ésas que los europeos ya no se animan a realizar. Por eso Loin Du 16, en alusión a uno de los más lujosos barrios parisinos.

El amor maternal es quizás la frase en que puede resumirse esta historia, que, aunque breve, encierra una profundidad que la convierte en una de las más notables de todo el conjunto de París, yo te amo. Catalina Sandino encarna a esa mujer pujante y chambeadora que le hace frente a los embates, con una dulce tonadita que brota de sus labios.

Claro, no se podía esperar menos de la dirección de Daniela Thomas y de Walter Salles, autor, entre otras, de la entrañable Diarios de motocicleta y de la notabilísima Estación central. Y es que estos dos visionarios cineastas brasileños han empezado a realizar juntos proyectos de suma importancia, como la recientemente ovacionada Línea de pase. Y muestra también de ese fructífero complemento es esta sensible y conmovedora historia.

PORTE DE CHOISY

De Christopher Doyle

Los ángulos desde los cuales París, yo te amo enfoca el amor son diversos; los hay desde delirantes, como la protagonizada por Steve Buscemi, hasta socialmente contestatarias como la de Catalina Sandino.

Esta vez, sin embargo, la historia se reduce sólo a un relato surrealista y lleno de enigma. Un anciano vendedor de productos para el cabello se une con la dueña de un spa en el barrio japonés de París. A partir de ello, se suscita una extraña vinculación entre los dos, que, sin más ni más, entre el ritmo musical que los envuelve, termina.

Al final, el resultado de Porte de Choisy es irregular, y sólo es lo que fue desde siempre: un juego surrealista.

BASTILLE

De Isabel Coixet

Un hálito literario, cultivado en las canteras del cine clásico francés —con Truffaut, Godard, Chabrol como mentores— se respira en el estilo y el tratamiento que la gran Isabel Coixet le imprime a este intenso drama amoroso de cinco minutos. Bastille está narrada solamente como una secuencia, y aunque sería inexacto afirmar que alcanza un hondo nivel de profundidad, logra lo que se propone.

 

 

Sergio, un hombre que vive desencantado de su rutina y su relación marital, redescubre el sentido de la vida en el adulterio, hasta que una situación inesperada le obliga a ubicarse en el mundo y reafirmar sus sentimientos.

Así, el pobre hombre tendrá que enfrentar una dura encrucijada, donde, con sabiduría, debe saber qué decisión tomar. Vemos aquí a Miranda Richardson como el eje de Bastille, y brevemente a Leonor Watling.

Claro que el tono de la película no está planteada con esa solemnidad del melodrama; tiene más bien alegorías de humor y ocurrencia, y un primoroso homenaje a Truffaut con el tarareo de «Le Tourbillon», la canción emblemática de Jules et Jim.

Así, Bastille se convierte en un tributo al amor, un bello relato que, en clave de humor francés, nombra a la lealtad en su expresión más fatal.

PLACE DE VICTOIRES

De Nobuhiro Suwa

Borges decía que una novela es un cuento alargado. Si es cierto que la diferencia entre una novela y un cuento es la misma que entre un largo y un cortometraje, lo dicho por Borges queda comprobado en esta historia.

Un niño amante de los vaqueros se ha extraviado misteriosamente, y sus padres lloran su partida, aunque su madre, Juliette Binoche es la que más sufre. En un delirio de su imaginación, una madrugada, como un brote de su anhelo maternal, Juliette Binoche escucha la voz de su hijo gritando afuera. La escena que sucede cuando ella sale a la calle en busca de su pequeño es una de las más sorprendentes e impactantes que se haya podido conseguir en tantas películas sólidas y de de grandes propósitos.

Muchos directores se esmeran durante horas para alcanzar un momento clímax que condense el núcleo de sus historia, algo que aquí, con la versatilidad de Juliette Binoche y la sabiduría del director japonés Nobuhiro Suwa, se ha logrado con gran maestría y en pocos minutos.

En Place de Victoires se apela mucho a la sensibilidad del espectador. No hay abundancia de detalles, y la sobriedad y los elementos son necesarios para transmitir con plasticidad y limpieza todo ese caudal de emociones que suscita la película, en la cual —no lo pasemos por alto— Juliette Binoche sale airosa. De lo mejor que se ha hecho en el conjunto de París, yo te amo.

TOUR EIFFEL

De Sylvain Chomet

El título que más emblematiza a París, yo te amo es el de esta entrañable historia, una de las más divertidas de todo el conjunto, pero sin duda la más onírica y mágica.

Cuenta la historia de un niño, Jean Claude, de cómo se conocieron sus padres, dos mimos que circulan por la ciudad contagiando su buen humor a todo el mundo, hasta que, por un azar, ambos van a parar a la cárcel; luego se desencadena entre ellos un juego fantasioso y soñador, pleno de invención e ilusiones, las ilusiones que de seguro tienen los mimos.

Porque detrás de esta historia, que difunde imágenes chistosas y ensoñadoras, subyace un discurso más profundo, más crítico, un lamento por los incomprendidos, un clamor por aquellos que ríen y hacen reír a los otros, pero que a menudo nadie ríe con ellos. Un mundo donde cada vez se precariza la comunicación interpersonal, y donde somos absorbidos por nuestras propias falsedades. Un mundo que no concede resquicio alguno para el humor, la risa, el goce, que es por lo que aboga Tour Eiffel.

PARC MONCEAU

De Alfonso Cuarón

París sirve de escenario para describir el conflicto de Claire con su padre, un americano que ha venido a visitarla y va a cuidar al hijo de ella, su nieto.

Dirigida por Alfonso Cuaron, el mismo de Y tu mamá también y Harry Potter y el prisionero de Azkabán, Parc Monceau es una historia sin fuerza ni enganche. Una película que se pierde en el relato de la historia y no se detiene a examinar ningún detalle, ni le da un tratamiento inteligente a lo que sucede; es más bien convencional y, en ese sentido, no aporta en nada.

QUARTIER DES ENFANTS ROUGES

De Olivier Assayas

Lo más bello de Quartier des Enfants Rouges es la fotografía, de las secuencias en la noche y de Liz mientras va fumando marihuana, pero sobre todo las imágenes del París nocturno, colorido, expresión genuina y total de la auténtica Ciudad Luz.

La historia cuenta la estadía en París de Liz, una actriz americana que tiene a Ken como «proveedor» de hierba. Ambos retienen un amor tácito, inconfesable, que Ken, al final, le pondrá corona.

Quartier des Enfants Rouges se presenta como una historia ambiciosa, por la banda sonora, la fotografía, lo enunciativo de las escenas; al final, sin embargo, parece extraviarse dentro de sus propias pretensiones y no se traduce en algo interesante.

PLACE DES FÊTES

De Olivier Schmitz

Si las dos anteriores, Parc Monceau y Quartier des Enfants Rouges, no convencían, con Place des Fêtes, París, yo te amo en definitiva cobra fuerza, formidablemente. Sin duda, una de las mejores de todo el conjunto.

Un simpático joven de raza negra se enamora de una muchacha que es también de color, y en su afán por conquistarla ocurre un hecho que marcará la vida de ella para siempre.

El ingrediente de denuncia está presente de forma contundente en esta historia, además del notorio y saludable cariño que Oliver Schmitz, el director, tiene por la raza negra, que lo hace notar con fuerza.

Place des Fêtes conmueve, pues, casi hasta las lágrimas; la banda sonora se entremezcla con el relato trágico del joven que, desde su lecho, está viendo a la mujer que ama mientras con los ojos entornados le invita a tomar un café, acaso el postrero.

La película reclama del espectador muchos lamentos, por la cruel realidad del amor que llega tarde, por el racismo que está en todas partes, por la tristeza que nos da que una historia tan bella termine tan pronto.

PIGALLE

De Richard LaGravenese

Tras largos años de desgaste matrimonial, el barrio parisino donde florece el negocio del sexo es el ambiente que una pareja madura proveniente de Norteamérica escoge para una singular reconciliación, la de la casualidad forzada, la del disfuerzo, la de jugar a enamorarse por accidente.

Pigalle es una historia que en su momento provoca un factor de sorpresa, y es lo que genera interés. Se convierte en un relato de dos desencantados que, como si de un hechizo se tratara, descubren la magia que, sin advertirlo, puede tener la capital de Francia, y la atmósfera se torna cálida, y reina la calma y el encanto.

La dirige Richard LaGravenese, el mismo de PD, Te amo (que comentamos hace unas semanas), aunque aquí su estilo es distinto y, a diferencia de aquélla, ésta convence más.

QUARTIER DE LA MADELEINE

Vincenzo Natali

Surrealista como ninguna de entre todas las historias que París, yo te amo agrupa, Quartier de la Madeleine es entretenida y distinta de las otras. Si bien el tema del amor está más presente que nunca, los escenarios, los móviles del amor, los dramas personales, cobran un giro nuevo.

Elijah Wood, un joven turista americano que pasea por las nocturnas y desoladas calles del barrio de Pigalle, encuentra a una vampiresa, de la que se enamora y con quien quiere ir a beber, sangre, claro está.

La vampiresa es joven y bella, y su idilio se concreta entre colmillos, charcos de sangre y mordeduras de cuellos entre ellos mismos, como reemplazo de sus besos.

En Quartier de la Madeleine se le da un tratamiento particular a la estética y la fotografía. Es dirigida por Vincenzo Natali, autor de Cube, donde da muestra de una técnica propia, que en esta historia repite, pues Quartier de la Madeleine sí convence.

PÈRE-LACHAISE

De Wes Craven

Dos jóvenes americanos están de luna de miel en la Ciudad Luz. Emily Mortimer es romántica y soñadora, y camina por entre las tumbas de hombres célebres que descansan en el cementerio que da título a la película; Rufus Sewell, refunfuñón y racionalista, no entiende su afición inútil de avanzar por entre gente muerta.

Aunque la historia es medio bobalicona, vale la pena comentar la aparición de un Oscar Wilde en medio del panteón, vestido de la forma como sus más célebres retratos lo recuerdan. Su presencia hace hilarante la historia y la dota con algo de original, pues cabe pensar que, si no fuera por Wilde, sería sólo un cliché sin argumento.

FAUBOURG SAINT-DENIS

De Tom Tykwer

La forma, el estilo narrativo, es quizás lo más atractivo de Faubourg Saint-Denis: la manera como transcurre la historia, la voz en off de Melchior Beslon, las imágenes superpuestas, los protagonistas en medio del tumulto que va y viene, del mundo que no se detiene.

Melchior Beslon es ciego, y accidentalmente se enamora de Natalie Portman, ciudadana norteamericana, una aprendiza de actriz que empieza a debutar en el conservatorio de París y se enamora también de Melchior Beslon. Su relación es narrada a ritmo acelerado, con el dinamismo que genera la entremezcla de un joven ciego y sensible y una actriz desenfadada y extrovertida.

El sabor que deja al final la historia es el de un candoroso alivio, aunque también de la duda. En Faubourg Saint-Denis —qué duda cabe— Natalie Portman está formidable, por el brillo y la plasticidad en su papel, por su belleza, su aspecto, su carisma.

QUARTIER LATIN

De Gerard Depardieu

Dos ancianos esposos norteamericanos para los que la vida ha dado demasiadas vueltas deciden encontrarse en un café parisino. La oportunidad de que puedan reanudar su matrimonio está sobre la mesa donde aguardan brillantes dos copas de vino. El destino, sin embargo, les ha dado un mensaje claro: el no.

Gerard Depardieu, director de Quartier Latin, aparece también en la película, además de la siempre querida Gena Rowlands, que en este papel hace lo que debe, y lo hace bien.

Quartier Latin funciona, así, como una reflexión sobre lo que es realmente importante en el amor, y sobre cuándo vale la pena seguir amando

14E ARRONDISSEMENT

De Alexander Payne

Si Montmartre, la historia con que inició París yo te amo, no era quizás la más apropiada para ponerla al comienzo, 14 Arrondissement en definitiva sí es la que debe estar al final, por su fuerza persuasiva, porque es emotiva, rica e interesante.

Una mujer cuarentona viaja sola a París, desde Norteamérica, con la intención de sentir eso que tanto se dice de París. Su figura, personalidad, modo de pensar, no trazan, pues, el perfil de un amante de la Ciudad Luz, alguien más bien con perspectivas distintas, quizás intelectuales, artísticas, visionarias. Y eso hace interesante al personaje que muy bien interpreta la actriz Margo Martindale, porque sirve para reforzar que en París todos aman, que esa ciudad mítica, cuna de escritores y gente memorable, es donde se ama realmente, donde se vive en realidad. París no era sólo una leyenda inventada por franceses; París siempre es París.

El resultado final de París yo te amo es un mosaico variopinto donde se da cita una pléyade inconfundible de actores y directores que sin duda aman la Ciudad Luz, donde se encuentran todos —hartos norteamericanos, eso sí—, donde todos buscan algo, en conjunto, y donde la respuesta a todo parece ser una sola: el amor. En París.

Tito Jiménez

10
Jul

Juventud del Viejo Oeste

 

 David Von Ancken -  Duelo de Asesinos (Seraphim Falls, 2006)

 

La película Duelo de asesinos (Seraphim Falls) es un verdaderamente notable oeste, western, coboyada o cinta de vaqueros, como suele llamárseles indistintamente. Género cinematográfico por excelencia, el que describe la épica de la colonización y conformación de lo que hoy se conoce como los Estados Unidos de Norteamérica es también el género más universal de todos. Resistiéndose a la extinción total, vuelve a demostrarlo con este largometraje coproducido por la compañía de Mel Gibson y estelarizado por Liam Neeson y Pierce Brosnan.

 

Dirigida impecablemente por el televisivo David Von Ancken en el 2006, Duelo de asesinos relata una historia de venganza con un estilo que rinde un muy bienvenido homenaje a las colaboraciones que tuvieron lugar entre aquellos grandes del cine que fueron el realizador Anthony Mann y el actor James Stewart, que nos regalaron títulos como Bend of the River y Winchester 73.

 

 

Lo primero que se ofrece al espectador es el retrato de un superviviente, un fugitivo que lucha por su vida sorteando las acechanzas de un grupo armado compuesto por quienes parecen ser unos asesinos a sueldo y su contratante, interpretado por el siempre imponente Neeson.

 

 Una de las primeras sorpresas de Duelo de asesinos radica en la interpretación que del hombre cazado compone Pierce Brosnan, a priori tan creíble en una película del Oeste como podría haberlo estado, por sólo poner un ejemplo,  –y si la memoria no me falla, lo estuvo, aunque no vi la película—otro apuesto detective de la televisión, Tom Selleck; ya sea porque la calidad inmediata de su trabajo logra vencer cualquier prejuicio, o porque el efecto acumulativo de su obvia eficiencia termina haciéndolo impresionante.

 

 

 

Lo cierto es, finalmente, que el de Brosnan es no sólo uno de los mejores trabajos de su carrera, fuera de toda duda, sino que además el personaje que tiene a su cargo se beneficia aun de esa apariencia de inexpresividad o excesiva contención que lastraba sus papeles anteriores, para aquí servir como nunca a una puesta en escena que lo exhibe justamente como la encarnación de la locura vital de la frontera, una suerte de auténtico Robinson Crusoe que ni el mismísimo Daniel Defoe habría trasladado con mejor fortuna a la imagen de celuloide.

 

La peripecia de nuestro héroe o antihéroe empieza con él llevando una desventaja tal con respecto de sus perseguidores, que verlo superar todas aquellas dificultades recuerda el deleite de los lectores de Julio Verne y su formidable “Matías Sandorf”, para concluir con las referencias literarias. Este increíble hombre sin nombre, por el momento, se las tendrá que ver con sus enemigos amparado por la misma naturaleza que le es diversamente hostil, y por una inteligencia muy humana que le permite hacer un uso ideal de sus recursos físicos.

 

 

Observada al detalle, ésta es una de las partes más interesantes de Duelo de asesinos, y la etapa que cubre se prolonga hasta bastante más allá de su primer tercio. Es ya en esta fase de la jornada llena de penurias del capitán norteño Gideon (que tal puede ser la somera identificación del personaje de Brosnan), que el actor muestra unas dotes dramáticas que muchos en la audiencia considerarán impensables hasta el momento en que tengan la evidencia frente a sus ojos.

 

Siendo la película una crónica dura y llevada a cabo con incontestable oficio, no se termina, por supuesto, en las bondades que su figura central le obsequia a Brosnan en términos de una oportunidad interpretativa sabiamente aprovechada, ni en el retrato humano que gracias a aquélla traza con singular mérito.

 

 

Especialmente porque en una historia de venganza, y redención, como ésta, cuenta tanto un extremo como el otro. El grupo que persigue a Gideon es liderado por el coronel sureño Carver, un individuo enfocado en una misión que tiene unos asideros mucho más sólidos de lo que uno podría pensar en un inicio.

 

No estoy refiriéndome aquí a ninguna hazaña de originalidad, pues, y creo que se da por descontado, no hay nada nuevo bajo el sol, porque no es necesario y porque el género del Oeste se distingue por solazarse en una cualidad mítica que, de tan inherente que parece serle, prácticamente le otorga su carta de presentación y su razón de ser esencial.

 

 

 

El mérito de una buena historia de la frontera se encuentra en la elaboración que de elementos tan reconocibles por todo el mundo los cineastas de turno son capaces de ejecutar, con el resultado deseado de una originalidad que por sí misma no existe en la mayoría de las situaciones. Duelo de asesinos es una producción lo suficientemente lograda, vaya que sí, para regalar al género y a sus seguidores, que espero sean los cinéfilos de cualquier lugar, con nuevos bríos, con unos aires de renovación que no por ser espurios dejan de tener una legítima entidad.

 

Christian Doig    

02
Jul

Un pasado traumático

 

 

Craig Gillespie - Enemigo en Casa (Mr. Woodcock, 2007)

 

Con una escena de introducción, en la cual un grupo de niños y su instructor de educación física comparten un gimnasio con el fin de desarrollar una clase de baloncesto, Enemigo en casa (Mr. Woodcock, 2007) inicialmente recuerda mucho el drama o incluso los ribetes trágicos que matizan el contenido de algunas de las mejores comedias de la historia del cine.

 

El señor Woodcock del título aparece desde el principio como una suerte de vuelta de tuerca a la caricatura surrealista que magistralmente lograron R. Lee Ermey (actor) y Stanley Kubrick (director) en Nacido para matar (Full Metal Jacket, 1987), aquella cinta sobre el conflicto del Vietnam en cuya secuencia introductoria se hacía patente de un modo impresionante el infierno en el que consiste no ya cualquier guerra, sino el propio microcosmos bélico en el seno del ejército, como una bomba de tiempo o una corriente violenta en ebullición. Tal es el caso de lo descrito por Enemigo en casa en términos de una hilaridad sobria, con una puesta en escena concientemente esquivando los momentos irresistiblemente serios del asunto, mientras se apoya, irónicamente, en la seriedad de las interpretaciones del trío protagonista.

 

 

Si la película es considerada como un comentario a tener en cuenta acerca de los abusos cometidos por parte de los adultos responsables en contra de los niños que les han sido confiados, en particular acerca de los abusos cometidos en contra de los estudiantes con peor fortuna por parte de sus profesores y otras autoridades escolares en centros educativos alrededor de todo el mundo, es entonces que el tratamiento de su tema puede ser puesto en tela de juicio, desde una perspectiva que de manera inmediata incluso podría descartar el enfoque del género como carente de la validez necesaria para considerar lo delicado del conflicto real con alguna garantía ética.

 

John Farley (Seann William Scott) es un celebrado escritor de libros de autoayuda que recibe la noticia de que su pueblo natal desea hacerle el honor de su máxima condecoración. Luego, John viaja no solamente en un regreso a sus orígenes, sino también en una jornada que lo hará reencontrarse con su pasado. Y no estamos hablando de la dulzura de su madre (Susan Sarandon), precisamente. Nos referimos al novio de su madre: nada menos que el Sr. Woodcock, la pesadilla de su infancia.

 

 

El veterano entrenador, interpretado en gran forma por Billy Bob Thornton, no ha cambiado un ápice, por lo que su antigua víctima emprenderá una cruzada para separarlo de su madre. Conforme se sucedan los eventos, lo único que será evidente es que hacer que eso ocurra es prácticamente imposible.

 

La multitud de malentendidos y las torpezas de los personajes secundarios como el de Ethan Suplee (American History X) y Amy Poehler en el papel de la venal agente de John parecen obstaculizar los propósitos de nuestro protagonista mucho menos que la idiosincrasia de los ciudadanos y la propia inteligencia del viejo zorro.

 

 

En el marco del festival local, conocido como Mazorcarnaval, las diferencias entre Woodcock y un ya desesperado John consiguen que éste llegue a perder los papeles, y a tocar fondo, literalmente, ante el beneplácito de aquél y el desconcierto y la decepción de su aún inocente madre. Lo que sigue es una serie de escenas que atentarán con transformar el sentido de lo expuesto, y de alguna forma lo harán, aunque si se lo mira bien no será tan malo como puede parecer en un principio, ya que la eficacia de esta película se basa en su fluidez cómica, no en su mensaje psicológico o de lo que sea.

 

Enemigo en casa muestra que pese a lo tópico o convencional, un género tan difícil como es en verdad el de la comedia puede ser acometido con oficio y destreza, de tal forma que aun a veces las superficies equívocamente negativas de su ideal ligereza desaparezcan.

 

 

Dirigida por el prometedor Craig Gillespie (Lars and the Real Girl) con comedimiento, Enemigo en casa exhibe sus mejores virtudes, cómo no, en su reparto. El joven Scott no lo hace mal en el rol de John, pero son los ganadores del Oscar quienes predeciblemente se lucen en papeles que, al menos, no los conducen a hacer un ridículo imperdonable, como ha sido el caso en anteriores oportunidades de similares características. Ambos conservan su respetabilidad, y con holgura –hay que decirlo.

 

Christian Doig  

24
Jun

De Vuelta a lo Básico

 

Louis Leterrier - El Increíble Hulk (The Incredible Hulk, 2008)

De todos los superhéroes que pueblan el universo Marvel, el Increíble Hulk es uno que tal vez no merezca esa designación. El concepto detrás del gigante verde es bastante simple: un científico tranquilo que cuando se enoja se transforma en un monstruo que destruye todo a su paso. No es un héroe convencional; las autoridades lo cazan a cada minuto y muchos de sus colegas héroes tienen que enfrentarse a él repetidas veces.

 

Con los años, el personaje de Hulk se ha ido complicando: convertido en una suerte de Jekyll y Hyde, Bruce Banner ve como ciertos aspectos oscuros y agresivos de su personalidad se manifiestan a través de su alter ego gigante y a esto se suma la aparición de diferentes Hulks, producto de su subconsciente y cada uno reteniendo aspectos de su propia persona. Aún así, la idea central se mantiene simple.

Sin embargo, al dar el salto al cine en el 2003, Ang Lee cambió todo. Resulta imposible hablar de esta nueva entrega sin mencionar a su antecesora, un drama psicológico con Banner siendo una victima de abuso infantil. El estilo de Lee fue dinámico y novedoso para una película de cómic, pero los fans se dieron con un film largo y reflexivo que le quitó lo esencial a toda la vida: Hulk causando destrucción masiva sin parar.

        

Banner en Fuga

 

El Increíble Hulk, a la vez una secuela y una reinvención, ha decidido simplificar las cosas: Banner es un fugitivo de la ley, transformándose en el gigante verde sin control y con la única ayuda de su fiel novia Betsy Ross. Es, a la larga, una persecución extendida, y que decide antes que nada ser un leal tributo a la popular serie de los años 70, donde Banner y Hulk fueron interpretados por Bill Bixby y el físico-culturista Lou Ferrigno, respectivamente.

La influencia de la serie se siente no solo en la obligatoria aparición de Ferrigno, sino en una trama que sigue el mismo ritmo (no es casualidad ver a Edward Norton haciendo dedo en la carretera), con Banner perseguido por todos, siempre en movimiento e incapaz de estar en un solo lugar por mucho tiempo.

 

No existe mayor profundidad que esa – la tortura de Banner al tener un poder incontrolable está ahí, pero no tan pronunciada, pero lo cierto es que tener a bordo a un sólido actor como Edward Norton es suficiente para convencer. Considerando que cualquier actor pudo haber interpretado al científico, tener a uno de los mejores de su generación es un verdadero plus.

“¡Hulk Aplasta!”

 

Lo importante aquí es Hulk y de nuevo, los efectos digitales que lo traen a la vida son perfectos. No hay otra manera de hacer justicia a un gigante verde que con computadoras y resulta mucho más natural que pintar a un tipo musculoso de verde. El francés Louis Leterrier tiene experiencia en el género de acción (El Transportador es prueba suficiente) y trae bastante energía y estilo a un film que nunca se detiene.

        

Al ver a Hulk destruyendo tanques y helicópteros, eliminando a un grupo de comandos en una fábrica o destrozando toda una calle neoyorquina en la batalla final con el gigante Abomination, se tiene en frente una fiel adaptación del cómic, apelando a las características más saltantes del personaje.

Esta nueva entrega ciertamente toca el tema personal de Bruce Banner, pero casi con la misma profundidad que la serie o la historieta. A diferencia de Ang Lee, que trató de hacer algo distinto con el género de superhéroes, Leterrier y compañía han decidido simplificar las cosas y simplemente entretener al público, cosa que se logra si uno se deja llevar.

 

Lo más interesante de este nuevo Hulk es lo que promete: la aparición final de cierto magnate con una avanzada armadura da cuenta de lo que Marvel quiere hacer con sus filmes ahora que tiene directo control sobre ellos: unificar a estos personajes en un solo universo.

El día en que los Vengadores salten a la pantalla, es de esperar que Hulk tenga un gran papel. El Increíble Hulk es entonces una buena reintroducción a uno de los personajes símbolo de esta editorial, tan  dinámica como cualquier película de acción moderna pero al mismo tiempo un tributo nostálgico a una serie que encantó a muchos fans en su época.

 

Ernesto Zelaya Miñano

24
Jun

Un día de catástrofe

 

M. Night Shyamalan - El Fin de los Tiempos (The Happening, 2008)

 

Un misterioso virus que se propaga a través del aire provoca en los ciudadanos norteamericanos una instantánea tendencia autodestructiva que conduce al suicidio. Una amenaza colectiva devastadora que desata el pánico generalizado y que obliga a Elliot Moore (Mark Wahlberg), un profesor de ciencias, a buscar refugio junto a su esposa Alma (Zooey Deschanel), su amigo y compañero Julian (John Leguizamo) y la pequeña Jess (Ashlyn Sánchez), hija de este último. Junto a ellos, varios grupos de familias alarmadas deciden huir pues los rumores indican que el virus llegará pronto a sus ciudades.

 

Sin embargo, El fin de los tiempos, que en otros países de habla hispana se denomina El incidenteThe Happening es el título original—, es una película más de desastres, otra de las que al cine norteamericano contemporáneo le complace tanto repetir.

 

 

La dirige M. Night Shyamalan, el mismo de El sexto sentido, El protegido, Señales o La dama del agua, y aunque éste es un director con un estilo atrayente que ha logrado cintas que se podría calificar de ponderables, El fin de los tiempos no alcanza el nivel de penetración sicológica de El sexto sentido, ni la fuerza persuasiva de El protegido, ambas con Bruce Willis como fuerza tutelar.

 

El fin de los tiempos se torna más bien corriente, trivial, como si al director le hubiera llegado el momento en que no tiene nada nuevo que decir. Y es que la primera parte de la película es sugerente y promete mucho, pero conforme pasan los minutos la propuesta se empobrece, hasta convertirse en un desagradable cliché, repleto de frases hechas y lugares comunes, con una escena final que deja un desencanto respecto de lo que el film planteaba originalmente.

 

 

En El fin de los tiempos los personajes están opacos y no hay protagonistas que deslumbren. Mark Wahlberg, a quien vimos en El planeta de los simios en la versión de Tim Burton, no tiene un papel sobresaliente, y su protagonismo se reduce al de un héroe convencional defendiendo a su familia en medio del caos. Los otros personajes, en tanto, se limitan a cumplir su papel de actores secundarios nada memorables.

 

Lo que sí podemos rescatar de El fin de los tiempos es la fuerza conmovedora del instante en que la epidemia empieza a atacar a las personas. La forma como el virus se apodera del cuerpo y el cerebro de las personas, y la autodestrucción a que finalmente arriba contiene alguna simpática metáfora que conmueve y convierte en escalofriante el momento.

 

 

Una voz fuerte, pero tímida

 

Como otras películas de M. Night Shyamalan, ésta tiene un tinte apocalíptico, sólo que aquí el enfoque es interesante —y éste quizás sea el acierto de la película—, pues el virus que ataca a las personas, cuya causa se le atribuye a una fuerza nuclear, a un ataque terrorista de bombas químicas y hasta al propio gobierno norteamericano, tiene su origen en una respuesta que la naturaleza transmite al mundo, una contestación violenta al caos que genera la contaminación. Shyamalan expone, pues, su mirada ambientalista a través de esta alegoría que se llama El fin de los tiempos. Desde la primera imagen de la cinta, la de las nubes opacadas por un aire negruzco que las ensombrece, se da muestra de ello.

 

No por ello, sin embargo, El fin de los tiempos le hace frente a los agentes contaminantes, no examina con esmero el tema ni se detiene a cuestionar con énfasis aquello de lo que es conciente. Su mensaje es tibio, un tímido grito lanzado respetuosamente, sólo para saber si alguien puede escucharlo.

 

 

Por lo demás, El fin de los tiempos se pierde en una historia sensiblera, con secuencias innecesarias que distraen al espectador del tema principal —como la presencia de la anciana señora Jones, que de momentos pareciera ser más fuerte que la de los propios protagonistas—. Y, claro, con el siempre cautivador conflicto romántico de por medio, tan necesario en el Hollywood de nuestros tiempos, y tan obligatorio como para justificar algunas poderosas pretensiones.

 

Tito Jiménez Casafranca

24
Jun

Navidad en el estacionamiento

 

 

Franck Khalfoun - El Nivel del Pánico (P2, 2007)

 

Entre el suspenso, el terror y el estudio psicológico de una situación y sus dos protagonistas, El nivel del pánico (P2, 2007) es una cinta bastante lograda dentro de sus limitaciones. No es la montaña rusa que sus realizadores se propusieron que fuese, precisamente; sin embargo, las emociones que evoca surgen del contacto con un estilo legítimo, y su heroína esquiva no solamente las trampas mortales de la trama, sino también las superficialidades fatales que abundan en el género e incluso amenazan con hacerse presentes en esta película.

 

La joven y bella Angela (Rachel Nichols) vive para trabajar. Es la última en dejar su oficina durante la Nochebuena, después de una discusión telefónica con su jefe, las disculpas ofrecidas por un compañero de trabajo evidentemente interesado en ella, y la sensación de vacío que su rutina estresante le obsequia en recompensa. Nada de lo que uno se imagina en la vida de una mujer con las características aparentes –comprobadas hasta el hartazgo después, dicho sea de paso— de Angela existe: un novio que la quiera, una familia que la ampare en el sentido verdadero, unos amigos que la sostengan. Angela vive para trabajar.

 

 

Nostálgica de un momento de descanso y de los tiempos transcurridos sin las preocupaciones ni las prisas de una carrera hacia ningún lado, Angela decide emprender el viaje a casa de su hermana y disfrutar como todo el mundo de la paz y armonía que la Navidad significa; que ella tiene tantos derechos como los demás.

 

Al salir al estacionamiento subterráneo del edificio, su automóvil no quiere arrancar. Angela pide entonces la ayuda del solitario Thomas (Wes Bentley), guardia de seguridad que prácticamente vive en su oficina, una guarida adornada por las muestras de su típicamente americana admiración por Elvis y las gracias de su fiel Rocky, un perrito a quien la influencia de quien le da de comer no ha hecho nada bien. Porque Thomas, o Tom, tiene un problema.

 

 

En realidad, se trata de un psicópata, enamorado, cómo no, de la angélica muchacha, a quien somete con una sangre fría y una ingenuidad heredadas de Terence Stamp –pañuelo mojado en cloroformo incluido– en El coleccionista (The Collector, 1965), una de las tantas obras maestras de William Wyler. Cuando la pobre Angela despierta, se encuentra a sí misma a merced del guardia: encadenada a su escritorio, vestida con ropa sugerente, los labios pintados y el cabello rubio suelto: variante de la imagen de vulnerabilidad extrema representada por Janet Leigh ante otro muchacho solitario que, a su vez, también la invitó a cenar.

 

Así pues, la indecisa caracterización de Bentley, entre Stamp y el padre de todos los psicópatas criminales en el cine, Tony Perkins, no sorprende, no excita la curiosidad sino en función de sus acciones y las consecuencias funestas que puedan acarrear a la heroína.

 

 

Porque Angela, y esto no tarda en ser revelado en una progresión convincente, es una verdadera heroína, una superviviente dotada no solamente de las formas físicas que le han traído sus pequeños y peores problemas, pero también de la inteligencia necesaria para escapar a las garras de la muerte inminente que le espera dentro del edificio donde ha ejercido su labor hasta ahora. La contienda tipo gato y ratón que se establece entre secuestrador y víctima cobra matices insospechados cuando la oficinista saca a relucir sus armas mejor guardadas.

 

El espacio del estacionamiento también sufre una suerte de evolución, pasando de escenario propicio para las tendencias paranoicas de cualquier persona con un mínimo de imaginación, a teatro de los horrores, manchado de sangre al extremo de amenazar con salpicar a la audiencia; lo que no es exactamente un pecado exclusivo de El nivel del pánico, ni siquiera uno de sus defectos.

 

 

El efectismo de esas imágenes, tan propias del género en nuestros días, es superado por el oficio bastante redondo aunque a veces, muy pocas veces, decepcionante de los cineastas, que finalmente lo único que se han propuesto es plasmar un ejercicio audiovisual impresionante, sustentado en una buena idea, un guión bien escrito y las interpretaciones de sus jóvenes estrellas. El resultado, si no ideal o memorable, es un cuento terrorífico hecho a partes iguales de realismo y artificio, sensacionalismo y drama.

 

Christian Doig  

24
Jun

21: Ladrones Juveniles

 

Robert Luketic - 21 (21, 2008)

 

21 es una variante juvenil del género que me gusta llamar el de “ladrones con onda” (popularizado por, entre otros, Quentin Tarantino y Guy Ritchie): un grupo de carismáticos ladrones dan un gran golpe burlando a las autoridades, con planes tan descabellados que sólo podrían funcionar en las películas. Está basada en una historia verdadera, sobre un grupo de estudiantes de MIT que estafaron a casinos en Las Vegas por millones; el caso se encuentra detallado en el libro Bringing Down the House de Ben Mezrich.

 

Así, estos émulos jóvenes de Danny Ocean y su pandilla llegan a la Ciudad del Pecado a desfalcar a las mesas de blackjack con un sofisticado sistema de conteo de cartas: me encantaría poder explicarlo, pero mi facilidad con los números es prácticamente nula. De seguro hubiese disfrutado más del golpe si entendiese exactamente que es lo que hacen estos chicos (y como lo hacen), pero se me hizo un nudo. Al igual que en otros complicados golpes cinematográficos, lo mejor es simplemente asumir que las cosas suceden y disfrutar de las maquinaciones de todo el plan.

 

        

Sin embargo, la película no se trata de eso. Aquí es donde queda claro que se trata sólo de una ficción: es la historia de Ben, el genio que se dedica al conteo de cartas para ganar dinero para ingresar a Harvard. Es bastante obvio lo que va a suceder: Ben, un reprimido que no conoce la vida más allá de la sala de clases, los números y noches aburridas con sus dos amigos nerds,  es tentado por la vida fácil de Las Vegas, hasta que la realidad llega a romper sus ilusiones.

 

Esta historia de ascenso y caída se ha visto varias veces en el cine: con estrellas de rock, deportistas, y ahora, con estafadores. El único parecido que tiene este film con el caso real es el método de ganar millones en los casinos (los involucrados eran en verdad unos cerebritos asiáticos del MIT); Hollywood ha adaptado algunos detalles a su propia historia, sin olvidar, por supuesto, el final feliz de rigor.

 

 

Aún así, la fórmula funciona y en gran parte gracias al novel Jim Sturgess, joven actor inglés que resulta sólido transformando a Ben de un tímido nerd a un tipo confiado que está viviendo su vida a toda máquina por primera vez.  Sturgess tiene la suficiente cara de niño bien como para convencer al público, una apariencia angelical que se ha destapado este año en otros filmes, como el musical de los Beatles, Across the Universe, de Julie Taymor.

 

La experiencia de Ben apela a una fantasía que de seguro tenemos todos: ¿A quien no le gustaría ganar millones de dólares y poder salir de fiestas, comprar ropa cara y autos deportivos? Y mejor todavía, es un estilo de vida que nos permitiría cumplir metas académicas y profesionales. Viendolo así, es fácil dejarse llevar en el viaje de Ben y sus compañeros.

 

 

Sturgess es secundado por dos actorazos: Kevin Spacey y Laurence Fishburne traen su acostumbrada intensidad al film, el primero como un profesor de no muy santas intenciones y el segundo como un matón de la vieja escuela de Las Vegas, que conoce todos los trucos y no se anda con bromas (aunque es bastante taimado; considerando que es un film juvenil, difícil esperar los brutales métodos anti-ladrones de películas como Casino). Es interesante ver a este vestigio de películas de Scorsese, atrapado en una visión moderna e inofensiva de una ciudad que alguna vez fue llamada “Disneylandia para la tercera edad” y sintiendose plenamente fuera de lugar.

 

El resto de la pandilla cumple con lo suyo, aunque resulten estereotipos: un chistoso, un tipo celoso, rival del héroe y otra fémina que evita el desborde de testosterona, pero son secundarios anónimos. El enfoque se mantiene en Ben, su obvio romance con una de sus atractivas compañeras y su aún más obvia búsqueda del camino correcto.

 

 

Todo podría parecer predecible y sacado de incontables dramas que siguen la misma estructura, hasta que la película saca de debajo de la manga un divertido giro (aunque esperado, si se tiene experiencia con estas cosas) que nos recuerda que sigue siendo una película sobre estafadores y ladrones con estilo.

 

21 es entonces un film entretenido, que compensa sus falencias con buen humor, buenos actores y una buena banda sonora. El género de ladrones, a pesar de repetirse varias veces, siempre hace las cosas con suficiente estilo que uno lo acepta; y los robos casi siempre son fascinantes, como el conteo de cartas de este grupo de mocosos. Todo lo demás será ficción, pero esto es algo que sucedió y que más de algún adepto a las matemáticas seguramente querrá intentar. No es un film que reinventa su género, pero está bien para pasar un par de horas.

 

Ernesto Zelaya Miñano

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