Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Archive for septiembre, 2009

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Estimados lectores cinerásticos:

 

Antes que nada queremos ofrecerles nuestras disculpas por los casi dos meses en los que no hemos publicado nuevas ediciones e información reciente,  a excepción de la publicación del Palmarés del XIII Festival de Cine de Lima el 17 de agosto.  La para fue causada por motivos laborales que nos absorbieron a tiempo completo y que no pemitieron que los editores nos reunamos a postear los nuevos artículos. Asimismo queremos disculparnos con nuestros redactores cuyos textos enviados por algunos de ellos semanas atrás no hemos podido publicar; a partir de esta edición y las siguientes  saldaremos la deuda que tenemos con ellos. De otro lado, con esta edición retomaremos el ritmo semanal de publicación que teníamos antes del receso. Sin más que decir empezamos una nueva y variada edición de También los Cinerastas Empezaron Pequeños

  • Ricardo Adalia Martín nos envía desde España un artículo sobre Nanayo, última película  de la gran directora japonesa Naomi Kawase, este texto se publica en la sección Outsiders.
  • Les presentamos el Palmares de la 66 Edición del Festival de Cine de Venecia.
  • Aunque tarde les ofrecemos un balance de lo que nos dejó el XIII Festival de Cine de Lima; así como críticas de algunas de las películas vistas durante el mismo.
  • Finalmente en nuestra sección Cartel Fílmico les brindamos tres artículos de películas de la  cartelera local.

 

        Aquí,  como siempre, esperamos sus comentarios, sugerencias y críticas.

 

        César Guerra Linares

       José Sarmiento Hinojosa

        DIRECTORES


El Problema de la Imagen de Fondo

 

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 Naomi Kawase – Nanayo (2008)

Una de las consideraciones que se han ido arrastrando de crítica en crítica sobre la obra de Naomi Kawase desde su aparición en el mercado es la de convertir en virtud su ausencia de referencias cinematográficas. Como ha declarado en numerosas entrevistas [1], su cine no parte de una cultura cinematográfica, sino de la propia vida. De su propia vida. Kawase siente la necesidad de reformular sus propios recuerdos y para ello ha decidido alejarse de las influencias que considera dañinas.

Esta afirmación, de la que no podemos saber con seguridad su veracidad, asumiéndola nos podría resultar escandalosa por lo que tiene de despreciativo hacía la historia del cine en general y alguno de los maestros en particular. Pero deberemos entenderla como esa dualidad que está presente en sus películas y que se convierte en un juego entre obra y autora. Cabe recordar que todas las películas de ficción de Naomi Kawase son un trayecto recorrido por un personaje protagonista desde la ausencia que deja un ser cercano y querido, hasta otro que encontrará por el camino. Se debe entender por lo tanto, esa leyenda sobre el origen de su cine como el disfraz de una aventura similar a la de los personajes que pueblan sus películas.

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No obstante, si que cabría detenerse en otra afirmación que ha traído asociada la primera. La comparación por esa falta de referencias cinematográficas entre el cine de Naomi Kawase y el de Yasujiro Ozu. No en tanto a la desestructuración de la matriz familiar como en el sentido primigenio de la construcción de imágenes. Si bien esta idea sería tema de una discusión más amplía, aun aceptando que en el caso Kawase sea cierta, no se puede llegar a compararla con Ozu (además de por otras razones más que evidentes) por la sencilla razón de que este último si que filmaba a partir de maestros.

Como se puede leer en cualquiera de sus biografías, Ozu entró a trabajar en los estudios Shochiku como barrendero gracias a su hermano. Allí se fue ganando la confianza de los productores hablándoles de las películas americanas que solo él había visto. Ozu había pasado toda su vida yendo a los escasos cines donde se proyectaban películas extranjeras, renunciando a sus estudios y posibles trabajos por verlas. Cuando entró a trabajar en Shochiku era considerado en su familia poco menos que un vago, pero ya acumulaba en sus retinas gran cantidad de imágenes que solo él había visto. A base de hablar de ese cine que no conocía nadie para ser reproducido, consiguió llegar a dirigir su primera película.

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Desde ese mismo momento la imagen de lo que había visto en las pantallas le perseguiría en toda su filmografía. En sus primeros trabajos de forma fetichista, instalada en la propia imagen a través de la iconografía de las comedias juveniles americanas de la época representadas en la figura de Harold Lloyd. Y a medida que avanzaba el tiempo, diluyéndose hasta formar una síntesis de dos imágenes que constituían esa frontera invisible que separaba a cada miembro de una unidad familiar.

Todo esto cabe subrayarlo porque si bien no se puede hacer la comparación Kawase-Ozu en el origen de la imagen, si que se observa que a partir de Nanayo comienza a aparecer una imagen en el terreno de lo que anteriormente solo fue ausencia y que se reformula como una imagen que persigue a la directora.

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En su último trabajo veremos a Ayako, una joven japonesa que llega a Tailandia para instalarse en una casa construida en el medio de la jungla donde se enseñan diferentes técnicas de masajes. En el tiempo que permanecerá allí convivirá con un francés, una madre soltera, su hijo y un taxista con un pasado un tanto dudoso. Cada cual hablando en su lengua materna y un poco de ingles que deja bastante que desear, y donde se configurará un conflicto desde la falta de entendimiento a través de la palabra para desplazarlo al lenguaje del cuerpo sintetizado en el masaje corporal. Las relaciones entre cada uno de los personajes nos irán desvelando la falta que han dejado atrás y que les ha hecho llegar allí, a la vez que se van reconfigurando cada una de sus vidas.

En las imágenes que dan forma a este argumento, aparecen una gran número de evocaciones de su cine, como por ejemplo esas calles y gentes de Nana donde transcurre Shara (2003), su ya famoso baile exorcizador, sin olvidar las de esos bosques que son ya un icono dentro de su obra, como los de Suzaku (1997) y Mogari no Mori (2007). Trabajo precedente del que se invertirá su construcción narrativa para formar con Nanayo una perfecta simetría. Si en aquella la joven Machiko emprendía un viaje metafórico a través del bosque simbólico hasta encontrar a Mako tras ser impulsados por el melodrama que dejaban atrás en una residencia de ancianos, en Nanayo el viaje entre cada uno de los personajes se producirá hasta que explote el melodrama en medio de  de la casa y el bosque donde conviven.

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Shara (2003)

Aunque por una parte las nuevas variaciones desplacen el trayecto más allá de Nana (su ciudad natal donde rodó sus anteriores trabajos) hacia Tailandia, introduciendo un personaje europeo, estas quedan retenidas de forma irremediable por esas imágenes de su propio cine que emergen para instalarse en lo que antes fue una ausencia. Esa imagen que perseguía a Ozu y que cercenaba las relaciones de los personajes protagonistas aquí aparece para cercenar de forma irremediable todo su cine. No se trata de una repetición de imágenes, sino de un poso fenomenológico que hace que la imagen, aun pareciendo ser distinta, se convierta siempre en la misma imagen. El problema de Kawase no reside tanto en la repetición de los elementos que trata de variar en la imagen, sino en la forma que tiene de construirla. Poniendo dos ejemplos. Su forma de filmar el baile catártico de Shara es la misma con la que filma el baile final de Nanayo. Y de igual manera que filmaba los bosques y el viento de  Suzaku y Mogari no Mori, los filma en la película que nos ocupa.

Todo esto que podría justificarse como un work in progress, se desmiente fácilmente si subrayamos el dato de que en esta ocasión su directora de fotografía es Caroline Champetier. Por lo tanto, sus imágenes no tratan de progresan hacia esa imagen pura, limpia y trascendente a la que se aspira a llegar por el camino de la continua actualización, sino más bien hacia una construcción de belleza simulada que suma maquillajes al fondo de una misma imagen.

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Suzaku (1997)

Un fondo donde reside el verdadero problema de Nanayo y donde comienza a certificarse la pérdida de interés por la filmografía de Kawase al ser ella misma y sus recuerdos ese fondo. Si sobre una imagen se puede trabajar de forma infinita por no pertenecernos y por la posibilidad de escoger la distancia a la que situarnos de ella, trabajando sobre uno mismo nos encontraremos instalados siempre en un mismo punto dentro de la finitud de la propia vida. Kawase nos ha demostrado tanto en su faceta documental con sus diarios fílmicos, como en su faceta ficcional con sus recuerdos filmados, que las imágenes que nacen de ella misma están consumiendo a su cine en la finitud de unas imágenes que remiten siempre a lo mismo.


[1] http://www.pulpmovies.org/entrevistas/naomi_kawase.html

 

Por Ricardo Adalia Martín.


Palmarés de la 66 Edición del Festival de Cine de Venecia

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Samuel Maoz ganador del León de Oro de la 66 Edición del Festival de Cine de Venecia por su película Líbano

 

León de Oro a la mejor película Lebanon, de Samuel Maoz
       
León de Plata al mejor Director Shirin Neshat por Zanan Bedone Mardan (Women without men) 
     
Premio Especial del Jurado Soul kitchen, de Fatih Akin
     
Copa Volpi a la mejor actriz Ksenia Rappoport por La doppia ora, de Giuseppe Capotondi
     
Copa Volpi al mejor actor Colin Firth por A single man, de Tom Ford
     
Premio Marcello Mastroianni al actor o actriz revelación Jasmine Trinca por Il grande sogno, de Michele Placido
     
Osella a la mejor contribución técnica Sylvie Olivé, escenógrafa de Mr. Nobody, de Jaco Van Dormael
     
Osella al mejor guión Todd Solondz por Life during wartime
     

SECCIÓN HORIZONTES   

Premio Venecia Horizontes Engkwentro, de Pepe Diokno
     
Documental Horizontes 1428, de Haibin Du
     
Mención especial Aadmi ki aurat aur anya kahaniya (The man’s woman and other stories), de Amit Dutta
     

SECCIÓN CORTO CORTISSIMO   

León Corto Cortissimo Eersgeborene (First Born), de Etienne Kallos (Sudáfrica, USA)
     
Mención especial Felicità, de Salomé Aleksi (Georgia)
     
Candidato a los Premios del Cine Europeo Sinner, de Meni Philip (Israel)


Balance de un Festival flojo: XIII FESTIVAL DE CINE DE LIMA

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Muriel (1963) de Alain Resnais 

 

El XIII Festival de Cine de Lima ha sido en términos generales flojo debido a la poca variedad y calidad de las películas proyectadas (alrededor de 100). No obstante hubo un puñado de cintas entre buenas,  muy buenas y notables – aunque estas últimas son las menos – que pude ver tanto en las Competencias Oficiales de Ficción y Documental como en las Muestras Paralelas. Lo mejor del festival sin duda alguna fue la retrospectiva casi completa dedicada al gran maestro francés Alain Resnais. A continuación haré una lista con las mejores películas que vi durante el festival:

Sin Orden de Preferencia:

Huacho de Alenjandro Fernández Almendras (Sección Oficial Ficción)

Rabioso Sol, Rabioso Cielo de Julián Hernández (Sección Oficial Ficción)

Muriel de Alain Resnais (Retrospectiva)

Stavisky de Alain Resnais (Retrospectiva)

Corazones de Alain Resnais (Retrospectiva)

Mélo de Alain Resnais (Retrospectiva)

Tiro en la Cabeza de Jaime Rosales (Presentaciones Imprescindibles)

La Nana de Sebastián Silva (Sección Oficial Ficción)

Garapa de Jose Padilha (Sección Oficial Documental)

Los que se Quedan de Juan Carlos Rulfo y Carlos Hagerman (Sección Oficial Documental)

Gasolina de Julio Hernández Cordón (Sección Oficial Ficción)

Gigante de Adrián Biniez (Sección Oficial Ficción)

Parque Vía de Enrique Rivero (Sección Oficial Ficción)

Los Paranoicos de Gabriel Medina (Sección Oficial Ficción)

Excursiones de Ezequiel Acuña (Sección Oficial Ficción)

La Tigra, Chaco de Federico Godfried y Juan Sasiaín (Secretos y Tesoros de Latinoamérica)

Familia de Fernando León de Aranoa (España País Invitado)

Continental, Un Film sin Fusil de Stéphane Lafieur (El Cine de Quebec)

Acné de Federico Veiroj

  

Por César Guerra Linares


XIII Festival de Cine de Lima: Las Críticas

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Tiro en la Cabeza de Jaime Rosales

 

Ernesto Sábato, mi padre

¿Qué puede salir de un documental dirigido por un hijo sobre su padre? Más allá de que el trabajo lo realice la persona que más conoce al personaje de su proyecto, puede llevar a cabo un material que se ame o que se odie. Felizmente lo hecho por Mario Sábato produce lo primero. Corre un riesgo un hijo cuando centra su película en el padre, más aún si el progenitor es famoso y peor si el cineasta en cuestión no se considera preparado o apto para ejecutar una obra digna, resaltante. Uno de los temores de Mario era ése, también advertía que su cinta no se empeñaba en brindar la imagen intelectual, literaria de Ernesto Sábato; sino todo lo contrario, ofrecer a la persona tal cual la visualizaba e identificaba él.

Yo sólo indico que eso no debe ser visto como un lastre per se. Incluso después de apreciar la película, estimo que ese enfoque y planteamiento que parte del guión y luego se plasma en la filmación, resulta sobresaliente, gratificante, ya que nos otorga la ocasión de observar facetas desconocidas del autor de Sobre héroes y tumbas y, lo que es más importante, nos hace descubrir su lado humano.

De esa forma, Mario nos conduce a una trayectoria vital rica en experiencias, poseedora de muchas anécdotas familiares, desarrollada en diversos campos y aficiones (somos testigos de la poca difundida obra pictórica de don Ernesto), su activismo social y su rol como defensor de los derechos humanos, etc. En fin, conocemos al padre y éste se nos presenta sensible, capaz de conciliar y unir en sus intereses y background las nociones muchas veces rivales de lo culto con lo popular y, obviamente,  en varios pasajes nos encontramos privilegiados con las reflexiones inteligentes o precisas que expresa.

Por Alfonso González Vigil

 

Gasolina

Esta cinta guatemalteca desde su gestación (había ganado la categoría Cine en Construcción del Festival de San Sebastián) ya generaba polémica y polarización en el juicio valorativo de la obra. Ya exhibida la cosa no cesó; al contrario, ha aumentado al nivel de suscitar en algunos espectadores que se deteste lo visto o que se lo admire. Pareciera que si Gasolina produce extremas, encendidas y diferenciadas apreciaciones, se debe entonces a que contiene alguna genialidad el filme. No me atrevería a llamarle genial, pero algunos aportes, méritos, solvencia y virtud ofrece esta trama sencilla que explora los conflictos y experiencias límites a las que se entregan tres adolescentes.

Muchachos que no se plantean ningún dilema moral en gozar la vida; por ello no es de extrañar que roben gasolina, la cual utilizan para suministrar de combustible al auto con el que se movilizan por las noches. El auto no es un transporte cualquiera, en primer lugar es el auto de mamá y en segundo lugar, sin él no podrían buscar distracciones. Con justicia a estos chicos se les consideraría inconscientes, pues se adentran en el mundo nocturno sin medir las consecuencias. Cada situación riesgosa que se les presenta, pone a prueba la amistad de este grupo, evidencia las debilidades de uno y otro pero manifiesta un concepto positivo entre ellos: la solidaridad, aunque el sentido de ésta no queda libre de particularidad y de exigencia que contempla visos suicidas o de posible abnegación.

Lo rescatable radica en la soltura de la trama con momentos que acontecen de manera desenfadada, incluso dinámica. La narración también brinda a ratos esa atractiva energía. El defecto es que nunca termina por mantener un tono en conjunto. No sabe equilibrar los tiempos muertos con los de acción. Irrumpe, se percibe abrupto con cada registro.

Por Alfonso González Vigil

 

Huacho

La película del chileno Alejandro Fernández nos cuenta de un modo peculiar un día en la vida de una familia habituada al campo. Vemos las actividades que desarrolla una familia de cuatro miembros para subsistir o para superarse como personas. La abuela Clemira que vende quesos, el abuelo Cornelio que recolecta madera en los rincones naturales del campo, la mamá Alejandra que cocina para un local turístico y su hijo Manuel que siempre emprende un largo recorrido para llegar a la escuela. El ambiente rural donde provienen los personajes está ubicado a orillas de Chillán, al sur de Chile. El filme de manera osada, astuta y, sin caer en la fácil denuncia o un discurso maniqueo, expone las diferencias entre el campo y la ciudad; las necesidades que exige un medio abandonado frente a la ciudad consumista.

La tradición y la modernidad se enfrentan. Mientras el abuelo evoca con espontaneidad y no exento de orgullo sus vivencias ligadas a la zona rural; el nieto, en cambio, desea un futuro distinto. Se ve presionado en parte porque en su clase se le trata distinto por no pertenecer a la ciudad y despectivamente le señalan que debe realizar actividades propias del campo. Ese tipo de confrontación generacional, además del enfoque social (y prejuicio) registra Huacho. Mientras las imágenes bucólicas resultan tediosas, lentas para el espectador, las de la ciudad se contraponen como tomas ágiles, de mayor vértigo; pero ello no le exime de mostrar ciertos defectos y vicios al medio moderno.

El humilde termina aspirando a lo que poseen la mayoría de gente en esta era globalizada. No importa que sean objetos frívolos o sofisticados, el reclamo radica en la posibilidad de adquirirlos y en el merecimiento de obtenerlos, ya que son clase trabajadora que se faja en sus labores cotidianas.

Por Alfonso González Vigil

 

La Nana

Es una comedia dramática preocupada por enseñarnos lo variable de las emociones, las reacciones que se suceden cuando una persona ve peligrado su puesto de trabajo en una casa y la conformidad frente a una existencia rutinaria y sin sobresaltos. Raquel, la protagonista, lleva trabajando veintitrés años de nana para la familia Valdés, perteneciente a la clase alta. Es una mujer dedicada hasta el detalle en su trabajo diario; asimismo, muestra una personalidad introvertida, una actitud distante.

Sintomática resulta una de las escenas del inicio donde se le festeja su cumpleaños. Raquel luce apática, quizás intuyendo que sus patrones sólo le celebran por agradecimiento mas no por genuino afecto. Aunque la familia se empeñe en transmitirle estima y que ya se le considera alguien especial en el hogar; de todas maneras se evidencia que los roles y espacios están bien definidos y difícilmente pueden franquearse. Su situación en la casa corre riesgo cuando se entera que la señora Pilar contrató a una nana para que le sirva de asistente.

Desde ese instante, Raquel le declara la guerra a toda aquella que intente ocupar un sitio en lo que considera su territorio. Logra deshacerse de dos empleadas, en su lucha por eliminarlas como competencia no duda en infringirles perversos e infantiles maltratos psicológicos. Esos abusos, sumándose otros factores ayudan a que Raquel siga firme en su puesto, pero no se percata que eso mismo la aleja de sentimientos tales como la compasión. Todo cambia con Lucy, la tercera nana; ella es provinciana, tiene sentido del humor y trata de ver positivamente las cosas. Consigue que Raquel se reconozca en ella (las dos son provincianas, extrañan a sus familias) y aprecie aquel lado ignorado de la vida: la calidez humana y que uno no se endurezca de forma permanente.

Por Alfonso González Vigil

 

La separación

Relata la complicada situación que atraviesa una pareja. Afrontan una doble separación: la del matrimonio en sí, y la que sobreviene con sus hijos. Este buen largometraje se programó con motivo del Homenaje a la actriz Isabelle Huppert y cuenta con una de las mejores interpretaciones de la carrera de la artista francesa. Presenciamos el desmoronamiento de un ambiente familiar, la existencia apacible y predecible sufre una ruptura precisamente porque ya se evidencia que acabó el sentido de la relación. Con sutileza y perspicacia, el director Christian Vincent nos detalla la desintegración del amor que padecen Pierre (Daniel Auteuil) y Anne (Isabelle Huppert). La mención del ambiente que se destruye o desvanece no resulta gratuita, puesto que Vincent da relevancia a las atmósferas en su puesta en escena y en su propuesta dramatúrgica.

Al contrario de otros filmes que tratan historias de rupturas conyugales y los cuales se amparan en demasiadas explicaciones o frases dichas en voz alta, La separación opta por describir atmósferas, ya sean las de un orden derrumbado, ya sean las de individuos que intentan superar el mal momento y apostar por un nuevo destino. Esto lo maneja con delicadeza Vincent concediendo la oportunidad de que los actores transmitan de modo verosímil las vicisitudes interiores que experimentan. El tema del espacio ocasiona que las peripecias nombradas se vean acentuadas, difíciles de digerir o soportar en algunos casos.

Anne es la que se atreve a buscar una razón para salir adelante. A pesar de que con su marido se producen reconciliaciones pasajeras, ello no dura e invade con fuerza  nuevamente el fantasma de la crisis matrimonial. Los efectos que traen esos manotazos de ahogado, no hacen más que provocar desgarros y resignación. Aunque parezca increíble, Anne se sobrepondrá, pero únicamente jugándosela por un nuevo amor.

Por Alfonso González Vigil

 

La Tigra, Chaco

Película de Federico Godfrid y Juan Sasiaín que habla sobre un reencuentro largamente postergado entre un padre y un hijo. El lugar central que se retrata es una villa apacible del norte de la Argentina. Lo filmado por Godfrid y Sasiaín recurrió a cierto naturalismo en las imágenes y en la participación de habitantes de la zona para encarnar los roles secundarios de la cinta. La sensacional Ana Allende que asumió el papel de la tía de Esteban, el protagonista de la historia, abandera al grupo de espontáneos lugareños que actuaron en La Tigra, Chaco.

Esteban llega después de varios años de ausencia a la tierra que alguna vez lo cobijó; no obstante, su padre, con quien anhelaba encontrarse, ha viajado por motivos laborales y, mientras aguarda su retorno, el joven acostumbrado a la capital comienza a conocer y tratar a la nueva familia que formó su padre. Con quien sí se reencuentra de forma inmediata es con Vero, una amiga de la niñez que ahora luce hermosa y simpática. El amor a primera vista asoma. El inconveniente es que ella tiene novio. No es de extrañar entonces que el triángulo amoroso se desate y depare más de un enredo.

Los dos directores apelan a una crónica pueblerina que no se limita a enseñar los atractivos naturales del medio que les rodea, sino que también remarca la melancolía y la importancia de ésta cuando se la utiliza cual catalizador de frustraciones y de épocas idas que no van a regresar y no merecen que uno se aferre ciegamente a ellas. Las contradicciones y diferencias iniciales que se originan entre el muchacho citadino y la gente campechana acaban por disolverse cuando nace una empatía del porteño hacia “los otros” que, al igual que él, sienten, sufren, recapitulan, se enamoran.

Por Alfonso González Vigil

 

Muriel o el tiempo de mi regreso

Una merecida retrospectiva del realizador galo Alain Resnais se efectuó en el Festival de Cine de Lima. Esta cinta constituye una de las obras maestras del cineasta interesado por una propuesta de los sentidos, una estética que plasme los temas de la memoria, los recuerdos y el pasado que muchas veces uno reconstruye al rememorar. Al igual que en Hiroshima Mon Amour, una persona muerta, un amor perdido en el plano físico inquieta al protagonista. Bernard es hijo adoptivo de Helène, una dueña de un negocio de antigüedades. Bernard es quien sufre por el recuerdo de Muriel, una chica argelina que falleciera torturada en la Guerra de Argelia.

El problema reside en que Bernard no ha olvidado a Muriel por más que ya no esté entre nosotros; Helène, que ha enviudado y cuida fervorosamente al muchacho, adolece algo parecido. Ella también tiene perenne en su memoria a un amor de juventud. Y ahora que se halla viuda no ve impedimento para buscar a su amado de antaño. El guión escrito por el intelectual Jean Cayrol enfatiza en la idea de que el tiempo no da tregua, demostrando lo implacable que puede ser y subrayando que con el correr de los años, lo que fuera idóneo ya se convierte en irrepetible. Y ese es tan sólo uno de los temas que se desprenden de esa trama; del mismo modo podemos concluir que la guerra destruye lazos afectivos.

Helène se percata que en la vida las cosas cambian y Alphonse, a quien amó hace veinte años atrás, ya no es el mismo y, más allá de los esfuerzos, la relación se torna imposible. Una presencia que signa el destino de varios, tejiendo una revisión sentida y lúcida de episodios de la historia contemporánea.

Por Alfonso González Vigil

 

Continental, una película sin armas

Este año, el festival nos sorprendió anunciando que de aquí en adelante el cine de Quebec tendrá un apartado permanente dentro de sus muestras paralelas, gracias al apoyo de la Société de Développement des Entreprises Culturelles (SODEC). Esto resulta curioso dadas las pocas referencias que tenemos de tal cinematografía; sin embargo, grata fue nuestra sorpresa al encontrarnos con algunos filmes interesantes entre los seis que formaron parte de dicha sección. De hecho, fue allí donde encontramos una de las mayores sorpresas del festival: Continental, una película sin armas, ganadora de diversos premios en su país, entre los que se incluyen mejor película del año y mejor ópera prima del año.

Las vidas de cuatro personajes —un anciano ex músico y ludópata que está separado de su esposa, una anciana que ha “perdido” a su marido pero no pierde la esperanza de encontrarlo, un hombre maduro que por cuestiones de trabajo se  tuvo que mudar de ciudad, alejándose de su familia, y una joven recepcionista de hotel urgida de afecto— se entrecruzan a causa de la “desaparición” de un hombre.

En tiempos en los que en esta parte de la región se debate acerca de la validez de ciertos modelos estéticos que priorizan el minimalismo y la austeridad por encima de la espectacularidad visual o de representaciones narrativas clásicas, nos llega un filme del otro lado del continente que demuestra que más allá de las fórmulas están las historias bien contadas y los personajes ‘verídicos’. El director Stéphane Lafleur registra el devenir de un grupo de individuos ‘desarmados’ por las circunstancias, pero lo hace de forma natural (no es casualidad que estemos hablando de un cineasta con un amplio background como documentalista), sin que medie ningún tipo de artificio argumental, dejando que las imágenes respiren lo suficiente como para mostrar que en estos tiempos de nula privacidad y agobiante soledad la libertad también se puede obtener internándose en un bosque en medio de la oscuridad.

Por Diego Cabrera

 

Gigante

En medio del debate sobre la corriente minimalista del cine latinoamericano, Gigante, opera prima del bonaerense Adrián Biniez, es una buena muestra de las posibilidades expresivas de ese tipo de cine. Estamos ante un personaje que permanece la mayor parte del metraje en un ambiente oscuro, claustrofóbico y dotado de una perspectiva privilegiada, desde la cual se comunica con el exterior a distancia, de modo casi virtual, a través de un circuito cerrado de cámaras de seguridad.

Pero ese “exterior” es en realidad un área relativamente pequeña -y más aún el espacio de su restrictivo y platónico punto de interés-, una locación interior, más amplia y abierta, pero adyacente y parte de la misma construcción, un supermercado donde Jara se toma en serio el oficio de vigilante. Él vigila al personal, que es capaz de cometer algún robo; sigue a Julia, joven empleada por la que siente una obsesión voyeurista; y también vigila al supervisor que amenaza la estabilidad laboral de ésta.

La eficacia de la puesta en escena pasa entonces por la justeza de los encuadres de Jara, parapetado en su pedestal, y de los observados, que no son conscientes de estar en el centro de la mirada de este silente transgresor; pero también por los escapes a ese entorno constreñido, en las salidas a la calle que van acentuando la alienación del protagonista y su propensión a la violencia. Biniez hace, con evidente afecto por sus criaturas, una parábola del hermetismo y la incomunicación, la cual concluye justamente cuando estos elementos parecen declinar y nos dejan una optimista imagen de asertividad.

Por Gabriel Quispe Medina

 

Excursiones

Excursiones, tercer largo del argentino Ezequiel Acuña, permite recordar que una buena opción para la obra de un realizador, es hacer varias películas de cualquier metraje sobre un mismo personaje, o más de uno. Resulta una especie de seguimiento vital, que en el documental cobra mayor dimensión porque se trata de momentos de la vida de una persona real –por más que la “realidad” y el “realismo” sean inasibles y relativos–, pero en la ficción también sirve como natural progresión dramática y base de una línea autoral, pues esta posibilidad suele desarrollarse desde los primeros pasos de una filmografía (y justamente Acuña busca una naturalidad casi documental, como consecuencia del ensayo y algunas correspondencias entre sus obras y las vivencias del grupo).

El caso emblemático es Antoine Doinel, el alter ego de François Truffaut interpretado por Jean Pierre Léaud en Los cuatrocientos golpes, y que apareció en tres largos posteriores y un mediometraje que a la vez integró un filme colectivo. Acuña retoma a Marcos y Martín, los ex compañeros de colegio de su corto Rocío (1999), que dejaron de verse una década y se reencuentran dedicados al quehacer artístico y deseosos de trabajar juntos. Se crea un clima de familiaridad en una puesta en escena muy cómoda, que aborda con la misma espontaneidad los momentos lúdicos, afectivos, nerviosos y tensos.

El diálogo está hecho de balbuceos, murmullos, interrupciones, silencios y réplicas simultáneas, que se registra con una cámara íntima pero que nunca parece invadir sus espacios, en un blanco y negro que potencia la nostalgia y acerca el pasado, en una suerte de prolongación indefinida de la adolescencia. Excursiones encuentra en la modestia su principal virtud y logra bellos momentos poéticos sin un ápice de solemnidad, y sin renunciar a un tono muy personal.

Por Gabriel Quispe Medina

 

Tiro en la cabeza

Un tiro en la cabeza, de Jaime Rosales, molesta y desconcierta a un sector del público –incluidos algunos críticos–, que se siente estafado ante la obra y hasta, en algunos casos, reclama al personal de la sala por una supuesta falla técnica. Es muy interesante enfrentarse a esta película, porque en un contexto de debate sobre el minimalismo en el cine latinoamericano, que ocurrió luego del palmarés del Festival de Lima, constituye otra apuesta extrema por una narración singular, en el énfasis de la distancia del punto de vista en la construcción de la puesta en escena, que es tan contemplativa que juega con la capacidad auditiva del ser humano: nunca escucha(mos) un diálogo fluido entre sus citadinos personajes.

Existe el sonido ambiental, captado de modo directo, pero todo está observado de lejos, en planos generales o en planos más cerrados que tienen puertas y ventanas de por medio. En esa sostenida atmósfera semisilente, ¿qué muestra Rosales? Registra la cotidianidad más transparente de la gente: consumiendo, conversando, pensando, coordinando, amando; y recoge gestos de hastío, calma, preocupación, placer o alegría; en el marco de una metrópoli que realiza maquinalmente sus actividades, especialmente las consumistas, y no mira a su alrededor.

Ese “no pasar nada” se ve súbitamente alterado por el vuelco del personaje más recurrente en esa mirada lejana, un hombre cuarentón, grueso y barbudo, que no llama mucho la atención pero que repentinamente provoca un vuelco en la “trama”, que sólo es precedido por conversaciones algo tensas con varias personas, ligeramente diferenciadas del clima general apacible y liviano.

Aunque es difícil entusiasmarse con Un tiro en la cabeza, que además acusa cierto cansancio por momentos, nos parece una propuesta válida, que el autor disfruta en su limpieza narrativa y en cómo construye imperceptiblemente una historia “sacada de la nada”.

Por Gabriel Quispe Medina

 

Los Paranoicos

Se trata de un relato cautivante que desde los primeros minutos imprime un tono perturbador, en correspondencia con la naturaleza culposa, depresiva y paranoica del personaje de Luciano Gauna (Daniel Hendler, en notable actuación). En ese sentido, Los Paranoicos (2008) se despliega a partir de una narrativa briosa y un clasicismo que porta con orgullo marcas de géneros bien aprendidos. Gabriel Medina, su joven director, debuta nada menos que con una comedia que tiene algo de romántica, algo de nocturna, algo de camino a la adultez, algo de manifiesto contra el vacío y la desidia y algo de reflexión sobre ciertas ficciones argentinas (pobladas de super perdedores).

Y un protagonista inolvidable, ubicado y nombrado con precisión en un relato que le permite enfrentarse a la euforia de la música y la velocidad, y al vértigo de tomar decisiones. Esta también es una película joven sobre gente joven (como Excursiones) pero con otra catadura y otro gusto; que habla en sordina sobre asuntos de la sociedad moderna; que habla de Gauna, un tipo de unos treinta y tantos años; que anima fiestas infantiles junto a un amigo de infancia, para ganar algo de dinero. Y vive preocupado. Teme algún contagio.

Y hace mucho que está escribiendo (o más bien no está escribiendo) un guión. Es alguien a punto de estallar, o a punto de no arrancar nunca. Y entonces llega su amigo Manuel desde España. Manuel es un “ganador” global y Luciano es un compendio de imposibilidades (pero en algún momento Gauna se suelta, y baila solo en una escena impactante). Y aparece Sofía, la novia de Manuel: el componente curativo de la historia; y el virus paranoico –hacia el final- que Manuel termina por inocularse. Una de las mejores cintas argentinas de 2008.

Por Óscar Contreras

 

Parque Vía

Parque Vía (2007) de Enrique Rivero es una ópera prima con muchos valores cinematográficos aunque carente de dos componentes fundamentales y concomitantes: emoción y poder hipnótico. Producto fronterizo entre la ficción y el documental, Parque Vía está centrado en la vida solitaria, silenciosa y monótona de Beto, el guardián de un caserón deshabitado en la Ciudad de México, que se encuentra a la venta. Beto es un ser común y corriente, sin mayores aspiraciones en la vida, que se siente a gusto en su soledad, en esa casa que es su verdadero leit motiv.

Para Beto no existe nada importante más allá del umbral de la puerta del caserón; solo el vacío existencial (de una vida pasada que desconocemos) y un mundo exterior amenazante. Beto sigue una estricta rutina: todos los días se levanta, se baña en silencio, limpia de modo exhaustivo cada uno de los rincones de la casa; come, dormita y ocupa algo de su tiempo en ver televisión para medio enterarse de lo que ocurre en el mundo circundante; y también lee periódicos atrasados que le trae el chofer de la señora.

Se relaciona de un modo cercano, pero no tan efectivo con dos mujeres: la patrona a quien obedece y respeta y a Lupe una prostituta del Salón Bombay, que es su confidente y su amante ocasional, que le resuelve necesidades sexuales. Como indicábamos, Parque Vía tiene una realización muy cuidada, buenos encuadres, planos secuencia funcionales, primeros planos que registran la mirada opaca de Beto (cansada y desilusionada), por momentos una sonrisa congelada en el rostro.

No obstante, los escasos diálogos, el tedio existencial, el sonido directo que refuerza el sentido de ostracismo y destrucción, devienen en “chiches” externos que no coadyuvan a la instalación de un componente importante en la progresión dramática del filme: la decadencia del personaje. Creemos que Rivero se equivoca al registrar vivamente hacia el final una pulsión criminal; cuando previamente debió sugerir o rodear las circunstancias de esa sociopatía.

Por Óscar Contreras


Encuentros Cercanos … en el Ático

 

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John Schultz – Pequeños Invasores (Aliens in the Attic, 2008) 

Tal vez este filme no sea clasificado como ciencia ficción, ni mucho menos como vacaciones de verano para jóvenes. Sin embargo, “Pequeños invasores” presenta estos dos elementos que lo convierten en un film de aventura que presenta humor, entretenimiento y la oportunidad de que los  jóvenes salven a la humanidad… nuevamente.

 

Este filme, dirigido por John Schultz (director también de “The Honeymooners”), narra la historia de una familia norteamericana que decide tomar vacaciones en una casa de verano lejos de la ciudad, sin embargo, los más jóvenes de la familia descubrirán que en el ático se hayan seres del espacio exterior que han venido a tomar el planeta y empezar una invasión global. La sinopsis de la película suena entretenida pero deja vacíos durante el metraje de la cinta pues tiene elementos muy estereotipados.

El tema es interesante y posee aventura para todas las edades, no obstante, la trama se siente muy ligera para tales personajes que podrían realizar más acciones.

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Tal como mencioné, los personajes son muy estereotipados lo que se aúna a una falta de creatividad actoral, además de que los personajes no tienen ningún cambio especial durante el film.

El personaje principal (Tom), que no es más que un “cerebrito”, decide bajar sus notas para no sentirse rechazado por los populares, sin embargo, no presenta ninguna sorpresa en su comportamiento durante la trama salvo al final en el que acepta que no se necesita fingir ser otro más que ser uno mismo.

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La hermana de Tom (Bethany) que es la típica chica frívola que sólo se dedica a rechazar a su hermano y salir con su novio Ricky, quien engaña a la familia para quedarse con ella, malogrando su propio auto y decir con ello que está varado.

La hermana menor (Hannah), que representa la parte “tierna” del film interactúa con uno de los extraterrestres (lo cual nos hace recordar algunas escenas de “E.T.”). Finalmente, están los primos de éstos: unos gemelos dedicados a las consolas de videojuegos y el hermano mayor que comparte la misma afición de su padre con los fuegos artificiales ilegales.

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Estos jóvenes se enfrentarán a cuatro pequeños extraterrestres, quienes poseen materiales de última generación para cumplir su cometido: encontrar el artefacto que los haga gigantes para poder dominar al mundo. Esto representará una gran dificultad para ellos, pues los jóvenes usan su ingenio para arruinarles el plan, sin que terminen castigados por sus padres.

Pese a que la  animación no es muy compleja en comparación con otros film en live-motion, es dinámica y también entretenida, sin embargo, la atención del público se inclina más por  los actores con lo que dejan la animación y a los extraterrestres en un segundo plano. Sin lugar a dudas, el filme  se lo lleva Tom aun cuando no posea un gran perfil de personaje.

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El guion es interesante y muy entretenido, pero la cantidad de actores nuevos hace que la trama pierda consistencia y puede llegar a ser rechazada con facilidad. Hay escenas donde se debió resaltar más el factor actoral para ayudar de ese modo a que la historia sea más impactante para los espectadores.

Esta cinta pese a  ser creativa y entretenida, no está dirigida a un público selecto pero tampoco a uno familiar ya que los temas de adolescentes son normalmente tratados en películas donde el lugar más común es la preparatoria y en el que se mantiene un limitado nivel de comedia – tal como en su film anterior, “The Honeymooners”.

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Al poseer gran cantidad de elementos y no saber controlarlos (como la comedia, la aventura, la acción con los extraterrestres, etc.) el filme de John Schultz deja como saldo un film entretenido pero que no podrá  convertirse en un trabajo reconocido.

 

Por Luis Augusto Venegas Gandolfo


¿A la Familia se le Respeta?

 

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 Dennis Illaris – La Venganza de la Casa del Lago (The Last House on the Left, 2009)

La violación debe ser, tal vez, la cosa más humillante que le pueda suceder a un ser humano. No solamente esta ya el simple hecho de hacer algo en contra de tu voluntad, sino las secuelas que esto puede producir, como la baja autoestima, el miedo de relacionarse con otras personas o simplemente cargar con algo que nunca debió de suceder.

A partir de esta idea nace la película “La venganza de la casa del lago”, dirigida por el director griego Dennis Illiadis, que como todos sabemos, se basa en la película del mismo nombre que fue dirigida por el maestro del genero de horror Wes Craven, en colaboración con otro de las leyendas como es Sean S. Cunningham como productor, y también director de otro mito del cine de terror como es Viernes 13 allá por el año de 1980.

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Tanto Craven como Cunningham, están comprometidos en el proyecto como productores y se decidieron por este novel director que en su haber solo tiene una película dirigida que es la griega “Hardcore” en  el 2004.

No habrá de seguro detractores que dirán que los remakes de películas antiguas no superaran a las originales en ninguna sentido, lo que en su mayoría es una gran verdad, pero los estudios de cine no les interesa mucho ese sentir del cinéfilo, basta con que vaya a las salas de cine y que la cinta logre una recaudación de dinero muy buena para sus arcas.

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Los estudios saben que esta clase de películas gustan y en demasía al publico juvenil, por tal no se esmeran en que el producto salga optimo, sino dar un buen espectáculo, aunque este sea una película de horror y no una de ciencia ficción. La venganza de la casa del lago es otra más que se une a esa larga lista de remakes que no superan a la original lamentablemente.

La película nace raíz de las victimas en este caso Mari (Sara Paxton) y Paige (Marha MacIsaac), en lo que es un cliché de las películas de Hollywood: la confianza de un extraño. Aunque en este caso esa persona, que no es otro que el hijo de Krug, Justin (Spencer Treat Clark), no es el malo de la cinta, ya que su intención es ir al cuarto de hotel donde el se hospeda y fumar un poco de marihuana.

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Es ahí donde llega la banda, las ve y no las dejan salir, lo que conllevara a llevarlas al bosque para asesinarlas en primer termino, pero terminaran siendo una de ellas violada por Krug. Las imágenes de la violación no son tan explicitas como hubiera imaginado, pero de hecho fueron elaboradas con un verdadero profesionalismo estético y actoral sobretodo.

Podemos ver que hay dos clases de familia, una por el lado de los delincuentes con Krug (Garrett Dillahunt) a la cabeza, además de su amante, hermano y el hijo que esta en contra de las acciones que hace el padre, es decir ser un asesino y demás. Por otro lado esta la familia Collingwood, con los padres John y Emma (Tony Goldwyn y Monica Potter) y la victima en cuestión, Mari (Sara Paxton), una familia de clase media alta, bien unidos en lo que hacen, que van al campo a pasar sus vacaciones sin saber lo que vendría luego al saber que su hija fue violada, que será el motivo por el cual los padres tomaran la justicia por sus propias manos.

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Es a partir de aquí donde la moral y las buenas costumbres se quiebran y se dejan de lado con tal de vengar la violación que ha sufrido su hija en mano de estos desadaptados, es decir donde los malos se convierten en las victimas y los buenos caen en el hoyo de la maldad, que ellos entienden que es por un buen motivo, y eso queda bastante claro al ver las imágenes.

Dennis Illiadis no explota al máximo el producto, y eso que tiene a Wes Craven al lado, sino que hace lo mínimo para dejar satisfecha a la platea, en darle algo “digno” de ver y no sacarle el jugo a los juegos de cámara que se pueden hacer, al igual que a las actuaciones de los protagonistas que no son explotados y dirigidos como deberían de haber hecho. El director tuvo algo grande en sus manos, pero al parecer se mareo al tener a Craven y Cunningham a su alrededor.

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No quise hacer la comparación con la original, porque eso le restaría puntos a esta realización, aunque debería, pero lo dejo al criterio del público. Pero siguiendo con esta película,  La venganza de la casa del lago, no es una mala película, pero tampoco una de las mejores del género, solo queda como anécdota que sacaron una película del baúl de los recuerdos para el público de las nuevas generaciones, que ahora saben que existió una anterior a esta. Les recomendaría ver la original y saquen sus propias conclusiones, porque yo las hice.

 

Por César Cortez Gutiérrez


Los Dos Rostros Adormecidos

 

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Jon Avnet - Las Dos Caras de la Ley (Righteous Kill, 2008)

La cinefilia esperaba que la reunión de dos grandes actores como Robert De Niro y Al Pacino tenga por resultado una experiencia memorable. Como un hecho mítico quedó aquella primera coincidencia de sus nombres dentro de un reparto, como ocurrió en la imperdible “El Padrino 2″ de Francis Ford Coppola. En aquella ocasión el inmenso talento de ambos se encontraba en magnifica forma, aunque en forma separada debido a su participación en distintos episodios del relato.

Varios años después, fuimos testigos de un primer enfrentamiento a través del film “Heat”, dirigido por eficaz realizador Michael Mann, en el cual la sola presencia de ambos actores en la pantalla se convertía en el primer punto de atracción hacia un intenso relato policial, llevado a cabo en forma muy sólida, es decir, era una virtud entre otras también muy destacables.

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Y es que en aquel film, tanto Pacino como De Niro supieron dar vida en forma convincente a dos contrincantes sobrados de madurez: un policía ejemplar de amplia experiencia y un delincuente frio y astuto, aunque ambos veían cómo sus vidas íntimas se desmoronaban, victimas de sus obsesiones. Sin embargo, esta interesante película nos hace extrañar la falta de escenas compartidas entre ambos actores, siendo sus labores limitadas a ambas historias paralelas, cuyos puntos en común resultan apenas vislumbrados: destacan una conversación entre estos personajes donde los primeros planos se reparten entre ambos y un plano final que muestra el desenlace de su enfrentamiento sumido en las sombras de la noche.

Hoy, casi ocho años más tarde podemos encontrar a ambas figuras, muy significativas dentro del cine norteamericano desde hace ya cuatro décadas, por fin en total entrega en una nueva producción dirigida por el veterano Jon Avnet, titulada originalmente “Righteous kill”, estrenada en nuestro medio bajo el nombre de “Las dos caras de la ley”.

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Como dijimos al inicio, el resultado no es lo que gran cantidad de cinéfilos pudieron haber esperado. Y es que la importancia de ambos actores dentro del cine moderno se merecía una mejor oportunidad. Sin embargo, es de reconocer que tanto De Niro como Pacino tampoco gozan actualmente de un buen momento; lejanos quedan aquellos años en que ambos actores dieron trabajos memorables en cintas convertidas en clásicos imperdibles.

Robert De Niro y su unión al director Martin Scorcese sigue siendo memorable, mientras que Al Pacino junto a directores como Sidney Lumet o Brian De Palma hizo lo propio en forma admirable.

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Hoy en día, los años transcurridos parecen cobrar el duro trajinar de ambos, y su presencia conjunta en la pantalla carece del mismo impacto, y no tanto por lo maduros que puedan verse, sino más bien por un menor despliegue de sus innegables talentos interpretativos, que más bien lucen adormecidos en estos últimos tiempos. A ello debemos sumar la poca trascendencia de sus trabajos más recientes, por lo cual un nuevo film con ambos actores no resulta tan llamativo como antes.

Podemos decir que en este nuevo trabajo la labor tanto de Pacino como de De Niro no alcanza la misma calidad de antes. Es casi un ejercicio actoral realizado por ambos, lo cual, por supuesto, cumplen medianamente sin mayor sobresalto. Es cierto que el guión tampoco resulta precisamente una notable fuente de expresión, pues tiene diseñados un par de personajes que bien pudieron ser calzados por otro par de actores, y sin duda con ello no se estaría hablando de este film.

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La situación  anecdótica del encuentro de ambas estrellas (“son como Lennon y Mc Cartney”) se convierte en el mayor atractivo de esta producción. Y es que la labor del director Avnet es bastante plana. Si bien es cierto hay una conducción eficiente durante sus primeros 15 o 20 minutos, que termina con el tiroteo dentro de un banco convertido en discoteca, lo siguiente es una pérdida de interés provocado por un devaneo de ideas, muchas de ellas bastante forzadas, como por ejemplo la violación a una oficial, porque estas situaciones no buscan otra cosa que un efectismo metido a martillazos dentro de un relato que poca miga ofrece y que tiene una intriga cuya resolución se ve venir a leguas.

Ni siquiera el supuesto discurso acerca de la legalidad y la justicia, que pudo alcanzar un nivel de interés en boca de estos actores, es algo merecedor de mayor atención, pues su énfasis en distinguir lo legal y lo ilegal esta muy visto en muchas historias similares, de justicieros que toman la ley en sus manos hasta perder el control.

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La falta de ideas y su desarrollo convencional apenas permiten que el film se haga tan atractivo como un mediano telefilme resuelto en forma expeditiva, donde lo más importante se encuentre en los nombres de su reparto actoral. Ello debido a que la presencia de intérpretes como el veterano Brian Dennehy o los más jóvenes John Leguizamo y Carla Gucino, también se convierte en tan anecdótica como la de sus estrellas principales. Una lástima que haya ocasiones como ésta, donde el mercadeo actual se sitúe por encima de la preocupación por entregar un trabajo de mucha mayor envergadura.

 

Por Enrique Rodríguez


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