Festival de Lima 2010 – Un Balance
Por César Guerra Linares – Coeditor CINERASTAS.
“En este balance escribiré en torno a lo que me dejó el XIV Encuentro Latinoamericano de Cine -Festival de Lima. En general, debo decir que ésta no ha sido una de las mejores ediciones del festival a las que haya asistido en lo que a cantidad, variedad y calidad de películas se refiere y esto porque en citas anteriores hubo porcentualmente un mejor nivel de películas exhibidas tanto en las competencias oficiales como en las muestras paralelas. Sin embargo, hubo un puñado de títulos entre buenos, muy buenos y un par de grandes películas de las 37 que pude ver durante la edición festivalera. Comenzaré por las películas que más me gustaron entre éstas quiero destacar primeramente Vidas Secas de Nelson Pereira Dos Santos, que formó parte de la sección Espacio Filmoteca.
En el año 2001 el por entonces V Encuentro Latinoamericano de Cine hizo una breve muestra de la obra de este notable director brasileño que como muchos saben perteneció a lo que se dio en llamar en Brasil como Cinema Novo, que fue un movimiento renovador del cine de fines de la década de 1950 y 1960 (a partir de mediados de la primera y de la totalidad de la segunda) no sólo de ese país sino de Latinoamérica en su conjunto. Vidas Secas, una gran película sin duda y está entre las mejores cintas latinoamericanas de todos los tiempos.
La organización del festival tuvo el acierto de exhibir la retrospectiva completa del gran director y comediante francés Jacques Tati, si bien su filmografía consta de seis largos y tres cortometrajes es suficiente para confirmar al maestro francés como uno de los mejores comediantes de todos los tiempos por su originalidad e inventiva así como uno de los más grandes cineastas del cine francés; los adjetivos expresados a su labor como comediante se aplican perfectamente a su obra como director. En la retrospectiva pude ver Traffic una de las dos cintas que me faltaban ver de su filmografía, y fue una experiencia gratísima ya que muestra al Tati comediante y director en la mejor de sus formas; es un filme muy ingenioso, cómico, de un humor corrosivo y lleno de una crítica ácida a la sociedad francesa y a la sociedad en general del llamado primer mundo y todo esto sólo con imágenes y escasos diálogos, una maravilla. Lamentablemente no pude ver Parade por motivos de tiempo, la otra cinta faltante para completar la visión de su obra total.
Sin embargo, la retrospectiva se vio empañada por la mala exhibición de las películas en la salas, debido a los diferentes formatos que tenían las cintas de Tati sobre todo de las décadas de 1940 y 1950 respecto de las pantallas de las multisalas de la cadena Cineplanet; el problema principal radicaba en que el formato de los écranes cortaba partes de las cabezas de los actores y había varias secuencias en que sólo se veían las caras de la nariz para abajo y en otras del mentón para abajo. Hechos similares ocurrieron el año pasado con la retrospectiva de Alain Resnais, es lástima que los organizadores no hayan evitado el descuido del año pasado y corregido tamaño error, espero que el próximo año no ocurran situaciones similares para beneficio de los espectadores.
En la denominada sección Semana de la Crítica de Cannes vi dos muy buenas películas Armadillo de Janus Metz y Belle Épine o Dear Prudence – como era el título que figuraba al iniciarse el filme – de Rebecca Zlotowski. La primera es un documental filmado con todas las técnicas que la ficción puede ofrecer, es decir, un trabajo con una puesta en escena en la que los movimientos de cámaras (travellings, paneos), planificación, encuadres, enfoques, desenfoques, la iluminación, entre otros aspectos propios de la ficción fílmica están al servicio del documental. Armadillo es un documental de ficción sobre soldados holandeses e ingleses que han sido enviados a Afganistán y están acuartelados en el fuerte llamado Armadillo. Es un documental de guerra filmado como si fuera stricto sensu una película de ese género. Muestra además el día a día de los soldados, su cotidianidad, rutina, tiempos libres y entrenamientos, en otras palabras los filma tal cuales son sin ambages ni maquillaje alguno y expone sus opiniones acerca de lo que están viviendo en esos momentos, en crudo, con toda la adrenalina. Armadillo está filmado con garra, determinación y fluidez.
Belle Épine o si se traduce Bella Espina es una ópera prima que me resultó una grata sorpresa dentro de esta muestra y del festival en su conjunto, la directora francesa filma las venturas y desventuras de Prudence una joven de 17 años que quiere vivir al límite y que busca disfrutar al máximo su vida; el estilo de la película se asemeja en algo al de los hermanos Dardenne por el uso de la cámara al hombro y la premura de los tiempos en que se manejan sus personajes pero sobre todo me hizo recordar al cine de Maurice Pialat específicamente en algunos pasajes a Loulou y a À nous Amours, dos notables películas, y ello por el verismo y crudeza con que Rebecca Zlotowski retrata a sus personajes.
En la sección llamada Secretos y Tesoros de Latinoamérica hubo una película que sobresalió por sobre las demás y esa fue la argentina Vikingo de José Celestino Campuzano, la historia de Vikingo cuenta la vida de los motociclistas, llamados en Argentina motoqueros, de las zonas populares del Gran Buenos Aires, en especial la del protagonista de nombre Vikingo así como de l otro personaje principal llamado Aguirre. El valor de este filme reside en el estilo amateur en que se presenta, entiéndase amateur en el mejor sentido, quiero decir en la manera espontánea, desaliñada, en bruto en que son presentadas las situaciones y acciones en que participan los protagonistas y los demás personajes.
No es una película que busque agradar en lo absoluto y menos complacer al público bienpensante, por el contrario quiere mostrar una realidad áspera y dura pero verídica al fin y al cabo. Si bien no está cerca de ser perfecta pues tiene algunos desniveles en algunas actuaciones y en el guión, es una película auténtica y fresca dentro del panorama no únicamente del cine argentino sino latinoamericano en general. Ojalá Campuzano siga entregando filmes que oxigenen al cine latinoamericano de tantas impostaciones y lugares comunes, que se echan de ver en muchas de sus realizaciones.
En la Competencia oficial destacaron en un primer grupo las siguientes películas sin orden de preferencia: Alamar de Pedro González Rubio, Carancho de Pablo Trapero, Norteado de Rigoberto Perezcano, Paraíso de Héctor Gálvez y Rompecabezas de Natalia Smirnoff. En un segundo grupo rescato Agua Fría de Mar de Paz Fábrega, Navidad de Sebastián Lelio y Octubre de Daniel y Diego Vega.
Alamar fue la cinta que más me gustó de la Competencia Oficial de Ficción. Alamar no es netamente una obra de ficción porque mezcla el registro documental e imágenes de archivo tanto fotográficas como de vídeo con la historia que Pedro González Rubio relata. La historia se articula sobre personajes y hechos reales, es decir, los personajes que aparecen frente a nosotros en la pantalla se llaman igual y son los mismos fuera de ella. Es un filme que se mueve en esa delgada línea que desde hace varios años se ha dado en llamar documental de ficción (docuficción) o ficción documental. Lo que hace a esta película muy preciada para mí es el trabajo sutil con que se trabaja la relación entre un padre (Jorge) y su hijo (Natan) – relación paterno-filial en la ficción y en la realidad. Sabemos que el tiempo de reunión de estas dos personas o personajes según se quiera está marcado por lo efímero y que cada día y hora que pasan juntos quizá sean los últimos en los que se podrán ver si no definitivamente sí por un tiempo prolongado. Gonzáles Rubio sabe y por ello logra captar momentos reveladores y únicos en la interrelación de estos seres. Y entre estos momentos está uno que muchos críticos y espectadores han señalado y es la secuencia en la que aparece en escena la garza blanca de nombre Blanquita, que empieza a interactuar con Jorge y Natan revelándose así las reacciones de ambos de igual manera que las situaciones espontáneas que se suscitan.
La sección documental tuvo como puntal a la cinta paraguaya Cuchillo de Palo de Renate Costa; luego la muy buena película Moscú del maestro brasileño Eduardo Coutinho; asimismo Nostalgia de la Luz de otro maestro del documental el chileno Patricio Guzmán; y por último el muy interesante trabajo titulado Entre la Luz y la Sombra de la directora brasileña Natalia Burlamaqui.
Finalmente, como señalé líneas arriba acerca del puñado de películas que me interesaron por diversos motivos, en este párrafo no puedo dejar de mencionar que hubo otras que estuvieron entre lo más flojo del festival, felizmente no vi muchas porque evité algunas que en una primera instancia no llamaron mi atención. Fueron las siguientes: José Martí, El Ojo del Canario de Fernando Pérez, Retrato de un Mar de Mentiras de Carlos Gaviria y La Mosca en la Ceniza de Gabriela David si bien esta última no es una nulidad pues tiene algunos momentos y secuencias de interés se ve lastrada por un discurso de crítica social subrayado más que por lo que se dice por lo que se muestra lo que la vuelve aleccionadora y rayana en lo políticamente correcto.
Este ha sido un recorrido-balance general de lo que representó para mí esta última edición del XIV Encuentro Latinoamericano de Cine – Festival de Lima, no fue en conjunto uno de los mejores como dije al inicio pero sí dejó obras de mucho interés y calidad espero el que próximo año aumente la cantidad de películas y que ello venga acompañado asimismo de la calidad de las mismas y que no se vuelvan a cometer los errores y descuidos expuestos anteriormente.”
JLG: COGITO ERGO VIDEO
¿Cuándo nace una idea? ¿Hasta dónde remitirse en busca de la génesis de Histoire(s) du
cinéma? La(s) historia(s) posible(s) son muchas. Una, efectiva, arranca en 1988 con la
producción de los dos primeros capítulos de la serie y se cierra, siempre
provisionalmente, en 1999, con la emisión en Canal+ de la serie completa, una primera
edición en video VHS, su recopilación en formato libro y la publicación de la banda de
sonido. Otra historia, la de la germinación, se remonta diez años atrás, hasta 1978,
cuando, tras la muerte de Henri Langlois –el fundador de la Cinémathèque Française–
Godard acepta una proposición para dar una serie de conferencias en Montreal en las
que ofrecer su particular visión de la historia del cine en un programa libre, no
cronológico, basado en una dialéctica construida según el principio del montaje
cinematográfico. Esas conferencias quedarán recogidas en un libro y serán la base de la
que se puede considerar, sin temor a errar, su obra culminante. Una summa
fragmentaria, errática, derivativa, excesiva, monumental; que funciona a modo de
páginas de la historia, álbum de memoria, instrumento de pensamiento y exorcismo
personal. Lanzada en todas las direcciones, constituye el particular “libro de los pasajes”
de Godard, su propio “museo imaginario”.
Pero quizás todo empiece un poco antes, en una cama de hospital y como fruto de un
desencanto. En 1971, Godard convalece durante meses de un grave accidente de
motocicleta que a punto está de acabar con su vida. En soledad, empieza a vislumbrar
la desaparición del espíritu del 68, preludio sin duda de la huída del camarada Jean-
Pierre Gorin rumbo a California. Es el final de los “años Mao”. A la convalecencia física
–a pesar de la cual consigue sacar adelante, todavía junto a Gorin, Tout va bien (1972) y
Letter to Jane: An Investigation About a Still (1972)– le va a seguir, después de muchos años
de ininterrumpida actividad, la convalecencia cinematográfica. Desde mediados de
1972 y hasta 1975, Godard no filma.
Entre tanto, se ha producido un encuentro acaso fundamental para entender lo que
sigue. Godard ha conocido a Anne-Marie Miéville, fotógrafa de plató en Tout va bien y,
como él, suiza emigrada a Francia. Godard y Miéville, necesitados ambos de encontrar
algún lugar, se encuentran mutuamente e inician una relación perdurable fundada en
largas conversaciones, infatigable correspondencia y, finalmente, convivencia personal y
creativa.
Con Anne-Marie Miéville, Godard sopesa la necesidad de reconsiderar su cine, de
reinventarse. Lo hará desde el video, un nuevo método que le permite controlar todo el
proceso de producción del film y, sobre todo, le ofrece nuevas herramientas para pensar
el trabajo del cine de otra manera. El campo de experimentación será Ici et ailleurs
(1974), reconstrucción final de los fragmentos de la película que debía titularse Jusqu’à la
victoire. En ella, Godard puede recobrar el espíritu de Vertov (que, después de todo, daba
nombre al colectivo con el que realizó buena parte de su obra en los años
inmediatamente anteriores) para investigar, sobre todo, en el montaje y las relaciones de
banda de imagen y banda de sonido. Desde Ici et ailleurs el trabajo sobre el par
dialéctico, la asociación de dos elementos alejados que se encuentran en un intervalo en
el que nace la idea va a ser el dispositivo central de trabajo. Será esa la idea directora de
Histoire(s) du cinéma.
Sin embargo, para ser justos, hay que admitir que la semilla de Histoire(s) du cinéma, si
bien en un estado francamente embrionario, ya estaba plantada. A tenor de lo que
explica Michael Witt1, la idea, o más bien la necesidad, surge hacia 1967-68, es decir en
el principio de los, así denominados, “años Mao”. En esa época Godard empieza a
concebir la necesidad de confrontar su mirada con la de los maestros a fin de encontrar
en la historia del cine las herramientas para aprender a filmar mejor. La idea cuaja
provisionalmente en un proyecto que Godard propone a la RAI poco después de rodar
Lotte in Italia (1970). Durante esos años, recuerda Witt, Godard sistematiza el trabajo con
imágenes fijas sometidas a diversas manipulaciones, como se observa en La Chinoise
(1967) o los Ciné-Tracts (1968). Letter to Jane supone un primer límite de ese dispositivo.
En plena vorágine política, mano a mano con Gorin, Godard continúa trabajando en el
citado proyecto bajo el título provisional de Histoire(s) du cinéma. Fragments inconnus d’une
histoire du cinématographe. Las huellas persisten en el proyecto no realizado de Mes films y se
olfatean hasta el también frustrado Moi Je (1973). En estos últimos estadios se aprecia
claramente la imbricación de historia del cine y autobiografía, declinación en primera
persona propia del ensayo que al final habrá de perfilar los contornos de la obra
definitiva.

En cualquier caso, el video permite a Godard ahondar en esa vertiente ensayística que
su cine había apuntado desde siempre. La referencia parece ser Montaigne, faro de
cierta modernidad, y el procedimiento será el del repliegue íntimo y el trabajo desde el
taller. El citado taller se instala provisionalmente en Grenoble y funciona a modo de
pequeña sociedad de producción. Recibe el nombre de Sonimage. La condición
artesanal, una cierta manualidad en el trabajo sobre las imágenes así como la escritura
en soledad, aparecen como claves para entender las Histoire(s).
En 1975, Numéro deux se presenta como el nuevo punto de partida de la obra de Godard,
una manera de retomar muchos años después À bout de soufflé (1960) para realizar otra
vez un “primer” film. La reflexión ética y política se sitúa sobre el plano de la imagen y
la comunicación, se acentúa el aspecto metalingüístico y se pone a punto una dimensión
pedagógica que se desarrolla en Comment ça va? (1976) y aflora totalmente en Six fois deux
(Sur et sous la communication) y France tour détour deux enfants. Las últimas son emisiones
televisivas concebidas entre 1976 y 1979 por Godard y Miéville como alternativa al flujo
impersonal de las cadenas habituales. Godard piensa la televisión como manera de
volver a mirar a su alrededor y entablar un diálogo con lo real y el espectador. A través
del video Godard y Miéville construyen un discurso de precisión sobre el tiempo, los
ritmos y la cualidad de los gestos de los cuerpos en el marco de un cuestionamiento
radical de las dinámicas de transmisión y comunicación interpersonal.
La repercusión de tales propuestas será nula, reducidas por los programadores a
residuales experimentos de cinéfilo y recluidas, como quedan, en horarios intempestivos.
Godard, decepcionado provisionalmente de la televisión, deberá retornar a su casa
original, la del cine. La siguiente serie que Godard realizará para la televisión será ya
Histoire(s) du cinéma.
Pero antes se ha producido, por así decir, otro retorno al hogar. Godard y Miéville,
cansados de Grenoble, vuelven a Suiza e instalan su casa, su taller, en Rolle, a orillas del
lago Léman. Allí, en un territorio casi fronterizo, en un entredós, encontrará Godard el
espacio natural desde el cual articular su discurso.
Desde 1979 y Sauve qui peut (la vie), encontramos a Godard de vuelta al cine, pero el
video, lejos de quedar por el camino, entra en relación de promiscuidad en el circuito
creativo de Godard. Donde el cine se muestra como creación, el video se ofrece como
necesaria herramienta de reflexión sobre el gesto creativo. Esto es lo que muestran los
sucesivos Scénarios de Sauve qui peut (la vie), Passion y Je vous salue, Marie2, avatares en forma
de boceto, nota o apólogo de una obra abierta y en proceso.
Aparte del tronco principal de su obra, el taller godardiano no deja de generar piezas
adyacentes, por encargo o aprovechando la ocasión, que vienen a engrosar un edificio
repleto de estancias y pasajes. Entre ellas destaca Grandeur et décadence d’un petit commerce de
cinéma (1995), realizada para TF1, en la que Gordard articula la idea de duelo y transita
por el cine como quien transita entre muertos. Esta idea órfica, esta necesidad de mirar
atrás, como el Angelus Novus de Benjamin y Klee, en marcha hacia el futuro pero con la
cabeza vuelta en medio de las ruinas –las del cine, las de la historia–, articula un
discurso que crecerá en imprevisibles direcciones con las Histoire(s).
Y así se llega hasta 1988, nuevo año cero para la serie. No obstante, es necesario
remontarse de nuevo a la década anterior para entrar en precisiones sobre la primera
formulación de lo que llegaron a ser las Histoire(s) y dilucidar el papel que en ello juega
Henri Langlois, el creador y patrón de la Cinémathèque Française. Godard, como la
mayoría de los cineastas de la Nouvelle Vague, conoció y vivió el cine de la mano de
Langlois. A través del cine, y en la Cinémathèque, encontró una manera de relacionarse
con la historia y con la realidad. Godard entiende, con Langlois, que el cine escribe la
historia que en él se inscribe, que es el arte del siglo XX atravesado por los poderes del
dinero y la ideología pero aún numinoso en cuanto a la función de “saber”, de conocer
el mundo más allá del entretenimiento y la barraca de feria. Tras Langlois, Godard verá
la necesidad de salvar las imágenes y ponerlas a dialogar para salvaguardar la memoria
de todo un siglo: el siglo del cine y el del Holocausto.
Godard y Langlois: la historia nos los muestra hacia diciembre de 1976 reunidos en
torno a un proyecto común para desarrollar una historia del cine realizada desde y con
las imágenes, para ser estrenada en cine y distribuida en video. Contaban con el
patronazgo de Jean-Pierre Rassam, hombre de la Gaumont tan decisivo para el Godard
de los setenta como lo será su empresa para el proceso de las Histoire(s). La inmediata
muerte de Langlois, en enero de 1977, frustrará enseguida la colaboración. Sin embargo
el germen arraiga esta vez de manera poderosa. Quizás, la idea de duelo, el tono
elegíaco que tiñe la lectura por Godard de la historia del cine, tengan que ver de
manera especial con la desaparición del maestro.
Muy poco después, Godard, de paso por Montreal, recibe la propuesta de Serge
Losique para que sustituya precisamente a Henri Langlois que, durante años, ha
impartido unos célebres y muy personales cursos de historia del cine en esa ciudad.
Godard acepta tomar el relevo de Langlois y preparar una serie de conferencias que
deben ser la base de un proyecto más amplio hacia “Una verdadera historia del cine y la
televisión”.

Desde el otoño de 1978, Godard comienza el ciclo de conferencias –catorce en total– a
razón de dos por semana. La idea de Godard es mostrar proyecciones simultáneas sobre
dos pantallas y trabajar de este modo su pensamiento sobre el intervalo y la
yuxtaposición. Sin embargo, razones de orden técnico y logístico acabarán reduciendo
estas conferencias al formato habitual de proyección + discusión, lo que en opinión del
propio Godard escora las discusiones hacia el estilo cine-club.
Igualmente, las expectativas respecto a la realización de una serie audiovisual sobre la
historia del cine deberán rebajarse. Al ambicioso bosquejo inicial, concebido como
primera etapa de una investigación sin límite en formato de coproducción entre
Sonimage y el Conservatorio de arte cinematográfico de la universidad que le acoge, le
sucede un dibujo más ceñido (y similar al resultado final muchos años después) para una
serie en diez capítulos producidos por el INA. La mitad de los capítulos corresponde al
cine mudo y la otra mitad al sonoro. Concebida para ser realizada en video y emitida
por televisión, debía ser fruto de la colaboración con Anne-Marie Miéville según el
modelo de las series coetáneas que produce la pareja por aquellas fechas. Poco después,
el proyecto vuelve a escorarse hacia una serie de ocho capítulos, organizada por cines
nacionales y con el objetivo adicional de llegar a través del mercado del vídeo como
herramienta para el mundo académico.
Finalmente, del ciclo de Montreal surge de manera efectiva una publicación que recoge
las conferencias y algunas imágenes. La primera edición de Introduction à une véritable
histoire du cinéma (1980) deja insatisfecho a Godard, que ha trabajado sobre la selección y
composición de las imágenes que acompañan al texto. Habrá una segunda edición años
más tarde, que contará con el beneplácito y algunos añadidos de Godard. En cualquier
caso, el libro se muestra como puerta de entrada a lo que será el proyecto final y
anuncia parte de la idiosincrasia que llevará a Histoire(s) du cinéma a ser publicado
también en formato de libro en cuatro volúmenes.
Lejos ya de Montreal, Godard persigue el espectro de las Histoire(s) y de Langlois en su
intervención en el congreso de la FIAF en Lausana, donde reafirma sus convicciones
sobre la necesidad de llevar a cabo una historia del cine pensada desde el montaje de las
imágenes y los sonidos del propio cine. Una nueva oportunidad se le presenta en 1981,
cuando la Rotterdam Arts Foundation le ofrece realizar un ciclo de conferencias similar
al de Montreal, de nuevo con la voluntad de obtener una serie en formato video.
Godard realiza experimentos de yuxtaposición de imágenes del cine mudo, sonoro y de
su propio cine. La acogida no es muy halagüeña y problemas de diverso tipo acabarán
dando al traste con el proyecto inmediato.

Sin embargo, el vigor de las ideas es ya muy poderoso, la maduración del deseo
constante. En 1984, la recién creada cadena de pago Canal+ firma un contrato con
Godard para la realización de diez episodios de las Histoire(s) du cinéma. Cuenta además
con el apoyo de George Duby, prestigioso historiador y presidente de La Sept, y el
espaldarazo, acaso definitivo, de Nicolas Seydoux, presidente del poderoso gigante
Gaumont, que asegura la producción y distribución de la serie, además de la lidia con el
espinoso asunto de los derechos de las imágenes.
Este ambiente le permite a Godard llevar a cabo los dos primeros episodios, 1A (Toutes
les histoires) y 1B (Une histoire seule) de una serie que apunta, en este momento, a diez
capítulos, tal como se deduce de la entrevista que Serge Daney le hace para Libération. A
lo largo de los ochenta, Godard había trabajado en diversos bosquejos de los capítulos,
que incluso pudo llegar a mostrar en público, y, si hay que creer a Alain Bergala, llegó a
tener capítulos enteros realizados. De cualquier manera, lo avatares creativos responden
al espíritu de la serie, concebida como obra abierta, work in progress siempre susceptible
de permanentes cambios y que, aún después de su finalización más o menos oficial,
hacia 1999, se abre a modificaciones, prolongaciones y derivadas: véase De l’origine du
XXIe siècle (2000) o Moments choisis des Histoire(s) du cinéma (2004).
Las versiones iniciales de los capítulos 1A y 1B se presentan en el Festival de Cannes de
1988. Canal+ las programa al año siguiente. Diez años después, una vez la serie llega a
su última versión conocida, dichos capítulos habrán variado sustancialmente, por más
que conserven los temas y estructuras. En 1988 Godard piensa todavía en diez capítulos
y entrevé la necesidad de unos diez años para culminar el proyecto. No errará en la
previsión, aunque por el camino el número de capítulos quedará reducido a 8,
agrupados en cuatro secciones.

Obra de repliegue, concebida desde la soledad ensayística y el retiro de Rolle, Historie(s)
du cinéma no es sin embargo la única ocupación de Godard que, entretanto, sigue
rodando, y mucho. Y, se diría, que alguno de esos trabajos orbitan bajo la fuerza
gravitacional de la obra magna y centro de interés principal del director.
En 1991 recibe un encargo de Antenne 2 para realizar un programa sobre la soledad.
Godard elige resucitar a Lemmy Caution para hacerlo errar por la Alemania resultante
de la caída del muro, entre el terreno baldío de un Este convertido en fantasma y un
Oeste capitalizado por la cultura y el dólar americanos. El resultado, Allemagne neuf zéro,
funciona a modo de anexo a las Historie(s) en tanto aborda desde las ruinas los parajes de
un esplendor imaginario –el de la Alemania del expresionismo– y de la apoteosis de la
perversión ideológica de la imagen –el nazismo–. El cine alemán viene a unirse de esta
manera a los cines americano, soviético e italiano, que conforman, junto a la Nouvelle
Vague, el eje central de las reflexiones godardianas.
En 1993, Les enfants jouent à la Russie, ofrece a Godard la posibilidad de visitar los restos
del naufragio soviético y reformular las imágenes de su historia y de su cine de la mano,
entre otros, de André S. Labarthe o Bernard Eisenschitz. Debe recordarse que en Rusia,
y entre los soviéticos, Godard encuentra sus padres tutelares en lo que respecta a un cine
fundado en el montaje como operación dialéctica del pensamiento y, muy
especialmente, y entre todos ellos, es Vertov la figura a convocar.
Durante el tortuoso proceso de Historie(s) realiza también Deux fois cinquante ans de cinéma
français (1995), contribución a una serie que revisa la historia del cine por encargo del
British Film Institute. Esta vez trabaja junto a Anne-Marie Miéville, a la que
reencuentra tras un paréntesis doloroso en el que Godard ha realizado el que es, quizás,
el complemento esencial de Historie(s), JLG/JLG. Autoportrait de décembre (1995). Con éste,
Godard culmina en cierta manera su viaje retrospectivo alrededor de la habitación –por
más que ésta se extienda a la casa de Rolle y cercanías– y en torno a los hilos
entrelazados que tejen historia personal, historia del cine e historia del siglo.

Histoire(s) du cinéma prosigue su camino aunque de manera pausada. En palabras de
Jacques Aumont3 es para Godard como el diario para el escritor, la tarea a la que se
entrega con gusto una vez concluido el fatigoso ajetreo del quehacer cinematográfico
oficial. De 1989 a 1993 parece que no hay trabajo efectivo visible aunque sí noticias que
afectan al desarrollo del proyecto. Entre las importantes figura el empeño del ministro
socialista Jack Lang en crear un Centro de Investigaciones sobre cine y video que parece
concebido a modo de laboratorio para la obra de Godard. Al menos así lo entiende éste
último, que vislumbra la posibilidad de edificar un taller en el que las Histoire(s) podrían
se objeto de trabajo artesano. El centro, llamado Périphéria, nace junto a un acuerdo de
Godard con la FEMIS y el Centro Nacional de Cinematografía para realizar el
proyecto, así llamado, Historie(s) du cinéma: suite et fin. Se prevé que los alumnos de la
FEMIS tengan una participación activa en el proyecto. La localización del centro debía
ser el Palais de Tokyo pero la remodelación del espacio para su acondicionamiento
como futuro museo de arte contemporáneo de la ciudad harán imposible el sueño. El
resultado es que, si bien el centro no funciona, el acuerdo resulta fructífero ya que
Godard conseguirá acabar la serie y la FEMIS, CNC y Périphéria figuran como
productores de los subsiguientes capítulos junto a Gaumont.
En 1998, tras cinco años más de intenso trabajo, siempre en el fragor de una obra
multiforme y en continuo crecimiento, Godard presenta la versión “definitiva” de
Histoire(s) du cinéma. Finalmente los diez capítulos previstos se quedan en 8, agrupados en
cuatro secciones, con una duración total aproximada de 4 horas y media. Se trata de un
cofre de videos VHS publicado por Gaumont acompañado de un libro en 4 volúmenes
que editan Gaumont y Gallimard. En 1999, la serie se emite por Canal+ y ECM edita
la versión CD de la banda de sonido.
Entre los dispositivos conjurados quedan la rememoración, el salvamento, las imágenes
encontradas en el purgatorio, entre cielo e infierno (ese espacio intermedio tan querido
por Godard) y, finalmente, la autobiografía o, mejor, el autorretrato. Godard –su voz, su
imagen, su palabra, su cine– se confronta con ese depósito de memoria y, como Virgilio
en las vísperas de su muerte, como Dante en medio de la selva oscura, se lanza a un
viaje errante guiado por grandes líneas y relaciones puras de pensamiento, que permiten
releer su cine en la relectura de la historia. Su voz cavernosa conduce el discurso pero
son sus manos las que dirigen. Las manos producen, las manos escriben y pulsan una
máquina de escribir devenida, por momentos, en máquina de guerra. Quien haya visto
Scénario du film Passion sabrá lo que significa para Godard no sólo el gesto manual sino el
hecho de postularse como director de orquesta. Los que conozcan Éloge de l’amour (2001)
no tendrán dudas acerca del carácter sinfónico de su trabajo de compositor-director.
Godard dispone un nuevo Museo Imaginario más allá de Malraux. Tras éste último,
entiende que los medios de acceso al conocimiento por el arte hubieran podido
prolongarse con el cine, aunque la historia se escribe desde una cierta idea funeraria,
una conciencia de muerte o, si se quiere, de fracaso; desde las ruinas. Con Malraux
piensa que a ese conocimiento se accede no a través de historias lineales ni discursos
institucionalizados, sino desde el trabajo sobre las imágenes y los sonidos –su
manipulación, recorte, escalamiento– (el reino de las imágenes en la era de su
reproducción técnica), y fundamentalmente en el hallazgo de nuevas relaciones entre
ellas. Esto es, el montaje; la operación final para articular el pensamiento sobre la(s)
historia(s).
En Godard se produce, al fin, el encuentro impensado entre Malraux y Langlois,
protagonistas de la gran querella que sacude al cine francés a finales de los 60 en la que
Godard y tantos otros toman parte por el viejo mentor de la Cinémathèque y contra el
ministro ambicioso e intervencionista. Aunque, hay que recordarlo, el faro cultural de
De Gaulle también es, bien lo sabe Godard, el cineasta-luchador de Sierra de Teruel, el
héroe de la resistencia y el psicólogo del arte que postula no solo el museo imaginario
sino La moneda de lo absoluto.
Queda, finalmente, Walter Benjamin. Su sombra sobre las Histoire(s) es alargada.
Fundador o, al menos, figura principal del pensamiento sobre el fragmento, podemos
pensar que pertenece a la estirpe de los filósofos de la ficha o la clasificación: filósofos-
montadores. También lo fue Barthes, que escribía sus reflexiones en pequeñas fichas
que luego relacionaba para dar forma a sus ensayos. Godard está, desde el cine, con
ellos.
Con Benjamin, desde los Pasajes, puede concebir Godard una obra como Histoire(s) que,
al margen de versiones definitivas, se abre, prolonga y resuena en múltiples y diferentes
ecos, sea en De l’origine du XXIe siècle (2000), sea en el prólogo de Notre musique (2004), en el
avatar que supone la versión remontada de Moments choisis des Histoire(s) du cinéma (2004)
–presentada en el Centro Pompidou, el MOMA y el Studio National d’Arts
Contemporaines de La Frenoy– o, por último pero no menos importante, en la
exposición prevista con el título Collage(s) de France, archéologie du cinéma d’après JLG. A
priori entrevista como prolongación natural de las Histoire(s) en su variante arquitectural
y museística, a fuerza de collage y de disputas queda final y significativamente como una
especie de huella ruinosa de lo que hubiera podido ser la exposición original y una
plasmación pregnante de la doble atracción-repulsión, presencia-resistencia, de su cine
(del cine) en la era de su museización. Su título definitivo: Voyage(s) en utopie, Jean Luc
Godard, 1946-2006; tuvo lugar en el Centro Pompidou entre los meses de mayo y agosto
de 2006.
Godard, aquél que, como escriben Nicole Brenez y Michael Witt, “acerca el cine a
aquello que podría ser”, el que “metamorfosea los oropeles visuales del comercio en
manifiestos para la poesía”, se viste de arqueólogo para pasear entre las ruinas del cine y
encuentra, por el camino, los fragmentos de una promesa, la del cine, devenida en
utopía acaso inalcanzable. Aún así prosigue su viaje. Las Histoire(s) du cinéma, también.
Fran Benavente
El México profundo en los ojos de Eisenstein
Sergei Einsentein
Una historia sin actores ni decorados agregados, porque no hacen falta: la historia de un país donde el pasado domina al presente. Donde la muerte se pasea entre magueyes. Donde las mujeres, de mirada escurridiza, tienen como lenguaje el silencio y donde los hombres andan a caballo. La historia de una civilización que se mimetiza con su geografía.
Desdeñado llegó Serguei Mijailovich Eisenstein al país de polvo que entonces era México entre 1930 y 1932: con el rechazo de Hollywood a dos de sus proyectos cinematográficos y una promesa que lo llevaría junto con sus colaboradores Grigory Alexandrov y Eduard Tissé a intentar rodar una película mexicana bajo el auspicio del escritor Upton Sinclair y algunos pensadores izquierdistas mexicanos.
El cineasta se aventuró durante dos meses en expediciones ininterrumpidas en un territorio donde según sus palabras, tan sólo cien kilómetros eran necesarios para separar dos épocas: la precolombina y colonial de la contemporánea. Pero México no era del todo un territorio extraño para Eisenstein: diez años antes había diseñado la escenografía teatral para El mexicano de Jack London en su tierra y durante la visita de Diego Rivera a Moscú en 1927 se había forjado entre ellos una amistad que hizo crecer en el cineasta el deseo por conocer México.
Del proyecto original sólo hay apuntes y notas sueltas, esbozos de escenas y algunas reinterpretaciones del proyecto que debía contar con varios episodios que oscilaban entre lo documental y lo novelado. Se compondría de un prólogo –que marcaría el paralelismo entre el pasado y el presente de México enmarcado por ruinas arqueológicas en Yucatán– y un epílogo –retrato del México moderno en contraste con las viejas tradiciones. Entre ambos, sucederían cuatro episodios: “Sandunga”, el primero de ellos, relataría una boda indígena en Tehuantepec. “Maguey” narraría los desencuentros entre campesinos en una hacienda porfiriana. “Fiesta”, el tercero, la preparación de un torero en su camino al ruedo. El cuarto, “Soldadera”, episodio dedicado a reivindicar a la mujer revolucionaria inspirado en la obra de José Clemente Orozco y complementado con tomas originales de la Revolución Mexicana, no se filmó porque Eisenstein, con su perfeccionismo sacrificó el presupuesto y además se creó muy mala fama con Sinclair -que fungía como productor del filme-, así que tuvo que ceder cuando se ordenó la cancelación del rodaje.
El disgusto de Sinclair fue tan definitivo que Eisenstein no pudo ingresar nuevamente a Estados Unidos sino hasta 1932 y fue entonces cuando pudo ver por primera y última vez sus filmaciones en México. De nada valió el acuerdo logrado con Sinclair que hubiera permitido la edición de las cintas en Moscú: cuando Grigory Alexandrov pudo recibir los rollos y los envió a Europa, estos regresaron de Hamburgo para ser depositados en 1954 por el propio Sinclair en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
De los 195,000 pies de celuloide rodados en México –de los cuales hay 112,000 resguardados como material inédito–, resultaron varias composiciones como Thunder over Mexico (1933), Eisenstein in Mexico y Death Day (1934) o Time in the Sun (1956), pero la realizada por Grigory Alexandrov en 1972 respeta, a su manera, los cuatro episodios del proyecto original: es él mismo quien comienza a narrar las filmaciones para después dar paso Sergei Bondarchuk –otro cineasta ruso–, quien durante el resto del filme presta su voz a las notas escritas de Eisenstein que ahora sirven más bien de voz conductora y narrativa durante toda la película, que conserva además su nombre original: ¡Que viva México!
Éste montaje es quizá el más cercano a la propuesta original: en “Prólogo”, Chichen Itzá deslumbra y su gente presume sus rasgos mayas, disfruta de la sombra en las pirámides y recrea antiguos ceremoniales. En “Sandunga” no hace falta que luzca el dorado en los trajes de Tehuana ni el verde despliegue de las iguanas que custodia Concepción, protagonista del episodio, mientras piensa cómo conseguirá la pieza de oro que la unirá a su hombre Abundio. Lo que sí brilla siempre es el barro negro. En “Fiesta”, máscaras con ojos enormes, pelones y soberbios inician el filme que retrata las fiestas en honor a la Virgen de Guadalupe y la sangre derramada durante la conquista. Resuenan también la danza de cuchillos y se es testigo de las peregrinaciones, ese río infinito de hombres cual cauce blanco que recuerdan los intentos de los españoles y los monjes que les acompañaban por quemar el paganismo a hierro rojo, como rojo es el ritual que el matador David Liceaga y su hermano inician cuando, tras la bendición de su madre, se alejan quedándose ella bajo la sombras de su zaguán.
¡Que viva México!
En “Maguey” se vive un drama entre María, la mujer violentada; Sebastián, el indígena envalentonado y un hacendado rico y cobarde, pero armado. Se vive el polvo y la venganza que llega a punta de rifle. Un brillo constante es la cima nevada y perdida del Popocatépetl y el Iztlaccíhuatl. Para “Soldadera”, Eisenstein buscaba retratar ese México adormecido pero también luchador y revolucionario de 1910. Alexandrov y Bondarchuk complementan el relato de lo que hubiera sido este episodio con escenas legítimas de la revolución y algunas fotografías de mujeres acompañando a sus hombres entre batallas. En “Epílogo”, la muerte es la protagonista y se oculta bajo un rebozo mientras los hombres se empinan el aguardiente hay festines sobre las tumbas; todo en una alegoría del sincretismo mexicano alrededor de la muerte, evocando las ilustraciones de José Guadalupe Posadas.
Pero la poesía visual que emana del filme no sería posible sin la dirección fotográfica de Eduard Tissé, revelada en caprichosas composiciones y lúdicas perspectivas, recuerda al México profundo que recupera Guillermo Bonfil Batalla en su libro de 1987; un México que se expresa en formas tan diversas como alcanza a develar la película inconclusa: la majestuosidad de lo precolonial, rostro indio insistentemente negado, las tradiciones ancestrales, la geografía de cantera y arena, tierra ignota, a descubrirse pero esta vez ante los ojos soviéticos de un cineasta visionario.
Ahora mismo, con motivo de las festividades del Bicentenario Mexicano y con la venia de los herederos de Sinclair (propietarios legítimos del material filmado por Eisenstein), se restaura el material original de ¡Que Viva México! con el afán de construir aquello que quedó inconcluso. Ese intento será sólo una reinterpretación más del imaginario del cineasta. Si acaso, la composición fílmica realizada por su guionista y colega Alexandrov, pudiera ser lo más cercano a ese sueño compartido de conservar la vida de un país en filmaciones que sentaron, sin proponérselo, las bases de la estética del cine mexicano en su época de oro.
- Carmina Nahuatlato (Letras Libres)
Sobre el cine: Entrevista con Roland Barthes
¿Cómo integra usted el cine en su vida? ¿Lo considera como espectador, y como espectador crítico?
Tal vez sería necesario partir de los hábitos de cine, de la manera en que el cine llega a nuestra vida. Yo no voy muy seguido al cine, apenas una vez por semana. En cuanto a la elección del film, en el fondo no es jamás totalmente libre; no cabe duda que preferiría ir al cine solo, porque para mí el cine es una actividad enteramente proyectiva; pero como consecuencia de la vida social es más frecuente que vayamos al cine en pareja o todo un grupo y, a partir de ese momento, la elección se vuelve, lo queramos o no, forzada. Si yo eligiera de manera puramente espontánea, mi elección tendrá que tener un carácter de improvisación total, liberada de todo tipo de imperativo cultural o cripto-cultural, guiada por las fuerzas más oscuras de mí mismo. Lo que plantea un problema en la vida del usuario de cine es que existe una suerte de moral más o menos difusa de las películas que hay que ver, impera tivos de origen cultural forzosamente, que son bastante fuertes cuando se pertenece a un medio cultural (aunque más no sea porque hay que ir en contra para ser libre). Algunas veces eso tiene su lado bueno, como todos los esnobismos. Uno siempre está un poco dialogando con esta especie de ley del gusto cinematográfico, que es tanto más fuerte probablemente cuanto más fresca es esta cultura cinematográfica. El cine ya no es más algo primitivo; ahora se distinguen en él fenómenos de clasicismo, de academismo y de vanguardia y uno se encuentra colocado por la evolución misma de este arte, en el medio de un juego de valores. De tal modo, cuando elijo, las películas que hay que ver entran en conflicto con la idea de imprevisibilidad total que representa el cine todavía para mí y, de manera más precisa, con las películas que espontáneamente querría ver pero que no son las películas seleccionadas por esa especie de cultura difusa que está haciéndose.
¿Qué piensa usted del nivel de esta cultura, todavía muy difusa, cuando se trata del cine?
Es una cultura difusa porque es confusa. Quiero decir con esto que en el cine hay una especie de entrecruzamiento posible de los valores: los intelectuales se ponen a defender las películas de masas y el cine comercial puede absorber con gran rapidez las películas de vanguardia. Esta aculturación es propia de nuestra cultura de masas y del cine comercial, pero tiene un ritmo diferente según los géneros: en el cine parece muy intensa; en literatura los cotos están mucho mejor guardados; no creo que sea posible adherir a la literatura contemporánea, la que se hace actualmente, sin un cierto saber incluso técnico, porque el ser de la literatura está puesto en su técnica. En suma, la situación cultural del cine es actualmente contradictoria: moviliza técnicas, de allí la exigencia de un cierto saber y un sentimiento de frustración si no se lo posee, pero su ser no está en su técnica, contrariamente a la literatura: ¿se imagina usted una literatura-verdad, análoga al cine-verdad? Con el lenguaje sería imposible, la verdad es imposible con el lenguaje.
Sin embargo, nos referimos constantemente a la idea de un “lenguaje cinematográfico”, como si la existencia y la definición de ese lenguaje fueran emitidas universalmente, ya sea que se tome la palabra “lenguaje” en un sentido puramente retórico (por ejemplo las convenciones estilísticas atribuidas al contrapicado o al travelling), ya sea que se lo tome en un sentido muy general, como relación de un significante y de un significado.
En lo que a mí concierne, probablemente porque no he logrado integrar el cine a la esfera del lenguaje, lo consumo de una manera puramente proyectiva y no como un analista.

¿No habría, si no imposibilidad, al menos dificultad del cine para entrar en esta esfera del lenguaje?
Se puede tratar de situar esta dificultad. Nos parece, hasta el presente, que el modelo de todos los lenguajes es la palabra, el lenguaje articulado. Ahora bien ese lenguaje articulado es un código, utiliza un sistema de signos no analógicos (y que en consecuencia pueden ser, y son, discontinuos); a la inversa, el cine se ofrece a primera vista como una expresión analógica de la realidad (y además, continua); y una expresión analógica y continua, no sabemos por cuál punta tomarla para introducir, comenzar en ella un análisis de tipo lingüístico; por ejemplo ¿cómo hacer variar el sentido de una película, de un fragmento de película? Así pues, si el crítico quisiera tratar al cine como un lenguaje, abandonando la inflación metafórica del término, debería primero discernir si hay en el continuo fílmico elementos que no son analógicos, o que tienen una analogía deformada, o transpuesta, o codificada, provistos de una sistematización tal que se los pueda tratar como fragmentos de lenguaje; éstos son problemas de investigación concreta que no han sido abordados todavía, que podrían serlo al principio por especies de tests fílmicos, a partir de allí se vería si es posible establecer una semántica, incluso parcial (sin duda parcial), de la película. Se trataría, aplicando los métodos estructuralistas, de aislar elementos fílmicos, de ver cómo son entendidos, a cuáles significados corresponden en tal o tal caso, y, haciendo variar, de ver en qué momento la variación del significante implica una variación del significado. Entonces habríamos aislado en la película unidades lingüísticas con las que luego se podrían construir las “clases”, los sistemas, las declinaciones.(1)
¿Esto no coincide con ciertas experiencias hechas al fin de la época muda, en un plano más empírico, principalmente por los soviéticos, y que no han sido muy concluyentes, salvo cuando esos elementos de lenguaje fueron retomados por un Eisenstein en el interior de una poética? Aunque cuando esas búsquedas se quedaron en el plano de una pura retórica, como un Pudovkin, fueron inmediatamente contradichas: todo ocurre en el cine como si desde el momento en que se avanzara en una relación semiológica, ésta fuera inmediatamente contradicha.
De todas maneras, si se llegara a establecer una especie de semántica parcial sobre puntos precisos (es decir para significados precisos), tendríamos muchas dificultades para explicar por qué todo el film no está constituido como una yuxtaposición de elementos discontinuos; nos encontraríamos con el segundo problema, el de lo discontinuo de los signos -o el del continuo de la expresión.
Pero, aunque llegáramos a descubrir esas unidades lingüísticas, ¿estaríamos acaso un paso más adelante, ya que no están hechas para ser percibidas como tales? La impregnación del espectador por el significado se realiza en otro nivel, de manera diferente a la impregnación del lector.
Sin duda tenemos todavía una visión muy estrecha de los fenómenos semánticos, y lo que en el fondo nos cuesta más comprender es lo que se podría llamar las grandes unidades significantes; incluso dificultades en lingüística, puesto que la estilística apenas avanzó (existen estilísticas psicológicas pero no estructurales todavía). Probablemente la expresión cinematográfica pertenece también a este orden de las grandes unidades significantes, que corresponden a significados globales, difusos, latentes, que no son de la misma categoría que los significados aislados y, discontinuos del lenguaje articulado. Esta oposición entre una microsemántica y una macrosemántica constituiría tal vez una manera diferente de considerar al cine como un lenguaje, abandonando el plano de la denotación (acabamos de ver que es bastante difícil aproximarse a las unidades primeras, literales) para pasar al plano de la connotación, es decir al de significados globales, difusos y, de alguna manera, segundos. Se podría comenzar aquí por inspirarse en los modelos retóricos (y ya no literalmente lingüísticos) aislados por Jakobson, dotados por él de una generalidad extensiva al lenguaje articulado y que él mismo aplicó al cine; quiero hablar de la metáfora y de la metonimia. La metáfora es el prototipo de todos los signos que pueden sustituirse unos a otros por similaridad; la metonimia es el prototipo de todos los signos cuyo sentido se encuentra porque entran en contigüidad, en contagio se podría decir; por ejemplo un calendario que se deshoja es una metáfora; y uno estaría tentado de decir que en el cine todo montaje, es decir toda contigüidad significante, es una metonimia, y puesto que el cine es montaje, el cine es un arte metonímico (por lo menos ahora).
Pero ¿el montaje no es al mismo tiempo un elemento no delimitable? Porque todo es montable, desde un plano de revólver de seis imágenes hasta un gigantesco movimiento de cámara de cinco minutos que muestre trescientas personas y una treintena de acciones entrecruzadas; ahora bien, se puede montar uno después de otro esos dos planos -que no por eso estarán en el mismo plano…
Creo que lo que sería interesante hacer es ver si un procedimiento cinematográfico puede ser convertido metodológicamente en unidades y significantes; si los procedimientos de elaboración corresponden a unidades de lectura del film; el sueño de todo crítico es poder definir un arte por su técnica.
Pero los procedimientos son todos ambiguos; Por ejemplo, la retórica clásica dice que el picado significa aplastamiento; ahora bien vemos doscientos casos (por lo menos) en los que el picado no tiene en absoluto ese sentido.
Esta ambigüedad es normal pero no es ella la que estorba en nuestro problema. Los significantes son siempre ambiguos; el número de significados excede siempre al número de significantes: sin eso no existiría ni literatura, ni arte, ni historia, ni nada de lo que hace que el mundo se mueva. Lo que constituye la fuerza de un significante, no es su claridad sino que sea percibido como significante -yo diría: cualquiera que sea el sentido, no son las cosas sino el lugar de las cosas el que cuenta. El lazo del significante con el significado tiene mucha menos importancia que la organización de los significantes entre sí; el picado pudo significar aplastamiento, pero sabernos que esta retórica está superada porque, precisamente, la sentimos fundada en una relación de analogía entre “picar” y “aplastar” que nos parece ingenua, sobre todo en nuestros días en que una psicología de la “denegación” nos enseña que puede haber una relación válida entre un contenido y la forma que puede serle “naturalmente” contraria. En este despertar del sentido que provoca el picado, lo que es importante es el despertar y no el sentido.
Precisamente, después de un primer período “analógico” ¿el cine no está ya saliendo de este segundo período de lo anti-analógico por un empleo más flexible, no codificado, de las “figuras de estilo”?
Pienso que si los problemas del simbolismo (porque la analogía cuestiona al cine simbólico) pierden nitidez, agudeza, es sobre todo porque entre las dos grandes vías lingüísticas indicadas por Jakobson, la metáfora y la metonimia, el cine parece por el momento haber elegido la vía metonímica, o si usted prefiere, sintagmática, siendo el sintagma un fragmento extendido, armado, actualizado de signos, en una palabra un trozo de relato. Es muy notable que, contrariamente a la literatura del “no ocurre nada” (cuyo ejemplo representativo sería la L’éducation sentimentale) (2), el cine, incluso aquel que no se presenta en un principio como cine de masas, es un discurso en el que la historia, la anécdota, el argumento (con su consecuencia mayor, el suspenso) no está jamás ausente; incluso lo “rocambolesco”, que es la categoría enfática, caricatural de lo anecdótico, no es incompatible con el buen cine. En el cine “ocurre algo” y ese hecho tiene naturalmente una relación estrecha con la vía metonímica, sintagmática de la que hablaba hace un rato. Una “buena historia” es efectivamente, en términos estructurales, una serie lograda de dispatchings sintagmáticos: dada tal situación (tal signo) ¿de qué puede ser seguida? Existe un cierto número de posibilidades, pero esas posibilidades son finitas (es esta finitud, esta clausura de lo posible lo que funda al análisis estructural), y es en esto donde la elección que el director hace del “signo” siguiente es significante; en efecto el sentido es una libertad, pero una libertad vigilada (por lo finito de los posibles); cada signo (cada “momento” del relato, del film) sólo puede ser seguido por algunos otros signos, por algunos otros momentos; esta operación que consiste en prolongar, en el discurso, en el sintagma, un signo por otro signo (de acuerdo con un número finito y a menudo muy restringido de posibilidades) se llama una catálisis; en el habla, por ejemplo, se puede catalizar el signo perro sólo por un pequeño número de otros signos (ladra, duerme, come, muerde, corre, etc., pero no cose, vuela, barre, etc.); el relato, el sintagma cinematográfico está sometido también a reglas de catálisis, que el realizador practica sin duda empíricamente, pero que el crítico, el analista debería tratar de reencontrar. Porque naturalmente, cada dispatching, cada catálisis tiene su parte de responsabilidad en el sentido final de la obra.
La actitud del realizador, hasta donde podamos discernirla, es tener una idea más o menos precisa del sentido antes; y reencontrarla más o menos modificada después. Durante, está preso casi enteramente en un trabajo que se sitúa fuera de la preocupación por el sentido final; el realizador fabrica pequeñas células sucesivas guiadas por… ¿Por qué? Eso es lo que sería interesante determinar justamente.
Sólo puede verse guiado, más o menos inconscientemente, por su ideología profunda, por el partido que toma frente al mundo; porque el sintagma es tan responsable del sentido como el signo mismo, por eso el cine puede convertirse en un arte metonímico y ya no más simbólico, sin perder para nada su responsabilidad, muy por el contrario. Me acuerdo que Brecht nos sugirió, en Théâtre populaire, organizar intercambios (epistolares) entre él y jóvenes autores dramáticos franceses; consistiría en “representar” el montaje de una obra imaginaria, es decir de una serie de situaciones, como una partida de ajedrez; uno avanzaría una situación, el otro elegiría la situación siguiente, y naturalmente (allí residía el interés del “juego”) cada paso habría sido discutido en función del sentido final, es decir, según Brecht, de la responsabilidad ideológica; pero los autores dramáticos franceses no existen. En todo caso, usted ve que Brecht, teórico agudo -y práctico- del sentido tenía una conciencia muy fuerte del problema sintagmático. Todo esto parece probar que hay posibilidades de intercambio entre la lingüística y el cine, a condición de elegir una lingüística del sintagma más que una lingüística del signo.
Tal vez la aproximación al cine en tanto que lenguaje no será nunca perfectamente realizable; pero es al mismo tiempo necesaria, para evitar ese peligro de gozar del cine como de un objeto que no tendría ningún sentido, sino que sería un puro objeto de placer, de fascinación, completamente privado de toda raíz y de toda significación. Ahora bien, el cine, se quiera o no, tiene siempre un sentido; por lo tanto siempre hay un elemento de lenguaje que juega …
Por supuesto, la obra tiene siempre un sentido; pero, precisamente, la ciencia del sentido, que vive actualmente una promoción extraordinaria (gracias a una especie de esnobismo fecundo), nos enseña paradójicamente que el sentido, si se puede decir así, no está encerrado en el significado; la relación entre significante y significado (es decir el signo) aparece al principio como el fundamento mismo de toda reflexión “semiológica”; pero luego uno se ve llevado a tener del “sentido” una visión mucho más amplia, mucho menos centrada sobre el significado (todo lo que hemos dicho del sintagma va en esta dirección); debemos esta ampliación a la lingüística estructural, por supuesto, pero también a un hombre como Lévi-Strauss, que ha mostrado que el sentido (o más exactamente el significante) era la más alta categoría de lo inteligible. En el fondo, es lo inteligible humano lo que nos interesa. ¿Cómo el cine manifiesta o reúne las categorías, las funciones, la estructura de lo inteligible elaboradas por nuestra historia, nuestra sociedad? Es a esta pregunta a la que podría responder una “semiología” del cine.
Sin duda es imposible fabricar lo ininteligible.
Absolutamente. Todo tiene un sentido, incluso el sinsentido (que tiene por lo menos el sentido segundo de ser un sinsentido). El sentido es algo tan fatal para el hombre que, en cuanto libertad, el arte parece ocuparse, sobre todo en el presente, no de fabricar sentido sino por el contrario de suspenderlo; de construir sentidos pero no de llenarlos exactamente.
Tal vez podríamos tomar aquí un ejemplo; en la puesta en escena (teatral) de Brecht, hay elementos de lenguaje que no son, al comienzo, susceptibles de ser codificados.
En relación con este problema del sentido, el caso de Brecht es bastante complicado. Por un lado tuvo, como ya lo he dicho, una conciencia aguda de las técnicas del sentido (cosa que era muy original con relación al marxismo, poco sensible a las responsabilidades de la forma); conocía la responsabilidad total de los más humildes significantes, como el color de un traje o el lugar de un proyector; y usted sabe hasta qué punto estaba fascinado por los teatros orientales, teatros en los cuales la significación está muy codificada -valdría más decir: cifrada- y en consecuencia muy poco analógica; en fin, hemos visto con qué minucia trabajaba y quería que se trabajara la que responsabilidad semántica de los “sintagmas” (el arte épico, que él preconizaba, es por otra parte un arte fuertemente sintagmático); y, naturalmente, toda esa técnica está pensada en función de un sentido político. En función de, pero tal vez no con vistas a, y es aquí donde tocamos la segunda vertiente de la ambigüedad brechtiana; me pregunto si ese sentido comprometido de la obra de Brecht finalmente no es a su manera un sentido suspendido; recuerde usted que su teoría dramática implica una especie de división funcional de la escena y de la sala: le correspondía a la obra plantear las preguntas (dentro de los términos elegidos por el autor: se trata de un arte responsable), al público le corresponde encontrar las respuestas (lo que Brecht llamaba la salida); el sentido (en la acepción positiva del término) se trasladaba de la escena a la sala; en suma existe realmente en el teatro de Brecht un sentido, y un sentido muy fuerte, pero ese sentido es siempre una pregunta. Quizá esto es lo que explica que este teatro, si bien es ciertamente un teatro crítico, polémico, comprometido, no es sin embargo un teatro militante.
¿Puede esta tentativa ser extensiva al cine?
Siempre parece muy difícil y bastante vano transportar una técnica (y el sentido es una técnica) de un arte a otro; no por purismo de los géneros, sino porque la estructura depende de los materiales empleados; la imagen teatral no está hecha de la misma materia que la imagen cinematográfica, no se presta de la misma forma al recorte, a la duración, a la percepción; el teatro parece ser un arte mucho más “grosero”, o digamos, si usted lo prefiere, más “grueso” que el cine (la crítica teatral también me parece más grosera que la crítica cinematográfica), por lo tanto más cercana de tareas directas, de orden polémico, subversivo, cuestionador (dejo de lado el teatro del acuerdo, del conformista, de la repleción).
Hace algunos años usted evocó la posibilidad de determinar la significación política de una película, examinando, más allá de su argumento, el movimiento que lo constituye como película: la de izquierda estaba caracterizada en general por la lucidez, la película de derecha por la apelación a una magia …
Lo que me pregunto ahora es si no hay artes que por naturaleza, por técnica, sean más o menos reaccionarios. Lo creo para la literatura; no creo que una literatura de izquierda sea posible. Una literatura problemática sí, es decir una literatura del sentido suspendido: un arte que provoque respuestas pero que no las dé. Creo que la literatura en el mejor de los casos es eso. En cuanto al cine, tengo la impresión que en este plano está muy próximo de la literatura, y que está por su materia y su estructura mucho mejor preparado que el teatro para una responsabilidad muy particular de las formas que yo he llamado la técnica del sentido suspendido. Creo que el cine tiene dificultades en ofrecer sentidos claros y que en el estado actual no debe hacerlo. Los mejores films (para mí) son aquellos que suspenden mejor el sentido. Suspender el sentido es una operación extremadamente difícil que exige a la vez una gran técnica y una lealtad intelectual total. Eso quiere decir desembarazarse de todos los sentidos parásitos, cosa que es extremadamente difícil.
¿Ha visto películas que le han dado esta impresión?
Sí, El ángel exterminador. No creo que la advertencia de Buñuel del comienzo -yo, Buñuel, les digo que este film no tiene ningún sentido-, no creo para nada que esto sea una coquetería; creo que es verdaderamente la definición de la película. Y desde esta perspectiva la película es muy bella: se puede ver cómo, en cada momento, el sentido está suspendido, sin ser nunca por supuesto un sinsentido. No es en absoluto una película absurda; es una película que está llena de sentido, llena de lo que Lacan llama la “significancia”. Está llena de significancia, pero no hay un sentido ni una serie de pequeños sentidos. Y por eso mismo es una película que sacude profundamente, y que sacude más allá del dogmatismo, más allá de las doctrinas. Normalmente, si la sociedad de los consumidores de películas fuera menos alienada, esta película debería, como se dice vulgarmente y justamente, “hacer reflexionar”. Se podría mostrar por otra parte, pero necesitaríamos tiempo, cómo los sentidos que “prenden” a cada instante, a pesar nuestro, son apresados en un dispatching extremadamente dinámico, extremadamente inteligente, hacia un sentido siguiente que a su vez no es jamás definitivo.
Y el movimiento de la película es el movimiento mismo de ese dispatching perpetuo.
En esta película hay también un hallazgo inicial que es responsable del logro total: la historia, la idea, el argumento tienen una nitidez tal que dan la ilusión de necesidad. Uno tiene la impresión que Buñuel no tuvo más que tirar del hilo. Hasta el presente yo no era muy buñuelista; pero aquí además Buñuel pudo expresar toda su metáfora (porque Buñuel siempre ha sido muy metafórico), todo su arsenal y su reserva personal de símbolos; todo ha sido tragado por esa especie de nitidez sintagmática, por el hecho de que el dispatching es hecho cada segundo exactamente como era necesario.
Por otra parte Buñuel ha confesado siempre su metáfora con tal nitidez, supo siempre respetar la importancia de lo que está antes y de lo que está después de tal manera, que eso era ya aislarla, ponerla entre comillas, por lo tanto superarla o destruirla.
Desgraciadamente para los aficionados comunes de Buñuel, éste se define sobre todo por su metáfora, la “riqueza” de sus símbolos. Pero si el cine moderno tiene una dirección, es en El ángel exterminador que se la puede encontrar…
A propósito de cine “moderno”, ¿vio usted La inmortal?
Sí … Mis relaciones (abstractas) con Robbe-Grillet me complican un poco las cosas. Esto me pone de mal humor; no hubiera querido que hiciera cine… Y bien, allí, la metáfora aparece… De hecho Robbe-Grillet no mata para nada el sentido, lo enturbia; cree que es suficiente con enturbiar el sentido para matarlo. Es sumamente difícil matar un sentido.
Y cada vez más le da fuerza a un sentido cada vez más plano.
Porque “varía” el sentido, no lo suspende. La variación ¡mpone un sentido cada vez más fuerte, de orden obsesivo: un número reducido de significantes “variados” (en el sentido musical de la palabra) remite al mismo significado (es la definición de la metáfora). Por el contrario en ese famoso Ángel exterminador, sin hablar de esa especie de irrisión dirigida contra la repetición (al principio en las escenas literalmente retomadas), las escenas (los fragmentos sintagmáticos) no constituyen una serie inmóvil (obsesiva, metafórica), cada una participa en la transformación de una sociedad de fiesta en sociedad de coacción, construye una duración irreversible.
Además Buñuel ha jugado el juego de la cronología; la no-cronología es una facilidad: una falsa prenda pagada a la modernidad.
Volvemos aquí a lo que decía al comienzo: es una cosa bella porque existe una historia; una historia con un comienzo, un fin, un suspenso. Actualmente, la modernidad aparece demasiado a menudo como una manera de hacer trampa con la historia o la psicología. El criterio más inmediato de la modernidad para una obra es el no ser “psicológica” en el sentido tradicional del término. Pero, al mismo tiempo, no se sabe cómo expulsar a esta famosa psicología, esa famosa afectividad entre los seres, ese vértigo relacional que (ésta es la paradoja) ya no es soportado por las obras de arte, sino por las ciencias sociales y la medicina: la psicología hoy no está sólo en el psicoanálisis, que, independientemente de su inteligencia o su envergadura, es practicado por los médicos: el “alma” se convirtió en un hecho patológico en sí. Hay una especie de renuncia de las obras de arte frente a las relaciones interhumanas, interindividuales. Los grandes movimientos de emancipación ideológica -digamos para hablar claramente, el marxismo- han dejado de lado al hombre privado, y sin duda no podían hacer de otra manera. Ahora bien, sabemos que allí todavía hay un desajuste, algo que no funciona: mientras haya “escenas” conyugales habrá preguntas que plantearle al mundo.
El verdadero gran tema del arte moderno es el de la posibilidad de la felicidad. Actualmente las cosas ocurren en el cine como si hubiera la comprobación de una imposibilidad de felicidad en el presente con una especie de recurso al futuro. Tal vez los años por venir nos permitirán asistir a las tentativas de una nueva idea de la felicidad.
Exactamente. Ninguna gran ideología, ninguna gran utopía del presente toma a su cargo esa necesidad. Tuvimos toda una literatura utópica interespacial, pero la especie de micro-utopía que consistiría en imaginar utopías psicológicas o relacionales no existe en absoluto. Pero si la ley estructuralista de rotación de las necesidades y de las formas juega aquí, deberíamos llegar muy pronto a un arte más existencial. Es decir que las grandes declaraciones antipsicológicas de estos últimos diez años (declaraciones en las cuales he participado yo mismo, como no podía ser menos) deberían retroceder y volverse pasadas de moda. Por ambiguo que sea el arte de Antonioni, es tal vez por eso que nos conmueve y nos parece importante.
Dicho de otro modo, si queremos resumir lo que deseamos ahora, debemos decir que esperamos films sintagmáticos, films con historia, films “psicológicos”.
Entrevista estraída de la web Con-versiones agosto del 2006.
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NOTAS:
* Cahiers du Cinéma, núm. 147, septiembre de 1963. Declaraciones recogidas por Michel Delahaye y Jacques Rivette.
(1) El lector podrá consultar como referencia dos artículos recientes de Roland Barthes: “L’imagination du signe” (Arguments, núm. 27-28) y L’activité structuraliste” (Les Lettres Nouvelles, núm. 32).
(2) [N. S.R.]: “La educación sentimental “, G. Flaubert, editorial Losada, Buenos Aires, Aergentina, 1980.
Texto extraído de “El grano de la voz”, Roland Barthes, págs. 19/32, editorial Siglo XXI, México, 1983.
Edición original: Editions du Seuil, París, 1981.
Corrección: Cecilia Falco
Ebooks I

En lo que esperamos sea una sana costumbre de parte de nosotros, Cinerastas les ofrece una primera selección de libros y artículos en formato PDF para su disfrute cinéfilo. En esta entrega, Zombie Movies, JLG, Jonathan Rosembaum, y Bela Tarr. Disfruten!.
- 100 Films Favoritos de Jonathan Rosembaum (en inglés)
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CINERASTAS
Entrevista: Claire Denis
Aunque los 10 largometrajes que ha estrenado desde 1988 han dado pie a elaboradas lecturas, la francesa que la revista Sight&Sound designó como “nuestra cineasta de la última década” no parece muy dada a las intelectualizaciones en torno al cine, en general, ni a su obra en particular. Una obra cuya mayor parte se exhibe estos días en Sanfic, festival que la tiene entre sus invitados estelares, y que no es de etiquetado evidente ni de fácil abordaje. Y qué mejor que ella misma la aborde en una conversación.
¿Qué la impulsa a filmar?
Creo que hay un momento en que los elementos separados, como en el magnetismo, se unen, y entonces empiezo a sentir que hay una escena o dos donde aparece el inicio de algo. A partir de ahí, de repente comprendo que estoy comenzando una película. Que hay algo que viene, aunque sea una idea antigua, pero que empieza a tomar forma.
¿Es más importante para usted unir fragmentos que contar una historia?
Para mí lo más importante es el momento de escribir el guión. Es como una batalla, porque hay que pensar en el presupuesto… Para mí es como un libreto de ópera: si no hay un guión apropiado, el asunto no funciona, no veo las imágenes. Cuando uno escribe, es el comienzo de las imágenes.
¿Qué piensa de las películas que actualmente se distancian del relato convencional y se acercan más a las sensaciones?
Vi en Cannes la película de Apichatpong Weerasethakul que ganó la Palma de Oro (Uncle Boonmee) y lloré como loca, realmente me afectó. Creo en el cine como una forma de expresión, donde la narración se construye a través de la sensaciones. Creo que si un niño ve la película de Apichatpong puede entenderla, pero si ve una historia, no. Si uno mira la película, entiende. Creo que el cine mudo era un cine de collage, de montaje, y eso tiene una gran importancia para la aventura del cine.
El tema del cuerpo ha dado pie a mucha elaboración intelectual, pero para usted parece un asunto más elemental…
Cuando veo artículos y críticas de danza, por ejemplo, que hablan del cuerpo como un concepto, me da susto. Me parece que, desde niños, lo primero que vemos en el cine es la presencia física. De adolescentes nos enamoramos de los actores o las actrices. Sean éstos grandes, fuertes, heroicos o malvados, esta representación física de la humanidad es muy simple en el cine, no hace falta hablar. Si un actor o actriz encarna a su personaje, y enfatizo el verbo encarnar, es a través del cuerpo, más allá de lo que yo hable o le indique al actor.
Blanco y negro
Claire Denis nació en París, en 1948, pero se crió en Africa Central. Su padre fue funcionario civil del gobierno colonial francés. Su debut en la dirección, Chocolat (1988), evoca una Africa de los descubrimientos de la infancia, con un tono afable, pese a la sequedad de los momentos duros. En cambio, White material hace pocas concesiones a la brutalidad. Inspirada por el asedio a los cafeteros franceses en Costa de Marfil, hace apenas siete años, construye un relato donde Isabelle Huppert es la dueña de una plantación que se resiste a dejar un país sin nombre, donde los niños soldados circulan con machete y el horror ya se ha instalado. Ella, al igual que su gente y sus posesiones, son “white material”. Y llevan las de perder. “La idea -dice- era que los blancos pensaban que son intocables. Imaginaban que los problemas de guerras tribales no los tocaban y esa es una forma de racismo”.
Pareciera hablar en tercera persona cuando se refiere a “los blancos”. ¿No se incluye?
Me incluyo. Sería, por lo demás, descarado si me creyera una blanca especial o mejor que los demás. Yo formo parte del white material.
Al presentar Bella tarea en Sanfic, dijo que le interesó “la idea de ser un extranjero”. ¿Qué papel juega esa idea en sus películas?
La noción de extranjero para mí, a veces, habla de racismo, pero creo que con frecuencia habla de la soledad: la soledad nos hace diferentes. Yo misma, si estoy en París pasando por un momento difícil, puedo sentirme extranjera respecto de mí misma, respecto del mundo. Aquí también puedo sentirme extranjera si estoy, como ayer, en la calle Bandera junto a gente de rasgos indígenas sin mucho dinero y luego voy al hotel y veo hombres de negocios. Ahí siento una soledad también. Pero en esos momentos me siento humana. La soledad hace muy visible la condición humana.
¿Cómo se integra eso a una idea de pertenencia, de ser parte de una identidad, nacional o de otro tipo?
Cuando era niña, sabía que era francesa aun si no vivía en Francia. Pero mi abuelo materno era brasileño, mi padre nació en Bangkok y yo vivía en Africa. Para mí, la nacionalidad no era algo tan fuerte como la diferencia entre blancos y negros, entre ricos y pobres. Ser francesa no es algo que haya determinado mi vida. Mi vida ha estado determinada por un ideal: crecí con un ideal muy poético, muy démodé.
A su manera
En 2002, Vanity Fair publicó una foto muy producida, tomada en un café parisino, donde Denis aparece junto a sus colegas Raúl Ruiz, Catherine Breillat (Romance), François Ozon (8 mujeres), Jean Pierre Jeunet (Amélie) y Patrice Chéreau (La reina Margot). Viendo la foto días atrás, Claire dice no recordar mucho. “En la foto, comenta, somos todos solitarios, aunque salgamos juntos. Conozco bien a casi todos los que salen ahí, y creo que esta soledad hace de nosotros una especie de rebeldes integrados a un tipo de cine francés, pero creo que a todos ellos les da lo mismo el cine francés. Si me hubieran preguntado a los 16 años si Truffaut era muy importante para mí, habría dicho que no.
¿Quién lo era, Jacques Rivette?
Me gustaba Rivette, porque quería huir de una cierta idea del cine francés, la idea de un cine que es una reflexión sobre el cine. Como decía Serge Daney, un ciné-fils como Truffaut (mezcla, en castellano, de cinéfilo e “hijo del cine”) ha pensado en el cine de los maestros y ha hecho películas como un fils (hijo). Yo soy una fille (hija) y eso ya es una diferencia.
¿Qué cine, a nivel internacional, le resulta cercano?
Bueno, me gusta mucho Apichatpong. En Argentina, me gustan enormemente las películas de Lisandro Alonso: cuando vi Los muertos fue como un trip. También los realizadores de Los labios (Iván Fund y Santiago Loza). Y también me gustan mucho Wong Kar-wai, Olivier Assayas. Y el cine americano: Los amantes, de James Gray, es magnífica.
¿Cómo fue su experiencia de asistente?
En principio, necesitaba trabajar. Tenía una especie de humildad y el cine me parecía algo tan extraordinario, muy lejano. Y Rivette fue quien me animó. Yo tenía la impresión de que, para hacer películas, había que hacer concesiones, juntarse con gente, hablar. Y yo detesto eso. Me costó mucho. Mi primera película me tomó cuatro años. Además, aparte de que no me gusta hablar y que me gusta la soledad, soy muy terca. Las dos cosas juntas hacen que todo se demore mucho, pero al final funciona.
¿Qué siente cuando se le califica como la mejor cineasta de la última década?
El ego se incomoda mucho. El ego es como un pájaro que necesita alimentarse con poquito, con pequeños cumplidos. Pero cuando alguien escribe que una es “cineasta de la década”, me dan ganas de reír.
Eso no quiere decir nada. Es tan abstracto como si me dijeran que mañana me van a dar 20 millones de dólares.
Fuente: La Tercera, Chile.
Norteado gana el premio de la Asociación de Prensa Cinematográfica (Apreci) en el Festival de Lima
La Asociación de Prensa Cinematográfica (Apreci) eligió el día de ayer a la cinta Norteado de Rigoberto Perescano como la mejor película de ficción de Festival de Lima - XIV Encuentro Latinamericano de Cine. El jurado de Apreci estuvo conformado por los reconocidos críticos de Cine: Gabriel Quispe, Sebastián Pimentel y Mario Castro Cobos.
César Guerra Linares
José Sarmiento Hinojosa
CINERASTAS
Bruno Schleinstein (1932-2010)

Bruno Schleinstein, o más conocido entre los cinéfilos como Bruno S., nos ha dejado a mejor vida. El genial protagonista de El Enigma de Kaspar Hausen, y Strosek, dos fabulosas películas del director alemán Werner Herzog (quien escribió el segundo film especialmente para él en cuatro días) ha dejado de existir el 11 de Agosto por una falla cardiaca, dejando un vacío en los corazones de quienes apreciamos su exquisita sensibilidad y deliciosa locura.
Desde aquí, un recuerdo imborrable nos embarga. Vaya en paz, genio.
CINERASTAS
Entrevista: Armando Robles Godoy (In Memoriam)

Armando Robles Godoy nos habla de su vida, y de la muerte. Un pequeño homenaje de este humilde blog a uno de los creadores más importantes de la cinematografía nacional.
Por Benjamín Huamán de los Heros V. y Omar Awapara F.
Un día antes de la entrevista visitó Chosica, con Ada, su esposa, para celebrar su cumpleaños, y observó con nostalgia los cambios que la ciudad había sufrido, sentado en la misma banca del parque en la que se conocieron, hace 64 años. En una charla en la que el cine, el gran protagonista de su vida, se asoma y reaparece cada tanto, el también escritor Armando Robles Godoy enfrenta con naturalidad interrogantes y verdades no siempre benévolas, y admite –resignado– que el tiempo no le alcanzará para un nuevo proyecto fílmico. Robles Godoy, a sus 85 años recién cumplidos, conversó con Perú Económico y configuró así esta semblanza de su experiencia de vida.
Es un poco difícil conseguir sus películas. Quizá En la selva no hay estrellas, pero parece que La muralla verde no es fácil de encontrar.
¿La muralla? No, yo creo que está pirateada. Más bien el otro día, acá en la esquina, me han ofrecido Imposible amor, mi última película, a cuatro soles. Por supuesto que la compré (risas). No hay nada que hacer con la piratería. Es como el comercio de drogas, es algo incontrolable. Lo único negativo de la nueva tecnología es que ha facilitado la piratería. Cosa que no existía antes, porque la cinematografía era un arte muy efímero, fugaz. Solamente existía, en cuanto acceso al público, cuando se proyectaba en un cine. Pero por otro lado, veías una película una vez y bastaba para decir “ya la vi”. O sea, ¿te invitan a ver La Bohémey vas a decir “no, ya la vi”? La película se veía y se acabó. Ahora, viene el vídeo y te pone la película en tu casa; ha adquirido una permanencia en su relación con el público, y una persona culta tiene, al lado de su colección de libros, una colección de películas.
¿Qué relación mantiene con el cine en estos momentos?
Estoy desilusionado del cine, porque esto que está ocurriendo me ha debido suceder hace veinte años, pero lamentablemente me ha agarrado muy tarde. Ya no tengo tiempo. Ya perdí un poco las esperanzas de hacer una nueva película. Acabo de cumplir 85 años y hacer una película es una hazaña que implica más de cinco años, y yo no creo que viva más allá de eso, tampoco me lo voy a permitir. Sin embargo, estoy muy al tanto del cine, en este momento tengo dos talleres y creo que voy a abrir otros. Es una tarea que me produce placer, y también cierto ingreso, porque si no de qué vivo. Uno de esos talleres lo he armado en San Marcos, en La Casona, lo que significa una experiencia espiritual muy intensa, porque yo estudié ahí. Y volver a San Marcos, al mismo local, después de sesenta años, para enseñar, es algo muy lindo.
¿Qué opina de la nueva tecnología digital?
Lo interesante de esta revolución es que es la primera revolución tecnológica verdadera que se ha producido en el lenguaje cinematográfico desde que se inventó. No ha habido ningún cambio radical que se compare a éste. Ha habido mejoras, perfeccionamientos increíbles. Estoy totalmente de acuerdo con que hoy todavía es superior la reproducción tradicional de la imagen, pero no la del sonido. El sonido en la tecnología tradicional es una porquería; eso no se discute. Pero lo visual no.
La revolución no es sólo tecnológica, sino que también ha influido en la característica de la película. Ya las películas no son hechas para un visionario. Cuando tú hacías una película, sabías que fulano la iba a ver una vez. Si le gustó mucho, de repente la veía de nuevo, pero ahí se acababa, ya no existía más la película. Eso influye también en el aspecto creativo de ésta. Porque tú tienes la conciencia de que estás haciendo una cosa para ser vista una vez. ¿Y qué cosa es lo más importante en una película que va a ser vista una vez? El suspenso, el contenido del argumento, la historia. Lo demás es muy secundario. Ahora no. Ahora, se puede ver una película hasta quince veces en un año, y la ves echado en tu cama. El cine invadió la cama. Por muy cómodos que sean los asientos, mejor es una cama. Ese es el efecto de la tecnología digital.
¿Cómo fue su primera aproximación al cine?
Mi primer contacto personal con la cinematografía, no solamente como público, fue en Huánuco, con mi hermano Mario. Dos años antes de eso, yo había visto en un cine club en Lima, una película sueca que se llamaba La señorita Julia, basada en la obra teatral del mismo nombre de Strindberg, que yo ya había podido leer. Y fui a ver la película y me disgustó horrores. Estando en Huánuco, entonces, camino a Tingo María, estábamos los dos caminando por el parque, y mi hermano sugiere ir al cine, al único que había. Fuimos, y estaban dando La señorita Julia. Yo le dije que no, pero Mario es así como yo, todo grande y convincente, e insistió. Tú duerme si quieres, me decía, pero yo la quiero ver. Y la verdad es que no pude dormir. Salimos del cine los dos, pero flotando. Qué cosa hemos visto, pensábamos. Nos quedamos dando vueltas por el parque hasta la medianoche y después nos fuimos al cuarto del hotel, y seguíamos hablando de lo que habíamos visto. Fue impresionante, me dejó cojudo. ¿Tú sabes que hasta ahora no he podido volver a ver La señorita Julia? No la he encontrado. Pero el efecto que me produjo, sí. O sea, me dejó una semilla que después, pasado el tiempo, me hizo crear esa especie de frase, de las cuales estoy lleno, que dice: “Recordar es descubrir lo que verdaderamente ocurrió”. Y lo que verdaderamente ocurrió en ese plan tan ambicioso, tan aventurero de ir a la selva, no fue eso, sino fue simplemente mi contacto con el cine. Tanto con esa impresión que me causó La señorita Julia, como con la filmación de En la selva no hay estrellas y La muralla verde, que estuvo basada en mi experiencia ahí.
¿En qué parte de la selva estuvo?
Era por la zona del Alto Huallaga. El núcleo era Tingo María, donde había una estación experimental que dependía del gobierno. El plan, si no me equivoco, es anterior a Odría. Fue muy interesante, y además funcionó. Conseguimos un lote y nos fuimos. Éramos mi mujer y yo, y mi hermano Mario y su mujer. Esta aventura de pequeña colonización en la selva, allá por 1950, nos entusiasmó mucho, en parte motivada por la horrorosa situación política que se vivía durante la dictadura de Odría y esos generalotes. Era muy bonito, pero económicamente no funcionó. A los ocho años no nos volvimos exclusivamente por eso, sino que yo ya tenía un nombre. Sin moverme de la selva había ganado importantes premios. También había escrito una novela, La muralla verde, que después dio lugar a la película. De manera que estaba ya demasiado cargado de cosas y mantenerlas ahí, románticamente, como una especie de escritor aislado, era difícil.
También ejerció como periodista.
A raíz del premio que gané en La Prensa, se me abrió un poco la posibilidad de escribir una columna, que enviaba por correo, de temas generales. Y cuando me vine, conocí a Pedro Beltrán. Nos caímos bien, conversamos y me propuso trabajo. Estuve en La Prensacinco años como periodista. Llegué a ser director de la sección cultural y sociales, como se llamaba. Yo me reservé la crítica de cine. Esa era una época en la que la crítica cinematográfica se hacía por sorteo, se encargaba cada semana a un miembro de la redacción. Qué críticas habré hecho; felizmente hay que ir hasta la hemeroteca para buscar las cosas que decía (risas).
¿Qué lee en estos momentos?
Estoy escribiendo tanto en estos momentos que no tengo tiempo de leer. Acabo de terminar la revisión de la novela, que me ha tomado mucho tiempo. Después he terminado un libro de ensayos, titulado El problema de vivir. Además, otra novela inédita que acabo de terminar hace medio año y que está reposando para una revisión. Y otro libro de cuentos. El primero que edité fue Un hombre flaco bajo la lluvia, que salió en Matalamanga, y tengo otros doce cuentos listos. Tengo una cantidad de material que Balzac se avergonzaría. No necesariamente bueno, pero son toneladas de papeles. He aprendido a usar la computadora, sólo para escribir, por influencia de Marcela (su hija); lo que dio origen a una situación muy cómica, porque en mi escritorio yo tenía la computadora que me regaló, pero delante de ésta mi máquina de escribir.
¿Alguna lectura que lo haya influenciado?
En Nueva York, donde nací y donde viví hasta los diez años, en mi casa sólo se hablaba y se leía el periódico en español. Mi padre, incluso, nunca aprendió el inglés. Pero era muy cinemero, y desde que yo tuve seis o siete años, me llevaba al cine para que le tradujera las películas, a lo cual atribuyo yo gran parte de mi aproximación particular hacia el cine. Aprender el idioma fue algo que me dio esa experiencia, escribía en inglés en el colegio. Mi padre tenía una colección de clásicos, que yo leía como un desaforado. Textos de Platón, Sófocles, Eurípides. Qué cosa entendería yo de cada página, no sé, pero leía. Se me hizo el hábito, que luego creó el placer. Ese placer se enriquece luego con las lecturas de Víctor Hugo, Dumas, Flaubert, y más para acá, Huxley, hasta los modernos.
¿Y de poesía?
Con la poesía un poco que me he estancado, he avanzado en cámara lenta, con Vallejo. La impresión que me produjo Vallejo todavía no logro sacudírmela.
¿Recuerda usted su llegada a Lima por primera vez?
El viaje fue muy romántico, doce o trece días en barco. La llegada al Callao fue pintoresca, en un sentido filosófico. Yo era un poco precoz y cuando llegamos a Lima lo que llamó mi atención fue una serie de pintas en la calle que decían “Comunismo es traición, comunismo es robo”. Me acuerdo de que le pregunté a mi papá y él me dijo que no me preocupara, que ya iba a descubrir cosas peores. Después averigüé que era la reacción posterior al asesinato de Sánchez Cerro en el hipódromo. Estuvimos una semana en una pensión en el centro de Lima y mi mamá consiguió una casita con techo de dos aguas en Miraflores, en la calle San Martín. Ese fue el primer contacto verdadero; no el del centro, que fue muy urbano para alguien viniendo de Nueva York. Cuando llegué a Miraflores la cosa cambió, porque por primera vez vi un burro pasando por la calle, cargando unas bolsas, y le dije a mi mamá que quería montarlo. Y ella, que era un encanto, alquiló el burro y me senté en él, que me llevó derecho hacia donde le dio la gana, que fue el campo, bien cerca. De pronto me encontré en la naturaleza montado en un burro y ahí comenzó el cambio. Hasta los trece años vivimos en Miraflores. Pero entonces me vino una pulmonía, facilitada por el asma que tenía, y el médico ordenó cambiar de clima, así que nos mudamos a Chosica. Y ahí me quedé. Terminé mis estudios y me matriculé en la universidad de San Marcos.
¿Cómo fue la relación con su padre (el compositor Daniel Alomía Robles)?
Mi padre tuvo 10 hijos en su primer matrimonio, y dos, Mario y yo, en el segundo. Los diez primeros se quedaron en Nueva York cuando volvimos a Lima. De todos sus hijos, el único que mostró cierto amor por la música, la literatura, era yo. Entonces mi papá tenía la idea de que podía ser músico. Me comenzó a enseñar música, estudié piano, incluso seguí estudiando después de su muerte con Rodolfo Holzmann, que era muy amigo de mi padre. Pero no era mi vocación. Adoro la música, pero no. Cuando mi padre se dio cuenta de eso, me regaló una máquina de escribir y no me volvió a joder. Pero el contacto con mi padre sí fue muy intenso. Cuando murió, yo tenía apenas 19 años, pero igual fue una influencia muy poderosa en todo sentido, excepto en uno, que después también se arregló: el me decía que yo no tenía personalidad. Difícil para un muchacho de 19, pero, en efecto, por mucho tiempo yo fui el hijo de don Daniel. Un poco lo que le pasó también a Marcela conmigo, ella era la hija de Armando. Pero ahora no, ahora ya soy el papá de Marcela (risas).
Cambiando un poco de tema, ¿cómo ve al país en el 2021? Una vez usted citó una frase en su columna de El Comercio, que rezaba: “En todos lados se cuecen habas, menos…
…en el Perú, donde sólo se cuecen habas” (risas). Yo creo que el mundo se ha globalizado, inevitablemente, pero para mal. Esto es algo que le gusta repetir mucho a Marco Aurelio Denegri, citándome: “la especie humana ya mancó”. Y eso se me ha confirmado ayer, en Chosica. Es evidente que uno de los catalizadores de esa catástrofe es la superpoblación. Divides entre diez esto, y es el paraíso nuevamente. Yo creo que por eso fue que Jehová expulsó a Adán y Eva del Paraíso. Estaba más interesado en conservarlo. Creo que esa figura bíblica ha sido mal interpretada. No creo en lo de la manzana, el pecado, esas cojudeces. Yo no creo que Jehová haga cojudeces. Otra razón es que una de las características naturales de la especie humana es la estupidez, como hay otras buenas, pero es una de ellas. Son increíbles las barbaridades que uno puede observar. La carrera militar, por ejemplo. ¿Qué se le enseña a un militar? Estudia cómo matar a su semejante, cómo matar gente.
¿Se arrepiente de algo?
Te voy a repetir algo que dijo una vez un famoso tenor wagneriano, Lauritz Melchior, quien llegó a presentarse en Lima: “En mi vida he hecho muchas cosas malas y muchas cosas buenas, las únicas de las que me arrepiento son las que no he hecho”.
¿Y qué cosas no ha hecho?
Me arrepiento de no haber logrado una bisexualidad como yo la adivinaba. No homosexualidad, pero sí la bisexualidad. Recuerdo con mucha claridad que a los 15 o 16 años era posible. Por otro lado, me da pena no haber podido vencer todas las dificultades relacionadas con la creación cinematográfica, y no haber logrado cosas que no hice en mi mejor película, que quizá sea esa (señala un afiche promocional de Espejismo, colgado en una pared de la sala).
Sin embargo, recientemente la revista Godard! consideró La muralla verde como la mejor película peruana de todos los tiempos…
El lío es que La muralla verde es más bien “autobiográfica”, basada en acontecimientos personales, como la migración a la selva, y hecha con mucha emoción. Había una doble emoción en la realización de esa película. Por un lado, la emoción creativa del cine, que es muy difícil de convocar, ya que no es un fenómeno solitario sino multitudinario, rodeado de gente, de problemas ajenos, etcétera, durante la filmación. Después, durante la posproducción, ya no, gracias a que aprendí a manejar equipos para el montaje, la edición, el sonido. Trabajaba solo. La etapa de la filmación, que es supuestamente la romántica, es en realidad aburrida y muy lenta. Lo que me da pena es saber cosas ahora que antes no sabía, y con mucha claridad. Pero es tarde.
¿Por qué? ¿Usted qué piensa de la muerte?
Estaba esperando que llegáramos ahí, yo iba a llegar a eso aunque ustedes no lo hicieran. La muerte es mi única meta. No hay nada que hacer.
Estuvo cerca de alcanzarla hace unos pocos años…
Sí, estuve muy mal, y eso lo que hizo fue reforzar de una forma emotiva esta concepción. Estuve internado seis meses en un hospital. Pero para mí la muerte es una meta. He tratado, infructuosamente, de formar un grupito, llamado irónicamente “de la buena muerte”, pero me encuentro con que el miedo a la muerte propia es muy poderoso. Tuve un contacto con Mariano Querol, quien comulgaba con estas ideas, pero no funciona. A pesar de todo, no tiro la esponja. La muerte es solitaria, pero el proceso de enfrentar la muerte y de decidir cómo y cuándo se va a morir uno requiere de un intercambio de opiniones con esa absoluta libertad respecto del miedo a la muerte. No le tengo miedo a la muerte, pero sí le tengo miedo a la agonía. Esa sí la he olido, y así no me gustaría morir de ninguna manera.
Publicado en la edición de febrero del 2008 en Perú Económico
In Memoriam: (1923- agosto de 2010)

Lamentablemente nos acabamos de enterar del fallecimiento de Armando Robles Godoy. Los cinerastas nos sumamos a las condolencias a todos los familiares de Don Armando Robles Godoy. Descanse en paz, Don Armando.
César Guerra Linares
José Sarmiento Hinojosa
Los Cinerastas
Una celebración de vida…!
A sus 100 años, Manoel de Oliveira baila en escenario. Una de las mentes más lúcidas del cine contemporáneo nos da una lección de vida. Larga vida al maestro.

















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