Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Manos Peligrosas


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Samuel Füller –  Pickup on South Street , 1953

En un plano de Pierrot el loco (Pierrot le fou, 1965) de Jean-Luc Godard, Samuel Fuller, bañado por luces azules y rojas, definía una película como “…un campo de batalla, donde hay acción, violencia, amor, odio, muerte… en una palabra emoción”. La obra de Samuel Fuller, extendida en los vastos territorios del “cine de acción” –minoritaria e inconformista, tributaria y periférica al Hollywood clásico- es una afirmación del cine de “autor total”. Personaje decisivo en el contexto de los “nuevos cines” surgidos por todo el mundo en los sesenta, influencia palmaria para Godard, Cassavettes, Wenders, Fassbinder, Peckinpah, Leone, Scorsese, Hellman, Coppola, Eastwood, Tarantino o Abel Ferrara, Fuller también asumía el control de las películas desde su concepción, montaje y distribución comercial con el propósito –bien indicado por Miguel Marías- de “comunicar a los demás su visión del mundo, sus ideas y opiniones, su descontento ante las cuestiones esenciales, individuales y sociales”.

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Manos peligrosas o El rata como también se le conoce en algunos países (Pick up on South Street, 1953) es una cinta que expresa esos impulsos e impresiones en estado latente. Determinados por el clima de posguerra y por cierto acervo personal. Recordemos que Fuller fue cronista, soldado, novelista y guionista antes de ser director (ya a una edad adulta). El argumento de Manos peligrosas es marcadamente social: Skip McCoy (notable Richard Widmark) un carterista que acostumbra “trabajar” en el metro de Nueva York, le roba un vanité a Candy (la bella Jean Peters), una prostituta que es mensajera de un grupo de espías comunistas. En su escondite -en los muelles de Nueva York- McCoy descubre que la cartera contiene un microfilm con la formula de una arma militar secreta.

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Widmark y Peters se verán cercados por la policía, el FBI y los comunistas quienes pugnan por encontrar el preciado microfilm y, desde los bajos fondos de la ciudad, ambos comenzarán una relación en principio violenta y luego apasionada. Uno de los personajes eje de la historia es Moe (gran actuación de Thelma Ritter) una vagabunda de buen corazón que es “soplona” de la policía y que con un sardónico sentido del humor será el referente de la doble moral de la época.

Un tiempo en el que los Estados Unidos se consolidaban como una potencia industrial, con una división del trabajo, una moral y una ética segregadoras de personajes lumpenescos, marginados, extraños, en medio de un panorama de corporaciones-Estado (léase, las grandes empresas productivas, los bancos, los conglomerados militares, la mafia) de claro sino anticomunista. Se ha dicho que ésta es la película macarthista de Samuel Fuller porque los “rojos” son presentados como seres protervos, oscuros y violentos. Me atrevería a decir que los presenta de manera tan despiadada como a los policías o a los agentes del FBI, con lo cual ésta argumentación debería quedar desvirtuada.

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Además, originalmente la novela en la que estaba basada la película, se centraba en el mundo del narcotráfico por lo que la Guerra Fría podría considerarse como un componente negocial de la producción o quizá como una transacción del cineasta con sus propios demonios. Y es que el director de El kimono escarlata y Delirio de pasiones tenía una inclinación natural por los marginados, por los “incorrectos”. No se explica de otra manera que en medio de tan interesante intriga policial, que pudo tranquilamente devenir en un producto de género o en un filme de buena conciencia, el realizador prefiera la relación entre la prostituta y el ladrón.

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Y sobre todo en sus aspectos más incómodos para la época. Es decir centrándose en los encuentros nocturnos de la pareja -en atracaderos y puertos- en espacios muy cerrados, sórdidos, filmados con tomas largas, primeros planos y/o planos secuencia que muestran al principio una relación desconfiada pero con gran componente sexual. Fuller trabaja la sensualidad de Jean Peters a partir de su cuerpo generoso, del poder expresivo de sus ojos y sus labios pero también en la capacidad del personaje de largar esos diálogos prohibidos, que suenan como titulares amarillistas.

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Manos peligrosas es un film noir más osado que elegante. Donde el uso sistemático de las elipsis y del silencio bressoniano (quien dijo Pickpocket) va marcando el ritmo y la moral del filme. Sin ser formalista la película es sutil porque Fuller sabía que se ocupaba de un asunto inoportuno: la violencia, tan presente en la historia de Norteamérica. Explícita en muchos pasajes de la cinta y elemento necesario para desarrollar un relato enérgico, con gran ritmo, donde la calidad de la imagen trabajada por Robert McDonald refuerza la idea del enfrentamiento antes que el maniqueísmo. El director prefería –dice Miguel Marías- el contraste y los antagonismos. “Se sirvió brillantemente de la paradoja y de la hipérbole para pintar un cuadro sombrío y ominoso, lleno de lucidez y pesimismo de la sociedad americana”.

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Martin Scorsese en su Viaje personal por el cine americano (1995) citaba a Manos peligrosas como la obra de un traficante. Fuller, desde la maquinaria de la Fox, desafió al sistema desarrollando un trabajo dentro de los términos genéricos pero ocultando ideología y demostrando contundentemente cómo se podía filmar de una manera personalísima. Como Aldrich, De Toth, Tourneaur o Welles. Hablamos de una película que se encuentra circulando en Lima, en el mercado formal e informal del DVD por lo que resulta ampliamente recomendable su visión.

Oscar Contreras Morales

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